Como
cada enero, desde hace treinta años, el teatro cubano celebra su día
con la entrega del Premio Nacional y un acto en recordación a los
sucesos del Teatro Villanueva aquel 22 de enero de 1869 cuando el
auditorio se alzó contra el coloniaje español mientras se
representaba la obra Perro huevero aunque le quemen el hocico,
de Juan Francisco Valerio. En esta ocasión el lugar escogido para el
homenaje fue el teatro Hubert de Blanck y el premio para una de
nuestras figuras más importantes, Armando Suárez del Villar.
Más de una veintena de artistas, entre los que se encontraban
Hilda Oates, Tony Díaz, Luisa María Jiménez y Gerardo Fulleda,
rindieron tributo a Suárez del Villar en la gala artística que, a
cargo del actor Osvaldo Doimeadiós, también contó con la lectura del
acta del jurado del premio, presidido por José Millián.
Suárez, con una reconocida trayectoria como director teatral,
asesor literario y director de ópera, ha legado a las tablas
nacionales innumerables puestas en escena del teatro clásico cubano.
Merecedor de varios premios y distinciones, faltaba en la carrera de
este hombre locuaz y modesto, maestro de tantas generaciones, el
premio como merecido reconocimiento a su intensa labor y dedicación
como teatrista y académico.
En el homenaje, donde estuvieron presentes Abel Prieto, miembro
del Buró político y ministro de Cultura; Miguel Barnet, presidente
de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); Julián
González, presidente del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, y
Carlos Padrón, presidente de la Asociación de Artistas Escénicos de
la UNEAC, se dieron a conocer además los resultados del ciclo de
concursos de la Casa Editorial Tablas Alarcos.
En este sentido, el Premio de Dramaturgia Virgilio Piñera 2010
—presidido por el escritor Antón Arrufat— fue para las obras
Museo, de Lilianne Lugo, y Ayer dejé de matarme, de
Rogelio Orizondo. Mientras, los premios de Dramaturgia para niños y
de títeres Dora Alonso y de Teatrología Rine Leal recayeron en Un
mar de flores, de Norge Espinosa; y en Ritualidad y artes
escénicas. Delimitaciones conceptuales y espacios de
interacción, de Pedro Morales López, y Mito, verdad y retablo:
el Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, del propio
Espinosa y Rubén Darío Salazar, respectivamente.
El año que abrió, en la capital, con obras de seis autores
nacionales de diferentes generaciones y la presentación de dos
textos dramáticos, Teatro escogido, de Nicolás Dorr y
Festín de los patíbulos, de Abel González Melo, perfila
prometedor para observar, indagar y disfrutar los caminos de la
escena cubana que, aunque siempre sorteando barreras y venciendo
obstáculos, se enriquece con la labor de todos aquellos que apuestan
por el teatro como arte genuino de nuestra identidad.