Un nuevo eslabón acaba de añadirse a la cadena de esa obsesión.
La Cámara de Representantes de la isla caribeña, dominada por el
Partido Nuevo Progresista (PNP), proclamó el 2 de marzo con el
pomposo nombre de Día Conmemorativo del Advenimiento de la
Ciudadanía Americana en Puerto Rico.
Escrita en una prosa ampulosa y genuflexa, la resolución de los
legisladores proanexionistas, remitida al presidente Barack Obama y
a los líderes del Congreso de EE.UU., ruega por que se les considere
ciudadanos norteamericanos de primera clase.
Señalan que "nuestra impuesta condición de territorio nos limita
en el derecho que debemos tener de participar en la elección del
Presidente o Vicepresidente, así como en elegir a nuestros
representantes o senadores en el Congreso de los Estados Unidos".
La resolución preludió dos hechos inquietantes: la promoción de
la opción anexionista en EE.UU. por parte del gobernador Luis
Fortuño, desde noviembre del 2004 en ese puesto, y la visita a la
isla de una comisión federal (grupo interagencial) que debe formular
propuestas al Poder ejecutivo, a más tardar en el plazo de un año,
acerca de la conveniencia o no de introducir cambios en la relación
de Washington con San Juan.
Fortuño fue muy elocuente al titular la conferencia impartida en
la Universidad de Cornell (Nueva York) El camino hacia la
equidad, Puerto Rico, ¿el estado 51? Es un viejo sueño que
pretende sepultar no solo las tradiciones libertarias del pueblo
borinqueño, sino también destruir una identidad cultural que posee
contenidos y continentes bien definidos y que ha resistido más de un
siglo de continua erosión.
En cuanto al grupo interagencial, su estancia insular estuvo
marcada por el sigilo. De no ser por las voces que desde las fuerzas
independentistas señalaron su presencia, la comisión hubiera
consumado sus conciliábulos en la sombra, pese a que en su agenda
figuró una audiencia pública.
Los primeros interesados en tan bajo perfil eran los personeros
del PNP y, desde luego, la Casa Blanca. Unos para controlar la
dirección y el tono de las ponencias y arrimarlas a su único
objetivo: sumar una nueva estrella a la Unión. La otra, para
soslayar el problema de fondo, la persistencia de una condición
insostenible.
Sucesivas administraciones norteamericanas durante casi 40 años
han hecho caso omiso a la comunidad internacional que en la
Organización de las Naciones Unidas, mediante el Comité de
Descolonización, se ha pronunciado por la libre determinación del
pueblo puertorriqueño.
Como se ha reiterado en ese foro, no se conoce situación alguna
en que una nación ejerza sobre otros, poderes tan vastos como los
que Estados Unidos ejerce sobre Puerto Rico y aun así sostenga que
la relación entre ellos no sea de carácter colonial.
Para colmo durante la administración actual del PNP, se han
acentuado los rasgos críticos de la sociedad borinqueña. El
economista José Rivera Santana, a partir de datos oficiales, reveló
en San Juan cómo entre julio y diciembre del 2009 se perdieron 83
000 empleos, aumentó el índice de precios minoristas en un 3,8%, las
quiebras se incrementaron en un 26,3% y los delitos violentos en un
11%.
Ello contrasta, según el citado informe, con las ganancias de las
corporaciones norteamericanas que operan en la isla, las cuales en
el año alcanzaron $35 200 millones —$2 500 millones más que el mismo
periodo precedente—, utilidades por las que pagan una tasa efectiva
de contribución sobre ingresos de solo un 2,5 %.
El semanario independentista Claridad puso los puntos sobre las
íes al describir la verdadera intención de la visita del grupo
interagencial: "Desde mediados del siglo pasado, las distintas
administraciones de gobierno estadounidenses han recurrido a
variados mecanismos para estudiar la realidad de su colonia en el
Caribe y adoptar los mecanismos que le permitieran conjurar
explosiones sociales y políticas resultantes del colonialismo. Desde
comisiones ad hoc, delegados oficiales o secretos, congresistas,
periodistas, académicos, empresarios, agentes policiacos y de
inteligencia, Estados Unidos se ha asegurado de distintas formas de
estar al tanto de cómo pensamos los puertorriqueños y qué queremos
en cuanto a la relación política con la metrópoli. Pero ha optado
por hacerse el sordo y asumir una actitud indiferente, como si para
ellos Puerto Rico no existiese".
Pero ahí está Puerto Rico. Cuando más nos adentramos en este
nuevo siglo, solo cabe que se lleve a cabo un impostergable proceso
de descolonización. Es política y éticamente inadmisible no hacerlo.