La duración de la noche y el día, desde los orígenes de las
especies, ha sido la forma más socorrida para medir el tiempo y hoy
influye también en la decisión de utilizar el conocido horario de
verano.
Se cuenta que en el siglo XVIII, Benjamín Franklin, se asombró
del ahorro de velas que obtenían los franceses, con sólo levantarse
una hora antes y así aprovechar la luz solar. Pero de allí no pasó
en la búsqueda de soluciones, reporta la AIN.
La humanidad se ha visto imposibilitada de alterar la duración
del día y la noche, pues la Tierra sigue empecinada en dar su vuelta
de 24 horas y mantener la traslación en 365 días y cuarto.
Durante la Primera Guerra Mundial, los aliados establecieron un
cambio en los horarios, buscando un mayor aprovechamiento de la luz
solar, sobre todo en los largos días del verano.
Fuera de las guerras, se abandonó su utilización, aduciendo,
entre otras razones, la influencia que el cambio podía tener sobre
los procesos orgánicos en los seres humanos, algo que nunca se ha
demostrado.
La perentoria necesidad de aprovechar cada día más las reservas
energéticas, ha llevado a países, antes reacios al cambio, a
implantar esta forma de ahorro, por demás sencilla.
En cuanto a Cuba, se retomó el cambio de horario en la década del
60, ubicándose su uso en casi la mitad del año, aunque algunas
circunstancias han llevado, en varias ocasiones, a mantener la
diferencia horaria, incluso durante el tiempo invernal.