Con
buenos auspicios comenzó entre nosotros la conmemoración del Año
Chopin, por el bicentenario del nacimiento del músico más encumbrado
que ha dado Polonia. Nada mejor que un sello distintivo, el de Frank
Fernández, cuya maestría interpretativa lo ha situado, desde hace
largo tiempo, en otra cúspide, la del pianismo cubano.
Frank volvió a demostrar su completa correspondencia con la
escuela romántica que tuvo en Chopin a uno de sus cultivadores de
mayor mérito. El público que abarrotó el teatro Amadeo Roldán
aquilató el genio del pianista desde que inició el recital con el
Preludio (Op. 28. No. 4). La atmósfera gozosa fue subiendo de
tono a medida que avanzó la noche del sábado, con el difícil
Scherzo en Si menor, una serie de cuatro mazurkas, el
Nocturno op. 27, el Impromptu no. 1 op. 29, cuatro valses¼
hasta desembocar en la Gran Polonesa brillante, que realmente
estremeció al auditorio.
Hubo
otros muchos momentos de éxtasis, en los que con la sola compañía
del Steinway, y atendiendo a los requerimientos de las obras, el
maestro hizo gala de su entendimiento chopiniano. Tal pareciera que
construía con el teclado una catedral sonora.
A ello habrá que añadir el acierto en la concepción escénica, lo
cual no es muy usual en este tipo de concierto. Se conjugaron el
sólido argumento audiovisual de Roberto Chile y su proyecto Alas
con puntas y los jóvenes artistas de la plástica de la
Exposición Colectiva Chopin en Cuba (Amalia Angulo, Francis
Fernández —Copola—, Jesús Lara, José Antonio Hechavarría, Kamyl
Bullaudy, Lorenzo Linares, Marlys Fuego, Verónica Fuego y William
Pérez).
El actor Héctor Quintero aportó su profesionalidad en la lectura
de textos de Alfred Cartot (1877-1962), gran pianista franco-suizo y
profundo estudioso de la obra de Federico Chopin (Zelasowa Wola,
Polonia, 22 de febrero de 1810-París, Francia, 17 de octubre de
1849).