Desde
que se escucharon los primeros acordes de la obertura Fidelio,
de Beethoven, fue fácil advertir que asistiríamos a una velada muy
especial. Sobre el podio, Jorge Rotter. Tras los atriles, jóvenes
convocados por el Lyceum Mozartiano de La Habana, en su mayoría
estudiantes del Instituto Superior de Arte, para trabajar
intensivamente con el maestro argentino, en virtud de la
colaboración existente entre la flamante entidad cubana y el
Mozarteum de Salzburgo. Por delante quedaban casi dos horas de plena
emoción para quienes concurrimos expectantes al teatro Amadeo
Roldán.
Rotter posee bien ganadas credenciales. Lleva más de dos décadas
radicado en Salzburgo, donde dicta cátedra de dirección orquestal,
pero se le ve con frecuencia en varias capitales europeas y no deja
de estar presente en la vida musical de su país, donde el año pasado
fue distinguido con el Premio Konex. Su maestría en la conjunción
instrumental y la capacidad de liderazgo con que involucra a todos
los elementos bajo su mando en la lectura de las partituras, nos
recuerdan el linaje de los grandes directores que dominaron la
escena europea del siglo XX.
En la primera parte de la jornada, el director puso de relieve su
manera de entender a Beethoven desde la misma originalidad del
pensamiento renovador del genio alemán, al hacer resaltar la
sugerentes líneas que se entretejen en la obertura Fidelio y
luego atemperar la orquesta a las exigencias del Concierto no. 4
para piano, una de las pruebas más concluyentes del temprano
espíritu romántico.
Esta última ejecución trajo a primer plano al joven pianista
Víctor Díaz Hurtado, quien ha crecido musicalmente desde que fue
laureado en el IV Concurso Iberoamericano en el 2004. La contenida
intensidad con que transitó por el diálogo con la orquesta en el
Andante con molto y la convicción con la que abordó los pasajes
virtuosos del tercer movimiento obtuvieron la más cálida aprobación
del público.
Luego vino, como era de esperar, el momento mozartiano, donde
tomó la alternativa otra muy joven solista, Carmen María Vázquez, en
el Adagio para violín y orquesta K. 261, en un notable
ejercicio estilístico.
Y luego, con la Sinfonía no. 35 Haffner asistimos a
la apoteosis, entendida esta palabra en su sentido más radical, el
que nos habla de elevación o consagración, en este caso del ideal
del sinfonismo clásico. Porque fue cosa de acentuar, con toda la
transparencia posible, las proporciones del material sonoro e
insuflarlas de sentido.
El paso de Rotter por el Lyceum Mozartiano quedará como un doble
triunfo: el de la pedagogía y el de la música.