Rotter, maestría y emoción

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Foto: Ismael BatistaDesde que se escucharon los primeros acordes de la obertura Fidelio, de Beethoven, fue fácil advertir que asistiríamos a una velada muy especial. Sobre el podio, Jorge Rotter. Tras los atriles, jóvenes convocados por el Lyceum Mozartiano de La Habana, en su mayoría estudiantes del Instituto Superior de Arte, para trabajar intensivamente con el maestro argentino, en virtud de la colaboración existente entre la flamante entidad cubana y el Mozarteum de Salzburgo. Por delante quedaban casi dos horas de plena emoción para quienes concurrimos expectantes al teatro Amadeo Roldán.

Rotter posee bien ganadas credenciales. Lleva más de dos décadas radicado en Salzburgo, donde dicta cátedra de dirección orquestal, pero se le ve con frecuencia en varias capitales europeas y no deja de estar presente en la vida musical de su país, donde el año pasado fue distinguido con el Premio Konex. Su maestría en la conjunción instrumental y la capacidad de liderazgo con que involucra a todos los elementos bajo su mando en la lectura de las partituras, nos recuerdan el linaje de los grandes directores que dominaron la escena europea del siglo XX.

En la primera parte de la jornada, el director puso de relieve su manera de entender a Beethoven desde la misma originalidad del pensamiento renovador del genio alemán, al hacer resaltar la sugerentes líneas que se entretejen en la obertura Fidelio y luego atemperar la orquesta a las exigencias del Concierto no. 4 para piano, una de las pruebas más concluyentes del temprano espíritu romántico.

Esta última ejecución trajo a primer plano al joven pianista Víctor Díaz Hurtado, quien ha crecido musicalmente desde que fue laureado en el IV Concurso Iberoamericano en el 2004. La contenida intensidad con que transitó por el diálogo con la orquesta en el Andante con molto y la convicción con la que abordó los pasajes virtuosos del tercer movimiento obtuvieron la más cálida aprobación del público.

Luego vino, como era de esperar, el momento mozartiano, donde tomó la alternativa otra muy joven solista, Carmen María Vázquez, en el Adagio para violín y orquesta K. 261, en un notable ejercicio estilístico.

Y luego, con la Sinfonía no. 35 Haffner asistimos a la apoteosis, entendida esta palabra en su sentido más radical, el que nos habla de elevación o consagración, en este caso del ideal del sinfonismo clásico. Porque fue cosa de acentuar, con toda la transparencia posible, las proporciones del material sonoro e insuflarlas de sentido.

El paso de Rotter por el Lyceum Mozartiano quedará como un doble triunfo: el de la pedagogía y el de la música.

 

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