Trotamundos presentó por estos días, en la Casa del Alba, las
confrontaciones íntimas de Flora Gómez, una mujer en busca de su
identidad y las ambiciones de su mundo desvanecido. El monólogo,
dramático, reflexivo y cotidiano, original del escritor pinareño
David Camps, es asumido por María Karla Fernández bajo la dirección
general de Verónica Lynn.
Con una escenografía simple, casi desnuda —solo la presencia de
una silla— transcurre la obra durante una hora en la cual la
intérprete se analiza y cuestiona la realidad que ha escogido vivir.
Flora, actriz frustrada y desvencijada, no logra encaminar su
profesión y a falta de una manutención constante para ella y su
madre, se ve "obligada" a hacer cosas que franquean su orgullo,
dignidad y autoestima.
En una especie de apoteosis reflexiva, bajo los efectos del
alcohol y una larga noche de trabajo, Flora dispara a su propia
conciencia. Comienza a revelar sus demonios internos, su verdadero
ser, mientras se desviste frente a la audiencia. Así, los
soliloquios, simbólicamente, se homologan a la acción física que
acontece sobre la escena en función de una progresión diáfana,
centrada en exponer la verdad de las circunstancias del personaje.
Sin embargo, aunque la protagonista transita por varios estados
de ánimo e incluso ofrece en sus textos fragmentos de clásicos
femeninos como Medea, Electra, Desdémona, Ofelia o María Antonia, a
momentos carece de la marcación plástica que requiere la situación.
Si bien, en algunos espacios de versatilidad, desvía su epicentro
dramático a una simple cadena de enunciaciones que le resta
organicidad a su interpretación, María Karla —actriz básicamente de
televisión— presenta sus cartas credenciales en el teatro y logra
salir airosa. Es innegable que posee un carisma muy singular y
capacidades expresivas aún por explotar.
Al final, es la de Flora Gómez la historia de Fernández, una
actriz que no se inmoviliza, encuentra la mejor salida y sigue
adelante como quien va dispuesta a afrontar todos los retos del
camino.