La Eroica en los predios de Carpentier

Francesco Belli con la Sinfónica Nacional

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

En la primera página de la edición príncipe de la partitura, el compositor escribió en italiano: "Sinfonía Eroica, composta per festeggiare il souvvenire d’un gran’uomo". Era 1806 y Ludwig van Beethoven decidía omitir en la dedicatoria el nombre de Napoleón —el "gran’uomo"— al considerar que había traicionado los ideales de la Revolución francesa. A lo largo de dos años, entre 1802 y 1804, había trabajado intensamente en la obra, su Tercera sinfonía, con la que comenzó a labrar una senda inédita en la concepción de esa forma orquestal y a cimentar definitivamente el lenguaje musical del romanticismo europeo.

Siglo y medio después, Alejo Carpentier publicaba El acoso, relato cuya estructura narrativa no solo se basa en la sinfonía beethoveniana, sino que transcurre en la memoria del protagonista justo en el mismo tiempo real en que la partitura es ejecutada en el auditorio habanero de Calzada y D.

Ignoro si el director italiano Francesco Belli y los músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional tenían conciencia de ese dato revelador cuando asumieron su ejecución en la última escala de la temporada, el pasado domingo. O si alguien en el público, ante la audición del segundo movimiento, evocó el siguiente pasaje: "La orquesta vuelve a tocar; algo grave, triste, lento. Y es la extraña, sorprendente, inexplicable sensación de conocer eso que están tocando. No comprendo cómo puedo conocerlo; nunca he escuchado una orquesta de estas, ni entiendo de músicas que se escuchan así —como aquel, de los ojos cerrados; como aquellos, de las manos cogidas— como si se estuviera en algo sagrado; pero casi podría tararear esa melodía que ahora se levanta, y marcar el compás de ese detenerse y adelantar un pie y otro pie, lentamente, como si fuera caminando, y entrar en algo donde domina aquel canto de sonido ácido, y luego la flauta, y después esos golpes tan fuertes, como si todo hubiera acabado para volver a empezar".

Ninguno de los escuchas de ahora es el Estudiante que pena la culpa de su traición en la cazuela del teatro. No hay mujeres con piel de zorro ni atribulados diletantes. La Revolución del 30, marco histórico de la narración carpenteriana, se fue a bolina y sobrevino otra, que entre tantas cosas ha democratizado el acceso a la cultura. Incluso a no pocos de los músicos que ocupan la escena les hubiera sido imposible entonces llenar el expediente de los requisitos de una formación académica. La partitura es la misma, pero a la vez distinta. Su sonido se tiñe con los colores de esta época.

Belli enlentece la audición. Carpentier sugiere que todo transcurre en 46 minutos; Belli los lleva a 52. El maestro italiano disfruta más el aire de cada movimiento, y los ejecutantes responden a un mandato que no es orden impuesto, sino consenso que subraya la densidad armónica y tímbrica del allegro con brío; el sombrío esplendor de la marcha fúnebre dominada por el tono en do menor; la pujanza del scherzo que dejó atrás para siempre los juegos florales de los minuetos que solían instalarse en el tercer movimiento de las sinfonías; y el alarde constructivo con que Beethoven cierra la obra. Las maderas y los cobres cumplen las exigencias; el empaste resulta; la realidad sonora fluye. Carpentier hubiera disfrutado esta Tercera sinfonía como un triunfo personal.

Me lo imagino aplaudiendo también la gracia con que Zorimé Vega García Caturla encarnó el Concierto en Sol, de Mozart —ella, flautista de planta de la OSN, en plano de solista— y hasta tendría un gesto de sana displicencia al escuchar la obertura de El rapto del serrallo, que completó una primera parte dedicada al genio de Salzburgo, como señal de precedencia antes de que se desatara Beethoven con todos los fuegos de la creación.

 

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