En la primera página de la edición príncipe de la partitura, el
compositor escribió en italiano: "Sinfonía Eroica, composta per
festeggiare il souvvenire d’un gran’uomo". Era 1806 y Ludwig van
Beethoven decidía omitir en la dedicatoria el nombre de Napoleón —el
"gran’uomo"— al considerar que había traicionado los ideales
de la Revolución francesa. A lo largo de dos años, entre 1802 y
1804, había trabajado intensamente en la obra, su Tercera
sinfonía, con la que comenzó a labrar una senda inédita en la
concepción de esa forma orquestal y a cimentar definitivamente el
lenguaje musical del romanticismo europeo.
Siglo y medio después, Alejo Carpentier publicaba El acoso,
relato cuya estructura narrativa no solo se basa en la sinfonía
beethoveniana, sino que transcurre en la memoria del protagonista
justo en el mismo tiempo real en que la partitura es ejecutada en el
auditorio habanero de Calzada y D.
Ignoro si el director italiano Francesco Belli y los músicos de
la Orquesta Sinfónica Nacional tenían conciencia de ese dato
revelador cuando asumieron su ejecución en la última escala de la
temporada, el pasado domingo. O si alguien en el público, ante la
audición del segundo movimiento, evocó el siguiente pasaje: "La
orquesta vuelve a tocar; algo grave, triste, lento. Y es la extraña,
sorprendente, inexplicable sensación de conocer eso que están
tocando. No comprendo cómo puedo conocerlo; nunca he escuchado una
orquesta de estas, ni entiendo de músicas que se escuchan así —como
aquel, de los ojos cerrados; como aquellos, de las manos cogidas—
como si se estuviera en algo sagrado; pero casi podría tararear esa
melodía que ahora se levanta, y marcar el compás de ese detenerse y
adelantar un pie y otro pie, lentamente, como si fuera caminando, y
entrar en algo donde domina aquel canto de sonido ácido, y luego la
flauta, y después esos golpes tan fuertes, como si todo hubiera
acabado para volver a empezar".
Ninguno de los escuchas de ahora es el Estudiante que pena la
culpa de su traición en la cazuela del teatro. No hay mujeres con
piel de zorro ni atribulados diletantes. La Revolución del 30, marco
histórico de la narración carpenteriana, se fue a bolina y sobrevino
otra, que entre tantas cosas ha democratizado el acceso a la
cultura. Incluso a no pocos de los músicos que ocupan la escena les
hubiera sido imposible entonces llenar el expediente de los
requisitos de una formación académica. La partitura es la misma,
pero a la vez distinta. Su sonido se tiñe con los colores de esta
época.
Belli enlentece la audición. Carpentier sugiere que todo
transcurre en 46 minutos; Belli los lleva a 52. El maestro italiano
disfruta más el aire de cada movimiento, y los ejecutantes responden
a un mandato que no es orden impuesto, sino consenso que subraya la
densidad armónica y tímbrica del allegro con brío; el sombrío
esplendor de la marcha fúnebre dominada por el tono en do menor; la
pujanza del scherzo que dejó atrás para siempre los juegos
florales de los minuetos que solían instalarse en el tercer
movimiento de las sinfonías; y el alarde constructivo con que
Beethoven cierra la obra. Las maderas y los cobres cumplen las
exigencias; el empaste resulta; la realidad sonora fluye. Carpentier
hubiera disfrutado esta Tercera sinfonía como un triunfo
personal.
Me lo imagino aplaudiendo también la gracia con que Zorimé Vega
García Caturla encarnó el Concierto en Sol, de Mozart —ella,
flautista de planta de la OSN, en plano de solista— y hasta tendría
un gesto de sana displicencia al escuchar la obertura de El rapto
del serrallo, que completó una primera parte dedicada al genio
de Salzburgo, como señal de precedencia antes de que se desatara
Beethoven con todos los fuegos de la creación.