.— Luego de tres
semanas del terremoto que devastó esta capital y otras ciudades del
país, el gobierno haitiano continúa atado de pies y manos para
ordenar la caótica ayuda internacional.
Como salpicaduras, las cargas son despachadas en calles y
edificaciones, más a tono con la voluntad de las Organizaciones No
Gubernamentales que las acarrean, que con los cálculos de
necesidades del Ejecutivo haitiano y grupos de la sociedad civil.
Una vez más, el primer ministro, Jean Max Bellerrive, dio la
alarma sobre el caos y expresó la frustración del gobierno de René
Preval, al sentirse incapaz de poner en orden el concepto de piñata
que sigue presente en la distribución de los alimentos y otros
bienes destinados a los damnificados.
Esta es la cuestión más sensible de la crisis en este momento,
que conlleva a la desilusión de la población y también a la
frustración del Gobierno, indicó este martes Bellerrive.
Según la oficina humanitaria de Naciones Unidas, un grupo armado
llegó incluso a atacar una caravana de comida proveniente del
aeropuerto Jeremie, ubicado al suroeste del país.
Fuerzas de la Misión de Estabilización de la ONU en Haití (MINUSTAH)
realizaron disparos al aire y de acuerdo con el parte, no hubo
heridos.
Una simple mirada a parques y plazas convertidos en insalubres
asentamientos humanos luego del sismo, permite observar la anarquía
que continúa reinando en la organización del apoyo internacional.
Aún cuando la política gubernamental es trasladar a las personas
concentradas en esas áreas hacia las afueras de la urbe, ciertas
fundaciones decidieron facilitar casas de campaña a las familias ahí
reunidas, tal vez con el ánimo de paliar sus pésimas condiciones de
vida.
Sin embargo, este mejoramiento podría viabilizarse a tono con la
estrategia del Ejecutivo, de crear campamentos más de allá de Puerto
Príncipe, tal como ha hecho la Fuerza de Tarea Haití.
Esta, por mandato del presidente venezolano, Hugo Chávez, y con
el apoyo de otros países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos
de Nuestra América (ALBA), erigió una nueva comunidad en Leoganne.
Ese asentamiento, concebido como un proyecto social, que incluye
una infraestructura para la alimentación, salud, educación,
recreación y otras condiciones de vida, entre ellas las higiénicas,
es el primero de otros que se erigirán por el ALBA fuera de la
capital.
Aunque las señales de recuperación no desaparecen, adquieren paso
de tortuga, con altas y bajas, entre ellas la recogida de basura y
escombros, la entrega de agua y el expendio de combustible.
Si bien en algunos de los asentamientos ubicados en las partes
más altas de la urbe hay mejoría en estos servicios, en otros
enclavados en las zonas bajas vuelven a sobresalir las montañas de
desechos y el desespero por la ayuda que no llega.
Cientos de personas que tienen familiares en el exterior y
carecen de teléfonos hacen filas frente a las empresas que
viabilizan llamadas allende los mares, para intentar comunicarse con
sus parientes y solicitarle algún incentivo para sus exprimidos
bolsillos.
Otros cientos retornan cada mañana a los bancos, ansiosos por
saber si llegó la esperada remesa, y en muchos casos retornan
desilusionados a sus casas o improvisadas tiendas de campaña sin
tener una idea de cómo hacer frente al porvenir.
En las calles de Haití continua la lucha por la vida. La emisora
Radio Señal hace llamados para hacer frente a los especuladores,
quienes multiplican los precios de numerosas mercancías.
Incluso, no es extraño encontrar en las llamadas Marché (mercados
informales) sacos de arroz que llegaron en cargas humanitarias por
el sismo, y son vendidos al detal.
En medio de la anarquía existente, el gobierno de Preval anunció
algunos pasos, entre ellos la formación de un Ejecutivo de crisis,
en el cual serán redefinidas las misiones de los ministros o se
creará un comité nacional orientado a la emergencia.