Filológicamente,
se denomina victoria pírrica a aquella que se logra a un costo tan
grande que no alcanza a ser compensado por la ventaja adquirida en
la batalla. Y creo que es eso exactamente a lo que está abocado
Estados Unidos, por la ambición desmedida de una oligarquía
desenfrenada, que ha hecho de las guerras su modus operandi de
dominación.
Según el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, la guerra de
Iraq costará a Estados Unidos entre tres y cinco billones (millones
de millones) de dólares. Pero los expertos norteamericanos en
cuestiones de seguridad nacional dicen que la guerra de Iraq ha
incrementado la amenaza del terrorismo en vez de reducirla. En
términos de credibilidad, las mentiras de que se sirvió Washington
para emprender la guerra de Iraq (una supuesta relación del
presidente Sadaam Hussein con los actos terroristas del 11 de
septiembre del 2001 y las afirmaciones de que Iraq tenía Armas de
Destrucción Masiva) han tenido un costo impagable para la diplomacia
estadounidense.
Y la actual guerra en Afganistán no está constituyendo un fardo
menor para la economía de Estados Unidos ni para la credibilidad de
su política exterior. Esta otra ingloriosa cruzada se libra contra
un puñado de combatientes de Al Qaeda, cuyo número, según fuentes de
la Inteligencia de Estados Unidos, citadas por la emisora ABC, no
llega en Afganistán a 100 combatientes. Con el despliegue de 100 000
soldados en esa nación asiática, que le cuestan anualmente al
Pentágono unos 30 000 millones de dólares, Estados Unidos está
comprometiendo 1 000 efectivos y 300 millones de dólares al año por
cada combatiente de Al Qaeda que persigue.
Según varios ex importantes altos funcionarios del gobierno de
Estados Unidos, incluyendo al ex director de la CIA, George Tenet, y
al ex secretario del Tesoro, Paul Neill, la guerra contra Iraq había
sido planeada antes del 11 de septiembre del 2001. Y hay muchos
indicios de que la guerra de Afganistán había sido similarmente
proyectada por el Gobierno de Estados Unidos antes de que ocurrieran
aquellos tristes sucesos en Washington DC y New York. De modo que
las debacles que están sufriendo sus fuerzas armadas en estas dos
guerras no pueden achacarse a la improvisación.
Se ha escrito reiteradamente que los combatientes talibanes, con
quienes Estados Unidos mantenía relaciones muy estrechas en el
periodo en que la Unión Soviética era la superpotencia extranjera
determinante en aquel país, propusieron a los norteamericanos en el
2001 deshacerse de Osama Bin Laden, y fue Washington quien decidió
no hacerlo, por consideración a los viejos lazos de amistad y
compromisos de negocios que unían a las familias Bin Laden y Bush
desde mucho tiempo atrás. A la luz del acontecer actual, Estados
Unidos se habría ahorrado cientos de miles de millones de dólares en
gastos de guerra si hubiera pasado por alto tan escrupulosa
prevención "ética".
Ya se perfila una nueva guerra, contra Yemen, sin que haya
desaparecido la amenaza de un próximo conflicto contra Irán de gran
envergadura.
Tan errática actuación en materia de políticas de guerra y de
relaciones internacionales por parte de la más poderosa y hoy única
superpotencia del planeta, es inexplicable a la luz de la lógica o
de la economía, incluso si se prescinde de una valoración moral.
Dicen algunos economistas norteamericanos que las guerras
irremediablemente provocan recesión; otros afirman que estimulan la
economía, si la victoria es rápida. Pero todos coinciden en que los
conflictos bélicos que Estados Unidos sostiene hoy son dañinos a su
economía, aunque inicialmente aporten puestos de trabajo por la
expansión de la industria militar.
Es una contradicción mayúscula el hecho de que en Estados Unidos,
el gran líder del capitalismo mundial y primer defensor de la
empresa privada a nivel global, tenga efecto un fortalecimiento de
la economía centralizada a causa del auge de la economía militar que
es ya varias veces mayor que el resto de la economía, y es el único
sector que ha creado nuevos empleos en el último decenio.
Es incuestionable que la economía de guerra puede generar y está
generando fabulosas utilidades en Estados Unidos a partir de su
posición de única superpotencia mundial capaz, al menos en teoría,
de doblegar por las armas a cualquier otra nación del planeta, en
virtud de una amplia superioridad en términos de los recursos
económicos que puede movilizar en el terreno de la tecnología
militar. Mucho más si cuenta con el apoyo de los más ricos del
primer mundo, y son los "enemigos de su seguridad nacional" países
del tercer mundo que pugnan por el desarrollo.
Pero los favorecidos de esta política de guerra tras guerra, que
mueve a Estados Unidos casi desde que emergió de las cenizas de la
II Guerra Mundial como la potencia que menos dañó el conflicto, no
son los ciudadanos de ese país, sino la oligarquía que integra el
complejo militar-industrial. La ciudadanía de los Estados Unidos, la
que pone los muertos y los mutilados, y sufre el desempleo y la
caída de su nivel de vida, es la que está perdiendo con cada
victoria pírrica que su país logra contra las naciones que pretende
humillar. Por ahora, las derrotas son en términos de prestigio,
respeto y credibilidad, y repercuten en sus nexos con el resto de
una humanidad cada vez más ingobernable por el imperio.