No
dudo que en tercera dimensión Avatar sea el gran espectáculo
de la ciencia ficción y las cifras así lo indican, al colocarlo en
muy poco tiempo como el filme que más dinero ha recaudado en la
historia del cine, por encima de Titanic, también de James
Cameron.
Ya se anunció que tendrá dos partes más, mientras el dinero
invertido en la primera sigue siendo una incógnita. Lo que sí está
claro es la cantidad destinada a su promoción internacional: 150
millones de dólares.
Comienza a hablarse de "un antes" y "un después" en el cine en
relación con Avatar y las casas productoras tiemblan y se
apresuran en hacer ajustes para proyectar también en tercera
dimensión.
Disney protesta porque ya debería estar en cartelera su anunciada
Alicia en el país de las maravillas, realizada con el mismo
sistema, pero las salas siguen atestadas con un público interesado
incluso en volver a ver la historia épica de James Cameron, a la que
habría que reconocerle el reproche que desde un misticismo ecológico
les hace a los métodos devoradores de la civilización occidental
—imperialismo mediante–– y que en el plano dramático necesitaba a
toda costa para desarrollar su historia.
Impresionante en sus efectos especiales y en la técnica de captar
los gestos de los actores y luego "trabajarlos" en computadoras,
Avatar resulta, sin embargo, bastante simplista y reiterativa en
su argumento. A mitad del filme uno tiene la impresión de que está
viendo una historia acerca de un cowboy de valores humanos
confundidos, que se va a vivir a una tribu de apaches con el
consabido enamoramiento de la hija del jefe, el antagonismo con el
hermano guerrero de la muchacha y la posterior toma de conciencia en
favor de los débiles, lo que lo hace virarse en contra de la
supuesta civilización moderna que representaba.
Luego uno lee que a James Cameron le gustó mucho Danza con
lobos, el oeste de Kevin Costner, y se explica algunas cosas.
En lo que respecta al entramado de la ciencia ficción y la
recreación del universo en la Pandora invadida, el filme bebe de
diversas fuentes (en especial la literatura rusa) y no faltan las
habituales acusaciones de plagio en cintas de mucho éxito. Ya en el
aspecto dramático, además de lo antes apuntado, Avatar es
previsible y de escasa imaginación en lo concerniente al desarrollo
de los acontecimientos, lo que la emparienta con muchas otras de su
tipo concebidas en Hollywood, aunque no para ser vistas en tercera
dimensión.
Por supuesto, la visualidad aplastante asumida en su épica hace a
muchos olvidarse de todo lo demás y, entre aclamaciones y aplausos,
el cine como espectáculo se anota un tanto grandioso.
¿Pero será ese el cine que nos venga encima en cantidades
abrumadoras por parte de una industria que desde siempre defendió el
concepto de que "hacer películas" es negocio, espectáculo, taquillas
reventadas, dinero, mucho dinero... y después todo lo que se quiera,
incluido el arte?