El último lunes llegó a los congresistas un abultado volumen con
las especificaciones del presupuesto para el próximo año fiscal de
la administración Obama. Howard Zinn no llegó a saberlo. Murió pocos
días antes. Pero no fue difícil suponer cuál hubiera sido la
reacción del recién desaparecido intelectual norteamericano. De una
parte apreciaría, aunque sin demasiado entusiasmo, las propuestas
para generar nuevos empleos en pequeñas y medianas empresas. De
otra, ante la persistencia de pantagruélicas cifras para gastos
militares y de inteligencia, verificaría lo que desde hace un año
venía anticipando: que el nuevo Presidente solo lo era en términos
de recambio para que el establishment permaneciera
inalterable.
Bastaba
observar y conversar unas horas con Zinn, como lo hicimos hace pocos
años en La Habana, para darnos cuenta de la coherencia entre obra y
actos. Poseía sólidos argumentos éticos y contaba con los
conocimientos necesarios para defender la idea de unos Estados
Unidos diferentes a los que se presentaban ante los ojos del mundo y
de los propios norteamericanos: arrogantes, avasalladores,
hegemónicos. Su palabra, como su escritura, no era apocalíptica ni
panfletaria, sino apasionadamente lúcida y reflexiva. Creía que
Estados Unidos podía ser un gran país, cuando dejara atrás la
megalomanía del mal sueño americano.
Con esa convicción escribió La otra historia de Estados Unidos.
Nada que ver con los mitos del nacimiento de una nación. En sus
páginas respiran los pobladores aborígenes exterminados y luego
constreñidos a las reservas, los horrores de la esclavitud, la
proletarización de las grandes ciudades, los desertores de la
conquista de los territorios mexicanos, las batallas de las
feministas, el clamor de las ideas pacifistas ante los conflictos
bélicos globales de la primera mitad del siglo XX, la
insubordinación civil en los años de la agresión a Vietnam y la
rebelión de las cárceles.
Y para ser consecuente con esa mirada de la historia se hizo
presente, modesta pero decididamente, en varios frentes cívicos.
Participó en manifestaciones contra el racismo, apoyó a los que se
negaron a servir como carne de cañón en Indochina y tuvo una
intervención destacada en la campaña que en pleno auge del
reaganismo se opuso al reclutamiento de talentos universitarios para
la CIA.
Más allá de su país defendió la soberanía de otros pueblos, como
lo hizo con el nuestro para promover la necesidad de poner fin al
bloqueo y pronunciarse por la libertad de los Cinco luchadores
antiterroristas injustamente condenados en EE.UU.
Tras la caída del muro de Berlín, mientras el imperio proclamaba
el fin de la Historia y el triunfo del pensamiento único, nadó
contracorriente, al reivindicar la validez de las ideas marxistas.
Para que su mensaje trascendiera los marcos de la academia, apeló a
un recurso expresivo que dominaba: la literatura dramática. Escribió
Marx en el Soho, pieza representada en diversos espacios de
Estados Unidos y el mundo. Entre nosotros fue memorable la
interpretación del actor Michaelis Cue, que mereció el elogio del
propio autor. En ese viaje a La Habana explicó los motivos que lo
indujeron a acometer esa empresa: "Traté de decirle al público
estadounidense: Marx no está muerto y lo voy a probar, trayéndolo de
regreso a un escenario. Desde allí le enseñaría al público
estadounidense lo que realmente era el marxismo. Él mismo, Marx, le
explicaría la diferencia entre estalinismo y marxismo. Le recordaría
al público en qué consiste la crítica marxista al capitalismo.
Demostraría que esas ideas tienen que ver mucho con los EE.UU. de la
actualidad. En otras palabras, que la crítica marxista al
capitalismo todavía es exacta y actual".
Las aventuras bélicas en Afganistán e Iraq originaron en él un
profundo pensamiento de repulsa: "Si una acción inevitablemente
matará a personas inocentes, es tan inmoral como un atentado
deliberado contra civiles. (¼ ) Si
reaccionar por medio de la guerra contra los atentados terroristas
es indefectiblemente inmoral, entonces debemos buscar otros medios
que no sean la guerra para acabar con el terrorismo, incluyendo el
terrorismo de la guerra. Y si la represalia militar por el
terrorismo no solo es inmoral, sino también inútil, entonces los
dirigentes políticos, por más fríos que sean sus cálculos, tendrían
que reconsiderar sus políticas".
Es casi seguro que estas frases las haya desconocido George W.
Bush, célebre, entre tantas cosas, por su divorcio con la lectura.
Pero no estaría mal que alguien se las recordara a Obama y a los
halcones que lo rodean en el Pentágono, Langley y los cuarteles del
Departamento de Seguridad de la Patria. Sabrían entonces que el
pensamiento de norteamericanos como Howard Zinn no solo es
necesario, sino imprescindible, para que Estados Unidos se salve de
sí mismo.