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Alejo Carpentier
La literatura rusa que llevaba dentro
RAFAEL RODRÍGUEZ BELTRÁN
En 1929, en una carta enviada desde París a Toutouche, como
llamaba cariñosamente a su madre, Lina Valmont, cuyo verdadero
nombre era Ekaterina Vladímirovna Blagoobrázova, Carpentier escribe:
"Acaba de pasar la gran pascua rusa. He asistido a la bendición de
los panes en la iglesia ortodoxa de la calle Darú, a las doce de la
noche. Ahora almuerzo casi todos los días en un restaurante ruso
nuevo de Montparnasse, donde se comen admirables borshs, pirojoks,
kashas y kissels. En todas las vidrieras hay huevos de pascua rusa y
muñecas y cucharas y copas en forma de pájaro". En otra carta, luego
de asistir a una puesta en escena de las Tres hermanas, de
Chéjov por actores del Teatro de Cámara de Moscú, comenta: "¡Qué
rusa es la obra! ¡Cuánto me acordé de ti! ¡Cuando veo ese tipo de
teatro eslavo, me parece que te comprendo mucho mejor!"
Nikolái
Gógol entre los favoritos del autor cubano.
Esta correspondencia, que en breve estará a disposición del
lector cubano, pone de manifiesto, entre muchas otras cosas, como lo
demuestran los precedentes fragmentos, la pervivencia de añejas
tradiciones culturales rusas en la intimidad familiar, y constituye
una evidencia más del profundo conocimiento de la historia, la
literatura, el arte plástico y la música del país de origen de su
madre, conocimiento que resulta omnipresente en la producción
crítica y periodística del novelista, pero que no deja de apreciarse
también en sus obras de ficción si bien, en ocasiones, de manera
acaso un tanto menos evidente.
En Carpentier, el nexo con la literatura rusa se establece tanto
de forma visible como de forma latente. La primera se refleja sobre
todo en su labor como periodista, crítico y ensayista, en la cual
las alusiones directas, los ejemplos, las citas a innumerables
autores rusos apoyan el discurso de manera solo superada por las que
se hacen a las literaturas latinoamericana y francesa, centros de
atención privilegiados por Carpentier. La segunda, se aprecia en su
comprensión y adecuación de cierto espíritu y de determinadas
maneras de hacer y hasta de actuar de algunos de los escritores más
significativos y universales de la literatura rusa, tales como Iván
Turguéniev, Fedor Dostoievski y, sobre todo, Nicolái Gógol y León
Tolstoi, sin que, por supuesto, en ningún caso nuestro novelista
incurra, ni lejanamente, en el más mínimo mimetismo.
Múltiples
fueron los vínculos de Carpentier con la cultura rusa.
En su forma visible, las alusiones directas a la literatura rusa
se harán presentes desde fechas tempranas de forma paulatina en la
medida que su conocimiento se amplía al respecto. Muy al tanto de lo
que se produce en la Rusia revolucionaria, bien pronto lo vemos
abordar con mucho acierto la crítica de la novela de Vsévolod Ivánov
El tren bindado Nº 14-69; en esta crónica se alude a otros
escritores tales como, por una parte, Alexánder Kuprin e Iván Bunin
que no han logrado asimilar el proceso de profundas transformaciones
que se está operando en su país y, por otra, Serguéi Esenin y, sobre
todo, Vladímir Mayakovski, "que persiguen una literatura directa,
franca y seria". Algún tiempo después, alerta con respecto a la
literatura decididamente reaccionaria que se gesta en Europa
occidental en contra del proceso revolucionario ruso y de la que
también se mantiene al tanto: "¡Triste literatura de despechados,
visionarios, obsesos y adoradores del látigo! Literatura que
causaría nuestra risa, si no nos revelara un estado de espíritu
peligrosísimo, si no nos mostrara lo que sería Rusia, si algún día
los refugiados que andan por el mundo regresaran a sus
tierras y crearan un poder fomentado por su intransigencia y su
odio".
León
Tolstoi, autor de La guerra y la paz.
Más adelante, la presencia de los autores rusos en crónicas,
ensayos y conferencias resulta sorprendente. Es especialmente
valiosa su penetración de la obra del autor de Crimen y castigo
en el que, a contrapelo de toda una buena parte de la crítica, ve un
"anhelo de ascensión hacia algo distinto, algo mejor, hacia un aire
más respirable". El mayor elogio con relación a León Tolstoi, lo
leemos en un artículo donde declara de forma lapidaria: "No es que
falten buenas novelas en el siglo XIX; pero a muy pocas cuadra el
título de ‘gran novela’, cuando se ha mencionado La guerra y la
paz". Para el centenario de Gógol, Carpentier propone, con una
notable penetración, la relación que puede establecerse entre el
desarrollo de la literatura rusa en el siglo XIX y la literatura
latinoamericana: "Allá como acá había toda una tradición que no
estaba fijada y necesitaba de hombres que nombraran las cosas para
que las cosas fueran —y, por ende se universalizaran. Allá, como
acá, hubo que esperar muy largo tiempo para que la creación
literaria eligiera caminos propios —y no siempre propios— y se fuera
estructurando de manera continuada y coherente. De ahí que El
cosaco de Gógol viene a ocupar un lugar paralelo, dentro de la
literatura rusa, al que ocupan, en las nuestras, novelas como La
vorágine o Don Segundo Sombra. Literatura adánica, de
visión primera, con función de nombrar y definir".
En su forma latente, la comprensión de la lección que brindaron
los grandes autores rusos del siglo XIX —fenómeno que se aprecia en
prácticamente toda la literatura europea de la primera mitad del
siglo XX, con sus consabidas repercusiones en América— está presente
también en el autor de Los pasos perdidos. El polimorfismo
—si conservamos el término acuñado por el escritor francés Paul
Claudel— esto es, las súbitas e inesperadas transformaciones de los
personajes centrales de Dostoievski, que heredará André Gide, y que
es muy estudiado y apreciado por Carpentier también en muchas de sus
crónicas, es una constante en algunas de las criaturas
carpenterianas: pensemos en el músico-narrador de Los pasos
perdidos o en Vera, la protagonista de La consagración de la
primavera. Parafraseando las palabras de Claudel al referirse al
novelista ruso, se puede afirmar que lo imprevisible, lo desconocido
de la naturaleza humana, es también uno de los aspectos que confiere
el mayor interés al desarrollo de muchos de los personajes de Alejo.
Por otra parte, es conocida la relación que el lector puede
establecer entre La guerra y la paz, cuya lectura Carpentier
siempre recomendaba a los jóvenes escritores cubanos y El siglo
de las luces. Novelas totalmente diferentes en innumerables
aspectos, pero inspiradas ambas por un aliento épico que las
hermana, como hermanas, o al menos parientes no muy lejanas son la
rusa Natacha Rostova en medio del huracán provocado por la invasión
de Napoleón a Rusia y Sofía, que se impone "hacer algo" en medio del
furor universal del devastador levantamiento contra la dominación
napoleónica en la capital española.
Por último, una curiosa anécdota, intrascendente solo en
apariencia, refleja otro tipo de convergencia entre uno de los
autores rusos antes señalados y nuestro novelista. Recién llegado a
Francia, Carpentier escribe a su madre, la querida Toutouche, una
carta en la que narra el éxito inmediato que ha alcanzado en los
medios intelectuales parisinos; podemos imaginar entonces a Lina,
llena de un legítimo orgullo materno, mostrándole la carta al amigo
Emilio Roig de Leuchsenring, director literario de la revista
Social, quien de inmediato sin modificar mucho lo que ha leído en
esa carta, redacta unas notas en las que se lee textualmente: "Desde
los primeros días de su llegada, puede afirmarse que nuestro
Carpentier conquistó París", luego de lo cual pasa a enumerar a no
menos de una docena de personalidades que han hecho de Alejo uno de
los suyos. Al recibir el número de la revista, Alejo se enfurece y
le escribe una severa carta a su madre, acusándola de haberlo puesto
en ridículo a causa de su indiscreción. Al parecer en ese momento la
conquista era solo un sueño que, como sabemos, no está de más
decirlo, fue luego superado con creces. Muchos años después, el
propio Carpentier, comentando la reciente traducción de varias obras
de Gógol, que no vacila en calificar de "¼
uno de los clásicos más auténticos de las letras rusas¼
", comenta refiriéndose a dicho autor: "Un día escribe a su madre
que la Emperatriz en persona le ha rogado que acepte una cátedra de
Historia¼ ¡Mero embuste! Lo que ocurre es
que Gógol está soñando¼ ". Curiosa
coincidencia. |