La Gala del Ballet Nacional de Cuba, elegante y variada, para
reverenciar desde las tablas de la sala García Lorca a la mujer,
tuvo a los jóvenes bailarines en primera línea.
Las cortinas se descorrieron con una centenaria obra que marcó un
momento de instante de arranque en el quehacer coreográfico de
Mijail Fokin: Las sílfides, con montaje sobre la versión
original (1908) de Alicia Alonso. La versión de Alicia, vibró en esa
jornada, en primer lugar por una Anette Delgado, radiante, que
segura y plena en el difícil estilo fokiniano, tanto en el Nocturno
como en la Mazurca y el pas de deux, marcó el paso del grupo
e insufló el ánimo necesario para que todo marchara a la perfección.
Estuvo acompañada por un joven talento del BNC, Alejandro Virelles,
que poco a poco se acomoda en los protagónicos armado por sus
condiciones técnicas y su figura de bailarín noble, así como por la
diestra y segura Yanela Piñera (Vals) y la singular bailarina que es
Sadaise Arencibia, plena en toda su dimensión en el Preludio.
Aún y cuando, en términos generales, se logró la homogeneidad
tradicional del cuerpo de baile en los ballets blancos, es necesario
resaltar, en las más jóvenes generaciones, la necesidad de trabajar
en conjunto, y poner mayor énfasis en el trabajo de los brazos y
posiciones características del estilo neorromántico, para alcanzar
la perfección acostumbrada.
Viengsay Valdés estuvo impresionante en el pas de deux del
Cisne negro, con sus largos balances y la secuencia de 32
fouettés y giros que desataron las más fuertes ovaciones de la
velada. Junto a ella, el primer bailarín Javier Torres realizó una
excelente faena, como bailarín y acompañante siempre atento al más
mínimo detalle, inclusive artístico, en ese pequeño lapso de tiempo
que cruzó por la escena. Concierto en blanco y negro, de José
Parés bordó una imagen que pone en juego la técnica académica en
franco diálogo con la bella partitura de Haydn, y en la que los muy
noveles bailarines del BNC, encabezados por Marlén Fuerte —muy bien
ante cada nueva salida—, pusieron su empeño para que llegara al
auditorio.
Como colofón pasó Acentos, coreografía del joven Eduardo
Blanco que motivó fuertes aplausos por la labor de esos cinco
bailarines, quienes desatan sus ánimos y técnica en el acertado
divertimento, provocando esa mágica sensación de optimismo y fuerza
que siempre deja cuando pasa por las tablas.