Mujeres en punta

TONI PIÑERA

 Foto: Nancy ReyesLa Gala del Ballet Nacional de Cuba, elegante y variada, para reverenciar desde las tablas de la sala García Lorca a la mujer, tuvo a los jóvenes bailarines en primera línea.

Las cortinas se descorrieron con una centenaria obra que marcó un momento de instante de arranque en el quehacer coreográfico de Mijail Fokin: Las sílfides, con montaje sobre la versión original (1908) de Alicia Alonso. La versión de Alicia, vibró en esa jornada, en primer lugar por una Anette Delgado, radiante, que segura y plena en el difícil estilo fokiniano, tanto en el Nocturno como en la Mazurca y el pas de deux, marcó el paso del grupo e insufló el ánimo necesario para que todo marchara a la perfección. Estuvo acompañada por un joven talento del BNC, Alejandro Virelles, que poco a poco se acomoda en los protagónicos armado por sus condiciones técnicas y su figura de bailarín noble, así como por la diestra y segura Yanela Piñera (Vals) y la singular bailarina que es Sadaise Arencibia, plena en toda su dimensión en el Preludio.

Aún y cuando, en términos generales, se logró la homogeneidad tradicional del cuerpo de baile en los ballets blancos, es necesario resaltar, en las más jóvenes generaciones, la necesidad de trabajar en conjunto, y poner mayor énfasis en el trabajo de los brazos y posiciones características del estilo neorromántico, para alcanzar la perfección acostumbrada.

Viengsay Valdés estuvo impresionante en el pas de deux del Cisne negro, con sus largos balances y la secuencia de 32 fouettés y giros que desataron las más fuertes ovaciones de la velada. Junto a ella, el primer bailarín Javier Torres realizó una excelente faena, como bailarín y acompañante siempre atento al más mínimo detalle, inclusive artístico, en ese pequeño lapso de tiempo que cruzó por la escena. Concierto en blanco y negro, de José Parés bordó una imagen que pone en juego la técnica académica en franco diálogo con la bella partitura de Haydn, y en la que los muy noveles bailarines del BNC, encabezados por Marlén Fuerte —muy bien ante cada nueva salida—, pusieron su empeño para que llegara al auditorio.

Como colofón pasó Acentos, coreografía del joven Eduardo Blanco que motivó fuertes aplausos por la labor de esos cinco bailarines, quienes desatan sus ánimos y técnica en el acertado divertimento, provocando esa mágica sensación de optimismo y fuerza que siempre deja cuando pasa por las tablas.

 

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