Transmitir pelota

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

La pelota es un espectáculo con dramaturgia no escrita de antemano pero con todos los rigores de la emoción dosificada para mantenerlo a uno en vilo a lo largo de más de tres horas, y máxime en estos días en que el país parece ser un gran estadio.

Agradables o penosas pueden ser esas emociones y con matices diferentes según se presencie el juego desde las graderías, o sentado frente al televisor.

Cuando veo el partido en la pequeña pantalla quiero que gane mi equipo, me concentro mentalmente en esa victoria y cualquier timbre del teléfono molesta, pero al mismo tiempo disfruto enormemente todo lo que acontece en el terreno, desde el bateador que finge a "lo Stanislavski" que la pelota lo ha golpeado y rueda por el piso ante la mirada cáustica del árbitro, hasta las reacciones del público en las gradas, verdadero muestrario de combustión interna ante el cual cabe imaginar a Freud reescribiendo algunas páginas de sus Lecciones introductorias al psicoanálisis.

Transmitir y narrar un juego de pelota tiene sus normas y sus secretos de profesión, durante muchos años madurados en el país y con la ventaja de que los momentos culminantes del gustazo —esas atrapadas, esos batazos y las consideraciones que les siguen— no tienen que ser cortados abruptamente para darle paso a un comercial. (Consideraciones por parte del narrador que pueden ser polémicas, ¡qué bueno que lo sean!, pero sin resbalar nunca en el campo de la inteligencia y del conocimiento, porque en estas tierras nuestras, con más de un manager por hogar, el decir solo por decir, o las perogrulladas amplificadas en torno al deporte nacional, no se perdonan.)

Nadie quita que se introduzcan cambios encaminados a obtener un mayor dinamismo y aire de novedad en las transmisiones, pero siempre y cuando los aportes demuestren su eficacia y no atenten contra el corazón del espectáculo, o lo que es igual: lo saquen a uno del juego para ofrecerle todo lo contrario a lo que uno quiere ver en ese momento.

Industriales se coronó campeón en la zona occidental y al jugar de día en el Latinoamericano frente a Villa Clara es muy posible que de nuevo el Canal Habana asuma las transmisiones.

Es de suponer (y de temer) entonces que de nuevo los realizadores y narradores ––por un lado vivaces y creativos, pero pecadores por exceso, por el otro–– caigan en las mismas trampas evidenciadas en transmisiones recientes: dedicarles demasiado tiempo a saludar a una lista interminable de televidentes y visitantes a la cabina, y a repartir besos y besotes (literal) a amigas y compañeras de trabajo (mostradas a ratos en la pantalla para dar fe de que se les quiere de verdad), y a efectuar entrevistas ––algunas intrascendentes–– en las gradas en momentos culminantes del juego (la entrevistadora hablando y el juego andando sin verse el juego), o hablar de cosillas de su entorno que solo les concierne a ellos, y tras sacarse un tercer out no remitirse de inmediato a una jugada decisiva del partido de marras, o plasmar un comentario sustancioso ligado con lo que debe estar pensando el televidente en ese momento, sino recordar con un jonrón de hace veinte años a una gloria nuestra (muy plausible el homenaje, pero no es el momento), o cubrir la pausa del inning con imágenes de una carrera de autos deportivos, o del próximo mundial del fútbol; esas, y otras ligerezas más, todo con la impronta de un entusiasmo desbordante, pero con una falta de concentración en lo que realmente cuenta (¡el juego de pelota!) que desconcierta y trae a colación lo que pudiera ser un "nuevo tipo" de distanciamiento brechtniano empeñado en evitar a toda costa la permanencia de nuestras emociones en el campo deportivo.

Y ya se sabe que sin emociones no hay juego de pelota que valga.

En fin, que un poco de sobriedad y contención en los partidos por venir no vendrían mal... mientras se sigue experimentando en aras de enriquecer el espectáculo.

 

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