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Malvinas: brasa encendida
JOSÉ STEINSLEGER
No
dejan de ser chuscas las voces que califican de "anacrónico" el
legítimo y soberano reclamo de Argentina sobre el archipiélago de
Malvinas. Dicen: ¿qué importancia tendrán aquellas islas heladas del
Atlántico Sur, en las que viven 3 000 personas que aún conservan la
mentalidad de la Inglaterra eduardiana?
Los ingleses, en cambio, tienen clara la película desde 1833,
cuando invadieron las islas. Pocos años después, con pirática
lucidez, el primer ministro de la reina Victoria, lord Aberdeen,
profetizó: "En estos días de desenvolvimiento de Sudamérica, las
islas tienen gran valor para Inglaterra como base naval".
En 1985, la entrada en funciones de una gigantesca pista de
aterrizaje en las islas permitió que Gran Bretaña convirtiese las
Malvinas en la principal base militar de la Organización del Tratado
del Atlántico Norte y de su país líder, Estados Unidos, en el
Atlántico Sur.
La base controla las vías de comunicación interoceánica en el
extremo austral, se proyecta con fines bélicos sobre la Antártica y,
por sobre todo, jugará su papel en el desarrollo político interno de
Brasil y Argentina. Fuera de esto, en Malvinas hay petróleo. Y
mucho. A principios del pasado diciembre, el diario inglés The Sun
informó que las islas guardan, al menos, 60 000 millones de
barriles, noticia que, simultáneamente, anunciaba la partida desde
Escocia de la Ocean Guardian, primera plataforma de exploración.
Las apetencias inglesas sobre los recursos petroleros, mineros y
pesqueros de Malvinas datan de 1975. En abril de 1982, cuando la
dictadura del general Leopoldo F. Galtieri, ocupó las islas para
sortear la crítica situación interna, ya existían 13 informes
científicos internacionales que señalaban su importancia
hidrocarburífera.
Las relaciones entre ambos países, interrumpidas a causa de la
guerra, se retomaron en 1989. Se acordó, en principio, congelar la
discusión sobre el tema de la soberanía. Y en 1995, el gobierno
neoliberal de Carlos Menem, firmó un acuerdo de cooperación por
mediación del cual se creaba una zona especial que sería "explorada
y explotada en conjunto". Cinco días después, Londres movió los
hilos. Los kelpers (habitantes de las Malvinas) licitaron 19 áreas y
concedieron 12 contratos. Se presentaron cerca de medio centenar de
compañías y el gobierno "soberano" de las islas entregó siete
licencias de exploración off-shore. Enjuagues que, según la
Cancillería inglesa, respondían al principio de "autodeterminación
de los pueblos" (sic).
En el 2007, frente al incumplimiento de lo estipulado y luego de
ocho reuniones infructuosas, el ex presidente Néstor Kirchner,
liquidó los acuerdos de cooperación conjunta suscritos por Menem.
Sin embargo, el hallazgo en el 2009 de grandes yacimientos de crudo
en el litoral atlántico de Brasil estimuló al premier Gordon Brown
para impulsar el viaje de la plataforma Ocean Guardian.
El gobierno de Cristina Fernández fijó posición: los buques que
quieran transitar entre Malvinas y el territorio continental
argentino deben solicitar autorización previa. Y además: las firmas
que se involucren en los programas de exploración petrolera fijados
unilateralmente por Inglaterra, en algún momento tendrán que pagar
retroactivamente las regalías correspondientes.
En la pasada cumbre del Grupo de Río y los países del Caribe,
celebrada en Cancún, los medios ingleses y europeos indagaron con
insidia: ¿bloqueo marítimo a las Malvinas? La presidenta puso el
ejemplo de sus críticas al bloqueo imperial sobre Cuba y manifestó
que Argentina no se iba a prestar a "ejercicios ridículos de
cinismo". Precisó: "No estamos en Afganistán ni en Iraq. Nos
oponemos a cualquier tipo de violación del derecho internacional".
La gobernante manifestó en plenario: "Malvinas es algo que debe
competernos a todos, no sólo a los que estamos aquí porque formamos
parte de la región. Si realmente quienes tienen el poder de sentarse
en esos sillones permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas son los que violan las propias disposiciones que tomamos
juntos en la ONU, va a resultar difícil justificar exigencias a
otros países sobre el desarme, la actividad nuclear y de respeto a
los derechos humanos (...) Creemos que ésta (la causa de Malvinas)
es una de las claves de un mundo cada vez más inseguro, más
peligroso, más fragmentado, no ya por disputas ideológicas, como las
que caracterizaron al siglo XX, sino tal vez por cosas más graves y
profundas como el derecho a ejercer el dominio y el usufructo de
nuestros recursos naturales renovables y no renovables".
Sin excepción, los países de la cumbre (incluyendo las ex
colonias británicas del Caribe, con más intereses y vínculos con
Londres que con Buenos Aires) no sólo respaldaron la posición
argentina, sino que supieron interpretar las palabras del ex
presidente de Bolivia, Hernán Siles Suazo, en el dramático año de
1982: "Hay que malvinizar a Latinoamérica". (La Jornada)
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