Una
cifra superior a las 100 000 personas se enfrasca a lo largo del
país en disímiles tareas para dar cumplimiento a los pasos
organizativos previos a la elección de delegados a las Asambleas
Municipales del Poder Popular del domingo 25 de abril. Para los más
de 8 millones y medio de ciudadanos mayores de 16 años,
protagonistas principales de este proceso, se acerca uno de los
momentos cruciales: la nominación de candidatos.
Durante un mes, a partir del entrante miércoles 24 y hasta el 24
de marzo, tendremos esa misión cuando asistamos a las más de 50 500
asambleas de nominación que serán convocadas en los próximos días
por barrios y comunidades.
Para la casi totalidad del electorado este constituye un
ejercicio democrático conocido. Para varios millones será, cuando
mínimo, la décimocuarta ocasión —desde agosto de 1976, cuando se
realizaron por vez primera—, en que nos toque decidir quiénes de
nuestros conciudadanos tiene virtudes, méritos y capacidad para
llegar a ser nuestros delegados. Otra cantidad, incluidos los
electores matanceros que tuvieron una experiencia precedente en
1974, habrá participado en más asambleas debido a procesos
especiales para cubrir vacantes; y solo unos 320 000 se estrenarán
en estas lides al haber arribado a los 16 años desde el proceso
anterior en los últimos meses del 2007.
Corresponde a todos el mismo compromiso: nominar al que,
reuniendo los requisitos esenciales, sume a ellos disposición para
estar a la altura de las complejidades del momento actual, y
posibilidades para encarar una tarea honrosa pero que, a la par,
exige de una consagración a los demás y al interés colectivo.
Muchas veces he escrito a lo largo de más de 30 años, y no me
cansaré de ello, acerca de la labor que, anónima por lo general,
desarrolla la inmensa mayoría de los delegados¼
, aun la de aquellos que, por diversas razones, solo la asumen por
un único mandato de dos años y medio. Pero hay unos cuantos
fundadores que terminan ahora su décimo tercer periodo, y una cifra
nada despreciable que pasan de los 5, 10 y hasta 20 años
representando desinteresadamente a quienes, proceso tras proceso,
los reeligen, los apoyan, los defienden a capa y espada.
El delegado es el eslabón primario del sistema democrático
cubano, único en el mundo, pues parte de premisas inaplicables en
cualquier otro país: lo nomina y elige el pueblo, no los partidos;
rinde cuenta periódicamente de su gestión ante quienes lo eligieron
y en cualquier momento de su mandato puede ser revocado por estos.
De ahí el enorme significado que en las próximas elecciones tiene
el inminente proceso de nominación de candidatos, aun cuando son
parciales y su objetivo se circunscribe a ratificar y/o renovar los
delegados a las 169 Asambleas Municipales y sus órganos de
dirección.
Cierto que no todo es color de rosa, hay mucha e innegable
insatisfacción por los resultados de la gestión de no pocos
delegados, quienes en los últimos tiempos no han tenido un adecuado
respaldo de las entidades administrativas que tienen el deber y la
obligación de apoyarles en su labor. Los electores reclaman,
justamente, soluciones a sus planteamientos, los cuales transitan
uno y otro mandato sin siquiera una explicación adecuada a sus
quejas.
También es innegable que hemos atravesado dos décadas de un
periodo especial severo agravado por catástrofes naturales; todo
unido a medio siglo de tenaz bloqueo, que obligadamente ha
postergado programas y proyectos dada la escasez de recursos
materiales y financieros ajenos al quehacer e interés del mejor de
nuestros representantes.
Incluso así, hay evidencias fehacientes en muchas localidades de
que con la iniciativa y el esfuerzo mancomunado de delegados y
vecinos se han resuelto muchos problemas.
Se trata de no dejarnos vencer por la falta de resultados
satisfactorios o por la ineficacia de algún que otro delegado, que
no ha sabido o podido enfrentar los avatares acumulados y conducir
adecuadamente la energía latente en muchas comunidades.
Estamos obligados a perfeccionar y fortalecer nuestras
instituciones desde la base, y sobre todo en el sistema del Poder
Popular, como ha expuesto y reiterado el compañero Raúl.
A no dudar necesitamos buenos delegados, capaces de ganar en
conocimiento acerca de las realidades del país, la provincia y el
municipio, conocer su entorno, diagnosticar los problemas, saber
establecer prioridades, así como aunar voluntades, trabajar con
argumentos, explicar con franqueza y veracidad, convencer, saber
escuchar, además de sumar, los resortes positivos que abundan en
cada lugar.
Pero para garantizar que podamos elegir a delegados con esas
cualidades, tenemos que saber proponer y nominar primero una buena
cantera en las próximas asambleas de barrios.