Un
día de julio, Rodión Romanovich Raskólnikov, estudiante venido a
menos, asesina en San Petersburgo a Alona Ivánovna, una vieja
usurera que medra con el dolor y las necesidades del prójimo.
A partir de ese momento se desencadena una pugna interior en el
joven, un debate entre la redención y la culpa, entre el nihilismo
de su conducta y el infierno que lo devora.
Para muchos Crimen y castigo (1866) es la obra maestra de
Fiodor Dostoievski (1821–1881). Otros consideran, quizás con mayor
equilibrio valorativo, que a la hora de ponderar el legado del gran
novelista ruso habría que poner a la par obras como Memorias del
subsuelo (1864), El jugador (1866), El idiota
(1869) Los endemoniados (1872) y Los hermanos Karamazov
(1880).
El crítico George Steiner caracterizó a Dostoievski como un
"metafísico de los extremos". La notable novelista británica
Virginia Woolf afirmó que "entre todos los grandes escritores no hay
uno solo que sea tan sorprendente, tan desconcertante", y dijo que
habría mucho que aprender de su capacidad para transmitir "esos
maleables y complejos estados del ánimo" y "conducirnos hacia ese
laberinto del alma a través del cual avanzamos a tientas".
Suele situarse a Crimen y castigo como un texto inaugural
del realismo psicológico. También se le ha encumbrado como precursor
de una literatura que explora la filosofía de la existencia, y en
tal sentido se trenzan coordenadas para arrimar a Dostoievski tanto
a las brasas del pensamiento de Nietzsche como al terreno por el que
después transitaron Camus y Sartre.
Pero también se respira a lo largo de esta novela, cuya
progresión dramática, sin lugar a dudas, marcó un hito en el
desarrollo de los recursos constructivos del género, la atmósfera de
una ciudad y un país en el que la condición humana se hallaba
atribulada por una sociedad en crisis.
Solo que la fibra artística de Dostoievski —y en esto fue un
adelantado— le hizo rehuir de la tendencia sociológica que
terminaría por limitar la escuela realista rusa, y que mucho
después, pondría un corset a una parte considerable de la literatura
soviética. La fusión orgánica entre la subjetividad del personaje y
la objetividad del entorno figura entre los grandes méritos
literarios de Dostoievski. A guisa de ejemplo vale la pena
reproducir el siguiente párrafo del capítulo inicial:
"El calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la
visión de los andamios, de la cal, de los ladrillos esparcidos por
todas partes, y ese hedor especial tan conocido por los
petersburgueses que no disponen de medios para alquilar una casa en
el campo, todo esto aumentaba la tensión de los nervios, ya bastante
excitados, del joven. El insoportable olor de las tabernas,
abundantísimas en aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se
tropezaban a pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y
horrible cuadro. Una expresión de amargo disgusto pasó por las finas
facciones del joven. Era, dicho sea de paso, extraordinariamente
bien parecido, de una talla que rebasaba la media, delgado y bien
formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos oscuros.
Pronto cayó en un profundo desvarío, o, mejor, en una especie de
embotamiento, y prosiguió su camino sin ver o, más exactamente, sin
querer ver nada de lo que le rodeaba".
Si Alexei Remízov escribió "Dostoievski es Rusia, no hay Rusia
sin Dostoievski", también pudiera decirse que sin él notables y
diversos autores, como el alemán Thomas Mann, el norteamericano
William Faulkner, el japonés Yushio Mishima y el argentino Ernesto
Sábato, no hubieran sido los mismos.