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El aceite de girasol que produce Juan Hernández
Desde hace más de diez años un campesino
espirituano dedicado al cultivo del tabaco prueba también que, en
tierra de vegueros, obtener aceite a partir de la siembra de girasol
no es una aventura descabellada
Juan Antonio Borrego
CABAIGUÁN, Sancti Spíritus.— A la primera persona que debió
persuadir Juan Hernández para encauzar su proyecto de
autoabastecerse de grasa con la siembra de girasol fue a su madre
Esterbina Cabrera, una aldeana hasta entonces convencida de que "no
había cosa más sabrosa en este mundo que comer la vianda frita con
manteca de puerco".
Eso era por lo menos lo que ella había escuchado decir durante
más de sesenta años en la finca El Troncón, cerca de Santa Lucía, en
Cabaiguán; hasta que, en 1994, graduado de ingeniero agrónomo y
convocado por la muerte de su padre, regresó Juanito para hacerse
cargo de sus dominios.
La
selección y protección de la semilla es clave para asegurar una
favorable germinación.
Esterbina, que todavía presume de provocar el apetito del
vecindario cuando pasadas las diez de la mañana prepara el sofrito
para sus frijoles negros reconoce, sin embargo, las bondades del
aceite que obtiene su hijo en una hectárea y media de la pequeña
propiedad.
"Yo comencé en pleno periodo especial cuando no había aceite en
ningún lugar", recuerda Juan Hernández, convertido en un prestigioso
productor con más de diez años de experiencia.
UNA PLANTA AGRADECIDA
Recostado a un horcón de su casa de curar, ahora repleta de
tabaco hasta la última barredera, el campesino, de 46 años de edad,
evoca sus inicios en la aventura del girasol: "La idea me la
sugirieron mis antiguos profesores de la Universidad de Sancti
Spíritus, que estaban impulsando un proyecto al respecto; probé con
soya, ajonjolí, maní, pero lo que realmente me convenció fue el
girasol", precisa.
¿Es una planta muy exigente?
No, es una planta muy agradecida, fácil de desarrollar; este año,
por ejemplo, se ha dado muy bien y no ha caído una gota de agua,
aquí el único enemigo que tiene el girasol son las palomas, sobre
todo cuando está seco. A las gallinas también les encantan las
semillas, pero no pueden alcanzarlas porque las flores quedan muy
altas.
¿Todo el tiempo siembran la misma variedad?
Trabajamos con un híbrido de la Universidad Central, de Santa
Clara, seleccionamos bien la semilla, la cual debe guardarse en
frigorífico para que logre un 90% o más de germinación y, a la hora
de sembrarse, el suelo no debe tener mucha humedad porque puede
podrirse.
¿Y el proceso industrial?
Recolectamos manualmente y luego trillamos con una combinada
criolla de frijoles o de maíz; antes molíamos en la Empresa Militar
de Sancti Spíritus y ahora, con la agricultura urbana, lo hacemos
aquí mismo, en Cabaiguán. Es algo increíble, es como ver el chorro
de una guarapera.
El
girasol es una planta muy agradecida, asegura Juan Hernández, un
campesino cabaiguanense que lleva más de diez años cultivándola.
Después de extraído, el líquido debe decantarse a los dos o tres
días para que pierda el amargor y luego hervirse. Queda, incluso, un
poco más viscoso que el aceite que se comercializa habitualmente y
con muy buen sabor. El subproducto también es un excelente alimento
animal.
¿El negocio es rentable?
En secano, sin fertilizantes y con una industria muy
rudimentaria, donde estimo se pierda hasta un 10%, le sacamos 250
litros a una hectárea y media. ¿Te imaginas?, para tú obtener esa
cantidad de grasa con un puerco tienes que echarle un campo de yuca
y otro de maíz; además este es un producto, reconocido por todo el
mundo, mucho más saludable que la grasa animal.
VEGAS DE TABACO Y DE GIRASOL
Juan Hernández asegura que de las 12 cosechas que ha obtenido en
El Troncón ha invertido por lo menos una en regalías y promociones
"para embullar a la gente con el aceite de girasol".
Por suerte este último año se sumaron a su proyecto otros dos
cooperativistas de la CCS Horacio González: su prima Sonia Hernández
y su vecino Rogelio Toste, quienes, al igual que él, están por estos
días próximos a la recolección.
"A mí me gusta rotarlo con el tabaco —explica Juan— y como es
alelopático (inhibe el crecimiento de otras plantas a su alrededor)
me deja la tierra limpia sin necesidad de mayores atenciones
culturales".
Como favor adicional —explica el ingeniero—, la especie tiene la
facilidad de incorporar los nutrientes a una profundidad donde otras
plantas no lo logran, cualidad que le permite prosperar en sequía y
sin fertilizantes.
En una suerte de agradecimiento no declarado, una vez consumada
la cosecha, el girasol devuelve al propio campo en forma de abono
natural buena parte de esos mismos nutrientes, en particular
aquellos contenidos en sus hojas y en su tallo.
Este ciclo silencioso obviamente redunda en beneficio para el
suelo, para el cultivo que le continúa en la rotación y, por
supuesto, para todo el que como Juan Hernández se decida a regar en
sus predios unas cuantas semillas de la planta, cuya vida transcurre
mirando al sol.
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Historias cruzadas |
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Cuando el pintor holandés Vicent van Gogh
consagró sobre el lienzo su afamada serie Los girasoles
—años 1888 y 1889— ya la planta habitaba en el Viejo
Continente desde hacía más de tres siglos, según han
admitido investigaciones diversas.
Científicos mexicanos y estadounidenses
lograron precisar que en México, país originario, se
cultivaba el girasol desde hace unos 4 000 años, y que tal
vez a la llegada de los españoles a América su uso haya sido
prohibido por los sacerdotes católicos, ante la creencia de
sus facultades afrodisíacas o por razones vinculadas con la
adoración que hacían los aztecas del sol y la guerra.
Según recogen los cronistas de Indias,
Francisco Pizarro lo encontró expandido por el Tahuantinsuyu
(Perú), donde era venerado por los nativos e, incluso,
figuras en oro de esta flor y semillas fueron llevadas a
Europa en el siglo XVI.
Su condición de heliotrópica (referida al
movimiento de los vegetales que dirigen sus hojas y flores
en dirección al sol) y sus dotes para la ornamentación han
velado, quizás, sus excepcionales propiedades como
oleaginosa altamente nutritiva que ya conocían muy bien los
antepasados americanos. |
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