La aparición de los cohetes estratégicos intercontinentales en la
Unión Soviética y Estados Unidos definieron el período de la guerra
fría, aunque la inseguridad global se mantiene en el orbe y amenazan
otras armas.
La idea de construir misiles o aviones-bombas, como se les llamó
a los primeros cohetes alados, surgió en la misma década de 1930.
En 1931, se creó en Moscú el Grupo de Investigaciones del
Movimiento Coheteril, primero de su tipo en la Unión Soviética y
probablemente en el mundo. Hasta ese momento, se empleaba el término
aparato reactivo en lugar de cohete.
Antes de la II Guerra Mundial no existía la industrial coheteril,
la cual requiere de la cooperación de cientos de empresas de las más
diversas ramas, por lo cual fue necesario formar una comisión
adjunta al Consejo de Ministros de la URSS.
El 16 de marzo de 1946 se creó el supersecreto Instituto 88 de
Investigaciones Científicas del Ministerio de Defensa, para
convertirse así en el primer establecimiento en territorio soviético
dedicado a la fabricación en serie de técnica de misiles.
Dos años antes, en plena Gran Guerra Patria, la URSS tuvo acceso
a planos del proyecto del ejército fascista alemán FAU-2.
Para entonces, el Ejército Rojo contaba con los complejos M-13DD,
conocidos como Katiuska, con un alcance de 11,8 kilómetros, mientras
los FAU-2 podían trasladarse a una distancia de 300 kilómetros.
Sobre la base de ese misil perspectivo germano, un grupo
multidisciplinario de científicos soviéticos iniciaron en 1945 las
investigaciones para desarrollar cohetes de largo alcance.
Para octubre de 1947, estuvo a punto el llamado Proyecto T y el
18 de ese mes se realizó el primer lanzamiento de un cohete de largo
alcance soviético. El proyectil voló 206,7 kilómetros y cayó a 30
kilómetros del objetivo, pero lo importante fue el vuelo.
Luego surgió el proyecto N, creado por el buró de construcción,
dirigido por Serguei Kavaliov, que recorrió 274 kilómetros a una
altura de 86.
Con ello, se formó el primer contingente militar encargado del
lanzamiento de los misiles, formado sobre la base de una compañía de
morteros del regimiento de reserva del Estado Mayor y que se llamó
Brigada de Destino Especial.
Después, el grupo de Kavaliov creó el R-1 con un alcance de 270
kilómetros- que el 10 de octubre de 1948 fue lanzado desde el
polígono de Kapustin Yar y un mes más tarde ya formaba parte de la
guardia combativa del país.
Kavaliov se propuso luego duplicar el alcance de los misiles y
con ello surgió el R-2, capaz de llegar a 600 kilómetros.
El tercer modelo de ese tipo alcanzó los seis mil kilómetros y
allanó el camino para que en 1954 apareciera oficialmente el primer
cohete intercontinental soviético, poco después del modelo
estadounidense Titan-1.
Con el R-7 se superó la barrera de los ocho mil kilómetros,
aunque los acuerdos internacionales definieron luego que la
categoría de intercontinental se concede a los misiles de más de
cinco mil 500 kilómetros.
El surgimiento de la bomba atómica abrió la carrera por buscar
portadores más efectivos, primero en la aviación y luego con los
misiles en tierra, para completar la triada estratégica con los
submarinos. La Unión Soviética desarrolló más los terrestres.
Con la llegada de los misiles intercontinentales y la capacidad
de Moscú y Washington para asestarse mutuamente golpes demoledores a
sus principales defensas y ciudades, se estableció una paridad que
reforzó la guerra fría y la permanente tensión entre ambas
superpotencias.
Estados Unidos y la Unión Soviética reforzaron y ampliaron sus
potencialidades estratégicas hasta que en 1972 firmaron el Acuerdo
de limitación de empleo de misiles (ABM), acompañado por mecanismos
de control adjuntos.
La aparición de cohetes balísticos intercontinentales demostró la
vulnerabilidad de sus principales propietarios y creó la teoría de
la paridad nuclear que rige hasta nuestros días, cuando nuevos tipos
de armas convencionales ponen en duda la seguridad mundial.
El bombardeo por la Organización del Tratado del Atlántico Norte
(OTAN) contra Yugoslavia, en 1999; el ataque norteamericano contra
Afganistán, en 2001; y la invasión británico-estadounidense contra
Iraq, en 2003, muestran la vulnerabilidad del derecho internacional.
La existencia de armas convencionales de gran poder destructivo
deja cada vez más a un lado la posibilidad de una factible paridad,
al menos, el mundo parece olvidar ahora qué es seguridad global.