Tan alta era la estimación de sus propiedades alimenticias y
conservantes que a partir de sus dividendos se financió la
construcción de la Gran Muralla China, por el control de su comercio
Génova y Venecia se fueron a la guerra en el Medioevo, de su escasez
emanó en parte la derrota del Sur en la Guerra Civil estadounidense
(1861-1865) y de su monopolio la famosa Marcha de la sal, que en
marzo de 1930 encabezó Mahatma Gandhi para provocar a la postre la
independencia de la India del colonialismo británico.
Hasta aquí varios ejemplos sobre la importancia histórica de un
elemento que aún hoy continúa siendo indispensable en la economía de
cualquier país. No ya como un condimento extendido inevitablemente a
todas las gastronomías del mundo, sino como un recurso al que se le
conocen, de paso, otras 14 000 aplicaciones en diversas ramas de la
industria.
En Cuba no deja de ser curioso entonces un dato sencillo: Pese a
tener aseguradas las reservas de este mineral para los próximos 200
años, el país debió importar hasta fecha muy reciente volúmenes de
sal para satisfacer la demanda interna, llegando a destinar para ese
propósito 12 millones de dólares, según reveló el Ministerio de la
Industria Básica, cuando la tonelada se cotizaba en el mercado
internacional a 420 dólares, 240 más que el costo de su producción
nacional. A ello obligaron las severas afectaciones que sufrió la
principal empresa salinera de la Isla, en el municipio guantanamero
de Caimanera, tras las lluvias torrenciales que anegaron la región
oriental a finales del 2007.
Hoy, por fortuna, el panorama es diferente y, tras recuperarse de
modo satisfactorio, la entidad no solo ha conseguido poner coto a
las importaciones desde el año pasado, sino que se apresta a
exportar a partir de marzo, gracias al positivo impacto de las
inversiones y a la consagración de sus trabajadores.
Lo repararon, fundamentalmente, con esfuerzo propio. Las vigas de
metal las recuperaron en la termonuclear de Cienfuegos, donde
estaban en desuso. Afirman que fue un trabajo inmenso. Gracias a
ello, a partir de octubre del año pasado pudieron estabilizar la
producción, con 230 y 235 toneladas diarias entre las líneas social
e industrial respectivamente.
Ahora se puede percibir cómo bulle el trabajo entre el rugido de
la maquinaria y el polvo de la sal, mientras varios operarios se
encargan de supervisar el envase mecanizado de las bolsitas de un
kilogramo, que en principio deben abastecer a la población residente
en los territorios de Guantánamo, Santiago de Cuba, La Habana,
Ciudad de La Habana e Isla de la Juventud; aun cuando en tiempos de
contingencia la planta cubre también la demanda de otras regiones.
Y es que como bien expone Luis Froilán Trujillo, director técnico
del centro: "Esta salina tiene un peso decisivo en el país, por lo
que se ha visto beneficiada con la introducción de varias mejoras
tecnológicas en las líneas elaboradoras de la sal seca y húmeda, las
cuales favorecieron los procesos de evaporación, concentración y
cristalización".
"Seguimos rehabilitando la planta por etapas. Este año debemos
montar las centrífugas para continuar perfeccionando el flujo de
molienda y clasificación. Además, ya tenemos otra inversión
importante que nos aportará unas 20 unidades de bombeo para
remodelar las estaciones que permiten impulsar el agua."
La meta es clara. Según defiende el ingeniero Joel Portuondo,
director de operaciones: "El objetivo final es alcanzar un trabajo
más preciso y con mayor calidad para satisfacer al pueblo".
Aquí todo el mundo cobra por resultados y se le paga bien el
sobrecumplimiento, con estimulación de 10 CUC per cápita (por el
plan de la sal para consumo social). No se ve a nadie con los brazos
cruzados, todo el mundo está para su trabajo, opina Froilán
Trujillo.
Yolaida Martínez, trabajadora del lugar, le da la razón: "Cuando
un equipo está bien acoplado todo sale a las mil maravillas. Al
principio, el trabajo me resultaba difícil, pero le he ido cogiendo
cariño. Siempre tratamos de sobrecumplir la norma, que es de una
tonelada por persona, para alcanzar las 16 o 17 toneladas en una
mesa de diez compañeros."
De testimonios como estos se deduce que la producción no es el
punto crítico cuando de carestías de sal se trata.
"Nosotros trabajamos las 24 horas de los 365 días del año",
afirma Froilán. Para poder mantener el flujo productivo,
semanalmente tendríamos que trasladar 1 750 toneladas."
Pero ahí está el factor de retrasos que perjudica: problemáticas
relacionadas con el transporte, principalmente ferroviario, son las
que dificultan, a veces, que la sal llegue adonde debe.