La
pelota es un espectáculo con dramaturgia no escrita de antemano pero
con todos los rigores de la emoción dosificada para mantenerlo a uno
en vilo a lo largo de más de tres horas, y máxime en estos días en
que el país parece ser un gran estadio.
Agradables o penosas pueden ser esas emociones y con matices
diferentes según se presencie el juego desde las graderías, o
sentado frente al televisor.
Cuando veo el partido en la pequeña pantalla quiero que gane mi
equipo, me concentro mentalmente en esa victoria y cualquier timbre
del teléfono molesta, pero al mismo tiempo disfruto enormemente todo
lo que acontece en el terreno, desde el bateador que finge a "lo
Stanislavski" que la pelota lo ha golpeado y rueda por el piso ante
la mirada cáustica del árbitro, hasta las reacciones del público en
las gradas, verdadero muestrario de combustión interna ante el cual
cabe imaginar a Freud reescribiendo algunas páginas de sus
Lecciones introductorias al psicoanálisis.
Transmitir y narrar un juego de pelota tiene sus normas y sus
secretos de profesión, durante muchos años madurados en el país y
con la ventaja de que los momentos culminantes del gustazo —esas
atrapadas, esos batazos y las consideraciones que les siguen— no
tienen que ser cortados abruptamente para darle paso a un comercial.
(Consideraciones por parte del narrador que pueden ser polémicas,
¡qué bueno que lo sean!, pero sin resbalar nunca en el campo de la
inteligencia y del conocimiento, porque en estas tierras nuestras,
con más de un manager por hogar, el decir solo por decir, o las
perogrulladas amplificadas en torno al deporte nacional, no se
perdonan.)
Nadie quita que se introduzcan cambios encaminados a obtener un
mayor dinamismo y aire de novedad en las transmisiones, pero siempre
y cuando los aportes demuestren su eficacia y no atenten contra el
corazón del espectáculo, o lo que es igual: lo saquen a uno del
juego para ofrecerle todo lo contrario a lo que uno quiere ver en
ese momento.
Industriales se coronó campeón en la zona occidental y al jugar
de día en el Latinoamericano frente a Villa Clara es muy posible que
de nuevo el Canal Habana asuma las transmisiones.
Es de suponer (y de temer) entonces que de nuevo los realizadores
y narradores ––por un lado vivaces y creativos, pero pecadores por
exceso, por el otro–– caigan en las mismas trampas evidenciadas en
transmisiones recientes: dedicarles demasiado tiempo a saludar a una
lista interminable de televidentes y visitantes a la cabina, y a
repartir besos y besotes (literal) a amigas y compañeras de trabajo
(mostradas a ratos en la pantalla para dar fe de que se les quiere
de verdad), y a efectuar entrevistas ––algunas intrascendentes–– en
las gradas en momentos culminantes del juego (la entrevistadora
hablando y el juego andando sin verse el juego), o hablar de
cosillas de su entorno que solo les concierne a ellos, y tras
sacarse un tercer out no remitirse de inmediato a una jugada
decisiva del partido de marras, o plasmar un comentario sustancioso
ligado con lo que debe estar pensando el televidente en ese momento,
sino recordar con un jonrón de hace veinte años a una gloria nuestra
(muy plausible el homenaje, pero no es el momento), o cubrir la
pausa del inning con imágenes de una carrera de autos deportivos, o
del próximo mundial del fútbol; esas, y otras ligerezas más, todo
con la impronta de un entusiasmo desbordante, pero con una falta de
concentración en lo que realmente cuenta (¡el juego de pelota!)
que desconcierta y trae a colación lo que pudiera ser un "nuevo
tipo" de distanciamiento brechtniano empeñado en evitar a toda costa
la permanencia de nuestras emociones en el campo deportivo.
Y ya se sabe que sin emociones no hay juego de pelota que valga.
En fin, que un poco de sobriedad y contención en los partidos por
venir no vendrían mal... mientras se sigue experimentando en aras de
enriquecer el espectáculo.