Si nos preparamos bien ni hay agresividad ni indisciplina

Opinión del Consejo de Redacción de Granma

Gran interés despiertan los play off de la pelota cubana. Ir al estadio a apoyar a su equipo se ha convertido en una cuestión de honor para los aficionados, y eso es bueno, pues hacia ellos está dedicado el más grande y seguido espectáculo deportivo del país, que todos podemos disfrutar, pero que también todos estamos obligados a cuidar.

Preservarlo es no dejar de respaldar a la escuadra con la cual simpatizamos, sin embargo, en una instalación pública como un estadio hay que saberse comportar, lo mismo con el pelotero que con quienes tenemos al lado. Los picos altos de las emociones que desata nuestra pelota en cubanos y cubanas no nos pueden llevar al irrespeto con nada ni con nadie, pues en una grada con miles de personas una pequeña chispa puede encender un verdadero polvorín social.

Pero para lograr un bello espectáculo, con la calidad que con justeza demanda nuestra exigente afición, hay que prepararse y bien.

Tiene que prepararse más que nadie el mentor y su equipo de dirección para que nada le impida tomar la decisión correcta en cada momento por difícil o decisivo que sea el instante del juego. Además, para que él guíe la conducta de sus jugadores. Cuando estamos al frente de un grupo de hombres somos responsables de las actitudes de los subordinados: hay que enseñar a jugar pelota, pero también a ser hombres de bien, porque además, solo así se puede llegar a la cúspide.

Los peloteros han de prepararse para cualquier circunstancia de juego, lo mismo para el necesario jonrón, ponche o la buena jugada o para enfrentar la mala decisión de un árbitro, porque como decimos en el argot, eso está en el juego, y nada nos puede hacer irnos del choque, pues es sabido que puede costar la derrota.

Imprescindible la preparación de los árbitros, quienes saben que se enfrentan a partidos cruciales, que cada uno cuenta para las aspiraciones de los protagonistas. Están obligados a medir cada actitud del pelotero, saber —con su ejemplo—, no exacerbar al que con su juicio, correcto incluso, es afectado por su decisión.

Tenemos los periodistas que prepararnos para transmitir la opinión exacta, justa, la que lleve a la comprensión de lo ocurrido en el juego, porque lo que digamos o escribamos puede levantar un estado de opinión.

Si cada quien va a este combate con toda su preparación cumplida, concentrados en cada paso, al director le salen mejor las cosas, el pelotero rinde más, el árbitro cumple con su complejo rol.

Pero cuando no es así, entonces aparecen algunas de las escenas que hemos tenido que lamentar en este inicio de series de play off, momentos en los que en vez de sangre nos corre béisbol por la venas.

Es inadmisible ver a un mentor el sábado en la noche, gloria de nuestro deporte y a quien queremos y seguiremos queriendo y admirando, espetarle una palabrota a un árbitro, sin que este reaccionara. Y para colmo la falta quedó amplificada por la transmisión de TV hacia todo el pueblo.

O a otro destacado director decirle a un periodista que los árbitros están asesinando los juegos, eso levanta la roncha, predispone al jugador y también al público. Para seguir hablando el mismo lenguaje beisbolero, le tira la gente encima al árbitro.

Con la cabeza fría, pensando cada acto, al estelar Antonio Pacheco no lo hubiera cegado la ira en su reclamo frente a uno de los árbitros el lunes y hubiera jugado bajo protesta en un rápido análisis de las reglas del juego, concretamente, la 7.08, al abandonar el corredor adversario la tercera base.

Tampoco es correcto que periodistas o comentaristas perdamos el sentido objetivo que nos debe acompañar. Mucho menos lo que sucedió ayer en el Latino cuando un colega asumió la tarea de conducir la ceremonia inaugural e inmediatamente después arengó con parcialidad al entusiasmo por su equipo.

Cuando traspolamos nuestras funciones, dejamos un terreno abierto a la suspicacia y afecta tanto al espectáculo como a ese profesional que se ha ganado, como el pelotero, el cariño y respeto de quienes le siguen día a día.

Ya comentamos en este diario el censurable hecho ocurrido el pasado domingo en el estadio de Sancti Spíritus, inaceptable expresión de indisciplina.

Por esos derroteros, lo que hacemos es alimentar la violencia y denigrar a nuestro deporte nacional.

Cuba entera confía en peloteros, mentores y árbitros, los necesita para disfrutar de las emociones que como pocas despierta la pelota en el pueblo, y espera más de la Dirección Nacional de Béisbol.

Recordemos, además, una vieja máxima que parodiamos desde el fútbol. Dime el pelotero que tienes, dime el árbitro que tienes, dime el mentor que tienes y te diré el béisbol que juegas. A un buen espectáculo difícilmente se le corresponde, en las graderías, por demás conocedora, con un abucheo.

 

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