Eliseo
Diego proclamó en un recordado poema que el trabajo del poeta era
nombrar las cosas para no olvidarlas. A un joven artista espirituano
no le basta con hacer un inventario de cosas encontradas o soñadas.
Pretende darles un nuevo sentido, reinventar su relación. Pero en
ese proceso de síntesis creativa, no ha caído en la tentación de
Lautreamont, el encuentro azaroso entre un paraguas y una máquina de
coser en una mesa de disección, eso que Carpentier atribuía al
mecanicismo surrealista, sino encamina su pesquisa hacia la
revelación conceptual.
Así
se nos presenta Julio Neira (Sancti Spíritus, 1969) en La memoria
encofrada (hasta mayo en la galería Galiano). Egresado de la
Vocacional de Arte Olga Alonso, de Santa Clara, y la Escuela
Nacional de Arte, profesor de escultura y dibujo, animador de la
vida cultural en su ciudad natal, y con incursiones muy provechosas
en los circuitos expositivos de Italia y Alemania, el artista
experimenta con superficies y volúmenes que dialogan desde una
semejanza formal.
Neira toma como punto de partida el encofrado, ese molde de
madera sobre el cual se vierte el hormigón en los procesos
constructivos. No es gratuita esa referencia artesanal; al encofrar
objetos-ideas, reclama del espectador un viaje desde el núcleo a los
conceptos, desde la semilla hasta el árbol.
En sus variaciones temáticas, Neira pretende que discurramos
sobre lo que nos obsede y perturba, en un intento muy serio de
problematización que depende de la agudeza de la percepción y
entendimiento de la capacidad asociativa del convite visual.
Algunas piezas pudieran parecernos herméticas; otras mucho más
directas. Son opciones artísticas válidas. Particularmente me
conmueve el plano que muestra Isla encofrada al 70%: la palma
que se empina desde el molde y escapa al cuadrado de la superficie
es para mí una metáfora de proyección hacia el futuro.