Al visitante común le es imposible explicarse cómo, entre tantas
hojas curtidas por el tiempo, aquellas resaltan nevadísimas,
inmaculadas, en su absoluta legitimidad. Sí, ambos títulos
universitarios pertenecieron al Apóstol de Cuba, pero no pudieron
serle expedidos en 1874, cuando obtuvo las licenciaturas en Derecho
(junio) y en Filosofía y Letras (octubre) en la Universidad de
Zaragoza, España.
Apenas tres años bastaron al genio joven (de 1871 a 1874, tiempo
de exilio en la metrópoli), para culminar el bachillerato,
interrumpido por el presidio político, y dos carreras
universitarias; pero no poseía el dinero para solicitar los
documentos que así lo avalaran. Al cumplirse un siglo de la caída en
combate del Maestro, el rector de la casa de altos estudios, Juan
José Badiola, realizó una emisión especial de los títulos, y fue
entonces que llegaron a Cuba.
La abundancia de réplicas en el Memorial José Martí, museo
insigne privilegiado en ubicación y majestuosidad, puede resultar
discordante. A la inquietud de Granma responde Yoanka Abreu,
museóloga fundadora del lugar: "Nosotros, como quien dice, llegamos
de últimos, la mayoría de los documentos y objetos originales
relacionados con la vida de Martí ya pertenecían al patrimonio de
otros museos".
Cinco salas conforman el interior del Memorial: una donde se
exponen datos y eventos de la vida del Martí joven, incluyendo
presidio, destierro, estancia en México, Guatemala y Venezuela,
hasta su llegada a los Estados Unidos.
La segunda, atesora muestras referentes a la preparación de la
guerra, la fundación del Partido Revolucionario Cubano, el
desembarco en Playitas de Cajobabo...
Al avanzar hacia la tercera, encontramos una síntesis de la
historia de la Plaza de la Revolución y su monumento, desde la
selección del lugar para la edificación, como los cuatro concursos
convocados para elegir el diseño.
Construida entre 1953 y 1958, la obra final resultó una simbiosis
entre la propuesta del primer premio del cuarto concurso, del cual
se tomó la estatua de 18 metros de altura, y del tercer lugar, donde
se proponía la torre semipiramidal con base de cinco puntas.
De las dos salas restantes del recinto, una acoge exposiciones
transitorias de renombrados creadores de las artes visuales, y la
última queda reservada para actos y conciertos.
Inicialmente, en el interior del Memorial se pensó instalar una
biblioteca martiana, proyecto nunca concretado. Entre 1959 y
mediados de los ’60, funcionó como museo de la Revolución. Luego,
continuó usándose para actos políticos y algunos sepelios, pero
permaneció ajeno a la función de sede de la memoria histórica hasta
su reapertura el 27 de enero de 1996.
Desde su creación en la década del ’50, en sus interiores resalta
un mural de mosaicos venecianos, obra del ceramista cubano Enrique
Carabia, donde brillan, más por su lucidez que por el oro usado para
grabarlas, 89 frases representativas del pensamiento martiano. Dicha
"muestra permanente" del ideario del Apóstol ratifica el humanismo
que, nucleando su obra y existencia toda, toma cuerpo a lo largo del
recorrido museológico.
"Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde
ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad", dijo el
Maestro quizás muy distante de pensar en incluirse a sí mismo. Pero
la certeza de que el más universal de los cubanos es líder entre los
nunca suficientes "homagnos generosos", se eleva por encima del
punto más alto de la ciudad, edificado, precisamente, para guardar
su estancia marmórea y aun así vivísima, en plena Plaza
revolucionaria.