La cultura agroecológica de los cafetaleros de la provincia de
Villa Clara les permite aprovechar al máximo las cosechas, incluidos
los residuos, fuente de nutrientes para el suelo con probada
eficiencia.
En el lomerío las industrias procesadoras del café emplean la
cáscara del grano como combustible, lo que garantiza que el aroma no
varíe y por tanto los parámetros de calidad sean altos.
En fecha tan temprana como el dos de junio de 1882, en su prédica
a favor de la naturaleza, José Martí se refirió al aprovechamiento
total de la cosecha de café.
En esa ocasión, el más universal de los cubanos reflejó en la
Sección Constante, de La Opinión Nacional, Caracas, "No debemos
desperdiciar el consejo. Los residuos de café son un excelente abono
para jardines y huertas".
Del acertado criterio dan fe los cafetaleros, y al respecto Side
Peña, jefe de producción de la Planta de Beneficio de Jibacoa,
comentó a la AIN que cuando las semillas terminan de secarse pierden
la corteza, fina capa que las recubre, y se usan en los hornos como
combustible.
Esta acción permite un ahorro sustancial porque no se emplea ni
una gota de diesel, añadió.
La pulpa de las cerezas sin degradar es altamente tóxica para el
medio ambiente, no obstante cuando se descompone constituye un
excelente abono orgánico, explicó el especialista.
En esta industria una vez separada la masa la vierten en una
laguna de oxidación hasta su fermentación total, luego se
extrae el material orgánico obtenido que puede emplearse en
cualquier tipo de cultivo, añadió Peña.
Manuel González, cafetalero de experiencia en estas prácticas
naturales, aseguró a la AIN que con el uso sostenido del compost
obtenido de la pulpa del café le ha retribuido la fertilidad a su
tierra en más de un 20 por ciento.
La premisa martiana puede considerarse como precursora de las
prácticas ambientalistas que en el siglo XXI ejecutan los
cultivadores cubanos, para alcanzar una agricultura sostenible en
armonía con el medio ambiente.