|
Baracoa
Historias para nunca acabar
Ariel B.
Coya y RICARDO LÓPEZ HEVIA (Fotos)
Diecisiete meses atrás, la dimensión de los estragos en Baracoa
era terrible. La ciudad aún no comenzaba a recuperarse de los daños
causados por el mar de leva en marzo del 2008, cuando el domingo 7
de septiembre sufrió los embates del huracán Ike.
Muchas
familias ya disfrutan de sus nuevas casas.
El mar embistió el litoral con una fuerza nunca vista y las olas
penetraron hasta cuatro cuadras más allá del malecón; lo que no
barrieron las aguas, terminaron derribándolo los implacables vientos
para completar una desgracia mayúscula y provocar un verdadero caos.
Aunque no hubo que lamentar ninguna pérdida humana, gracias a los
ingentes esfuerzos del personal de evacuación y rescate, más de 6
000 viviendas fueron destruidas total o parcialmente. La ciudad
quedó en ruinas y su gente traumatizada.
Es un hecho. Sin llegar a aficionarse a la tragedia ni al
pesimismo, los rostros en Baracoa muestran que muchos no han podido
superar todavía el estado de alerta inconsciente que les dejó Ike.
Así lo demostró su pronta reacción a raíz del terremoto en Haití,
cuando el pasado martes 12 de enero resonó la alarma de tsunami y
más de 30 000 personas subieron a las lomas buscando refugio.
Muchas edificaciones devuelven ya a los baracoenses antiguos
recuerdos. Al momento de escribirse este reportaje, la primera villa
fundada por Diego Velázquez, exhibía una recuperación del 82,5%, con
5 082 viviendas reconstruidas.
Mientras,
algunos esperan que la culminación de sus viviendas no quede
sepultada en el olvido.
Esa reanimación también emergía en obras de beneficio social
común, como el círculo infantil, varios puntos de la gastronomía
(una pizzería y cuatro restaurantes), la sala teatro de la casa de
cultura y el cine de la ciudad, acondicionados todos con mobiliario
totalmente nuevo. En tanto, se iniciaba la construcción de un
polideportivo en la zona del malecón y la reparación de la parroquia
mayor, la iglesia más antigua de Cuba.
Así, la vida volvía a rezumar candor y esperanzas, aunque —como
tanto se empecina en revelar la realidad—, nada sea perfecto y
siempre afloren ciertas inconformidades.
ALGUNOS EXPRESAN SU INSATISFACCIÓN
Tal es el caso de varios vecinos del barrio La Pasada, contiguo
al estadio Manuel Fuentes Borges, donde aún se aprecian inmuebles
paralizados por la falta de materiales, pero, sobre todo, por la
ausencia del personal de la entidad constructora EPCOMA, que debe
laborar allí.
"Es algo inconcebible. Estas viviendas comenzaron a construirse
después del mar de leva, cinco meses antes del ciclón, y aunque se
han enviado los recursos varias veces todavía no se terminan. Desde
entonces lo único que han hecho ha sido echar los cimientos",
refiere uno de sus pobladores.
Esta es una muestra de cómo la desorganización y la desidia
demoran hasta lo indecible una moderna edificación de tres plantas
que, según los expertos, está prevista para acometerse en tan solo
27 días, mellando la paciencia y el buen ánimo de los damnificados,
quienes, varias veces, han visto con estupor cómo les retiran los
materiales comprometidos en su inmueble para finalizar otro. Un
calvario de nunca acabar.
Otros,
increiblemente, siguen retando la furia del mar.
"Yo estoy allí en la casa que se nos afectó y todo lo que tengo
está amontonado en un solo cuarto, echándose a perder", lamenta otro
de los perjudicados, que a su vez encomia cómo el contingente de la
Empresa Integral Seis, sí construyó rápido y acabó en tiempo todas
la obras que le asignaron. Señal inequívoca de que la norma también
sirve para confirmar excepciones, como la aquí resumida.
OTROS SIMPLEMENTE NO ESCARMIENTAN
Quizá por ello también resulte menos compleja la situación en
otros asentamientos, donde la gente asumió la edificación de sus
casas con esfuerzo propio a partir de los materiales recibidos por
el Estado.
No son pocas las viviendas que se han terminado de esa manera en
lugares como Güirito, Mariana, Mata y Yumurí. Ubicado en los límites
con Maisí, este último asentamiento regala a la vista un paisaje
magnífico de verdor esplendente, desde el cual se pueden divisar las
alturas de El Yunque y la Bella Durmiente dibujados en lontananza.
Allí todo sería una maravilla si no existiera un pero¼
, el que nos sugiere la prudencia cuando contemplamos ese paisaje,
magnífico, sí, pero que, según afirma Vilma Cardesuña, se tornó "más
feo que feo" cuando el mar bramó contra la orilla y arrastró consigo
22 viviendas, de las cuales ya se observan restauradas por completo
unas 18, junto al bonito consultorio médico que será reinaugurado en
breve.
Lo dicho: una maravilla si el asentamiento no estuviera enclavado
allí mismo, donde antes fue desvencijado, a ras de mar como tentando
al desastre. Que para el caso es también una forma de hipotecar todo
el esfuerzo de la recuperación. |