La batalla por la supervivencia continúa este jueves en las
plazas y parques de Puerto Príncipe y otras ciudades haitianas,
donde descuellan el hambre y la insalubridad a casi un mes del
devastador terremoto, reporta Prensa Latina.
Se estima que un millón 110 mil personas perdieron sus viviendas
como consecuencia del sismo, la inmensa mayoría en Puerto Príncipe,
donde pese a la revitalización de algunos servicios, el gran desafío
sigue siendo vivir siempre un día más.
Aunque cientos de miles de damnificados abandonaron la urbe,
tanto al exterior como a otros departamentos del país, el grueso
permanece refugiado en áreas públicas, en condiciones de
hacinamiento, entre ellos un dominicano que llegó a Haití
esperanzado en recobrar la visión.
Francois Pedro, de 64 años, viajó a esta capital tres meses antes
del movimiento telúrico, afectado por una severa catarata.
Pedro, procedente de la provincia dominicana de Romana, tenía
noticias de que aquí había un programa llamado Operación Milagro,
impulsado por Cuba y Venezuela, que de forma gratuita atendía los
pacientes y atajaba ese mal.
Por ello cruzó la frontera y, sin dinero, de aventón en aventón,
llegó a Puerto Príncipe, muy lejos de imaginar que tras ser atendido
por médicos cubanos y volver a ver, sus ojos iban a ser testigos de
una de las catástrofes más grandes del mundo.
He llegado a pensar que era preferible no ver para no ser testigo
de ésto, comentó a Prensa Latina, tras reiterar que no había podido
regresar a República Dominicana porque no tenía un centavo para el
viaje.
Después de la operación, Pedro fue acogido por un haitiano que le
tendió una mano al salir del hospital y conocer su situación de
desamparo.
Residía en una casucha en las inmediaciones de la céntrica plaza
Champs de Mars, vivienda que quedó destruida en los primeros
segundos del terremoto.
Pedro estaba esa tarde a unos metros de la casa con el amigo,
pero la aguda audición que había desarrollado durante su prolongada
catarata le permitió sentir que a sus espaldas todo se venía abajo.
Ahora vive en uno de los parques de Champs de Mars, durmiendo en
el suelo, sin comida, solo protegido por un pedazo de nylon atado a
cuatro palos y con muchas menos esperanzas de poder retornar a su
país, donde lo aguardan la esposa y cinco hijos.
En la misma plaza vive Jacqués Levrank, de 33 años, quien
laboraba en una gasolinera, destruida totalmente por el sismo.
El temblor provocó un giro en su vida de casi 180 grados. Perdió
el trabajo, pero también la casa, convertida en escombros.
Levrank vive en el parque con su esposa y dos hijos, cuya
subsistencia depende de los refrescos de banana y frascos de agua
que logra comercializar, en un improvisado puesto de venta
callejero, pues la ayuda alimentaria sigue en suspense.
Diariamente no logra ingresar más de 100 gourdes (2.50 dólares),
ya que la gente no tiene dinero", pero insisten en sobrevivir, pues
ya vencieron al sismo.