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Retrato del general Moncada
Pedro A. García
Nació
en Santiago de Cuba y cuando no andaba combatiendo, machete en mano
por la libertad de su Patria, oficiaba de carpintero aserrador. Fue
nombrado al nacer José Guillermo Moncada, pero sus amigos —y después
la posteridad— insistieron en llamarle Guillermón.
Según Carlos Manuel de Céspedes, Moncada era "negro y alto,
delgado, (de) labio superior corto, dientes grandes y blancos, y
cojo por heridas". El coronel Policarpo Pineda (Rustán), jefe suyo
en la manigua, lo presentaba como el capitán más valiente de su
regimiento. "Es bueno y bravo, y se puede con fiar en él", añadía.
"Este Guillermón vale mucho —dijo Gómez a raíz de conocerlo en la
Guerra del 68—, además de muy valiente, tiene dotes de mando y gran
habilidad estratégica (…) Es un hombre que promete y si no lo matan,
llegará muy alto".
EL GUERRERO
No se equivocó el Generalísimo. De simple soldado, fue
ascendiendo, combate a combate, dentro de la oficialidad mambisa
hasta llegar a ostentar las estrellas de mayor general en la Guerra
Chiquita.
Cuando los zanjoneros dejaron caer la espada, el todavía entonces
coronel Moncada fijó claramente su posición: "No podemos admitir
nunca la paz que bajo condiciones tan humillantes y ridículas nos
brindan los españoles". Y anticipándose al gesto de Baraguá,
escribió a Vicente García: "Oriente en la cuestión presente tendrá
que salir con honor".
Fue la personificación del decoro —dijo sobre Guillermón uno de
sus biógrafos, Leonardo Griñán Peralta—, siempre admirado por
compañeros y adversarios. No es de extrañar que un enemigo, el
general Arsenio Martínez Campos, al ofrecerle su diestra, exclamara
en voz alta: "Estrecho esta mano que no ha cometido jamás felonía".
DISPUESTO A SECUNDAR EL GRITO
En víspera de la Guerra del 95, mambises e integristas coincidían
en reconocer como la figura clave de la Revolución, en Oriente, al
general Moncada. Así lo entendieron las autoridades colonialistas
cuando en mensaje urgente a Madrid alertaban: "El famoso Guillermón,
el hombre hoy de más autoridad y acción (entre los independentistas
residentes en Cuba), temible en un alzamiento, se halla dispuesto a
secundar el grito".
Así lo entendió Juan Gualberto Gómez, delegado del Partido
Revolucionario Cubano, en la isla, cuando envió a Latapier hacia el
general Moncada para que éste decidiera si el levantamiento debía
ocurrir o no el 24 de febrero.
Guillermón no puso reparos a esa fecha. Sabía que, enfermo de
muerte, la manigua aniquilaría su poca vida. Sabía también que su
misión era encender la llama de la guerra y mantenerla viva hasta la
llegada de Martí, Gómez y los Maceo. Y eligió el camino de la
manigua.
Como buen conspirador, pasó inmediatamente a la clandestinidad.
De él no supieron más los españoles hasta que se alzó en armas en
Alto Songo. A una orden suya, Periquito Pérez sublevó a Guantánamo;
Goulet y Portuondo se levantaron en El Caney; Quintín Bandera, en
San Luis; Saturnino Lora, en Baire.
"Sin Guillermón —afirmó certeramente el coronel Horacio Rubens,
muy vinculado a Martì en la preparación de la guerra necesaria—, no
hubiera habido Revolución en Oriente el 24 de febrero". |