El estruendo fue tal que sobrepasó las voces de la intransigencia
y la intolerancia en una ciudad que responde más al patrón de una
república bananera que a un civilizado coto del Primer Mundo. Unas
200 personas —los mismos que aplauden las acciones terroristas
contra su país de origen, trituraron los discos del colombiano
Juanes en meses pasados o contribuyeron en el cruce de milenios al
fraude electoral que aupó a Bush Jr. a la presidencia— se
desgañitaron profiriendo insultos a los integrantes de la orquesta
cubana y ofendieron a los que se animaron a disfrutar de la velada
festiva.
Otra cosa no se podía esperar de esos grupúsculos cuando uno de
sus mentores, el congresista Lincoln Díaz-Balart, en vísperas del
concierto, arremetió contra la anunciada presencia de la banda en el
sur de la Florida y pidió a la Casa Blanca prohibir la entrada a
Estados Unidos de los músicos cubanos.
Otro sujeto, tan apreciable músico como contumaz proanexionista,
sugirió desde El Nuevo Herald reeditar la quema de tanques de
desperdicios con que alguna vez, en plena guerra fría, se trató de
boicotear una función del ballet Bolshoi en Nueva York. No obstante
podríamos estar de acuerdo con una parte de su diatriba cuando se
lamentó de que una acción semejante sería vista como el gesto de
"una banda de trogloditas de extrema derecha a favor de la censura".
Días antes, al inaugurar esta etapa de la gira por Estados Unidos
en Cayo Hueso, un cubano residente allí escribió: "Una noche
rara, inolvidable: celebramos el nacimiento del Apóstol José Martí
cerca de las calles que él recorrió en Cayo Hueso para organizar la
Revolución. No sé si pueden imaginar la emoción. Martí y Los Van
Van, la alegría de Cuba y el Héroe de todos los cubanos en una misma
plaza. Por primera vez se respiró el verdadero aire de Cuba en estos
predios. Gracias, Los Van Van, por todos nosotros los cubanos que
vivimos en la Florida, amamos a Cuba y a Martí, y no tenemos nada
que ver con los Lincoln Díaz-Balart que odian a Formell y a su
magnífica orquesta por el placer de odiar o porque viven del negocio
de maldecir la Isla donde nacieron y en realidad no conocen. No
todos somos Díaz-Balart, y la alegría de esta noche lo confirma".