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Cuando tembló la tierra haitiana
Haití: el infierno de este mundo (XIII)
LETICIA MARTÍNEZ
HERNÁNDEZ y JUVENAL BALÁN (Fotos), Enviados especiales
Munrique empina papalotes. En este campo hay buen aire y bastante
espacio para correr. Solo mira hacia arriba, poco le importan las
estacas que aseguran su "nueva casa" y pueden provocarle un gran
traspié. Pareciera que este niño va olvidando las sacudidas que lo
dejaron sin hogar. Cuando se cansa, comparte con otros amigos los
trazos de un dibujo, son flores lo que elige pintar. La paz que sale
del papel habla de la tranquilidad de su alma, sosiego que le ha
traído la Patria de Bolívar.
Cadena
humana de haitianos para llevar los alimentos a las carpas.
Munrique es uno de los 191 niños que viven en el campamento que
ha levantado la venezolana Fuerza de Tarea Conjunta Haití, en la
localidad de Leoganne. Allí viven casi 1 000 haitianos, alejados del
caos del infierno de este mundo. Y aunque tampoco está allí el
paraíso, todos duermen bajo un techo, pueden dar a sus hijos un
bocado antes de dormir, tienen buena agua y un sitio para hacer sus
necesidades fisiológicas. Hay tranquilidad, de ello se encargan los
desplazados, que ya tienen aquí un hogar.
Jugar
fútbol en el campamento parece una buena manera de olvidar la
tragedia.
Aunar a tantas personas sufridas en un mismo lugar se me antojaba
como sumar más leñas al fuego. Pero las imágenes de ayer hicieron
cerrar mi incrédula boca. Allí vi cómo una madre regañaba a su
pequeña por arrojar basura fuera de la casa de campaña; cómo
reprendían a un hombre que intentaba acaparar los refrescos
destinados a los más chicos; y cómo varios haitianos hacían una
cadena para trasladar la comida que era guardada en una de las
carpas, mientras otros miraban el trasiego sin exasperarse: el
pescado, el aceite, la leche, el azúcar y el arroz que llegaban
serían repartidos con seguridad y según el tamaño de cada familia.
En
el campamento también cuentan con servicio de agua.
Este miércoles comenzaba el día con una reunión del comité de la
comunidad, todos haitianos. Organizar tareas, definir prioridades y
determinar cuáles son las mayores carencias, ocuparon a los líderes
del campamento en las primeras horas. Un cartón que cuelga de sus
pechos los identifica como jefes, son ellos los encargados de
distribuir la comida, cuidar el lugar, velar por que se mantenga la
paz... No es raro entonces que Michel, líder mayor, salga en la
tarde a anunciar con su megáfono que comenzarán a repartir
alimentos. Entonces decenas de personas salen.
Jóvenes haitianos levantan el campamento Simón Bolívar.
Allí volví a ver a Munrique con su mamá. Para el pequeño era la
hora de dejar el juego y ayudar a cargar la comida. Ellos, como los
demás, traían un ticket. Cuando llenaron sus bolsas, una marca en el
papel confirmó la extracción del alimento. Munrique volvía a su casa
de campaña con la cuota de su familia, mañana tendrá tiempo otra vez
para empinar su papalote.
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