Como estas, muchas otras revelaciones, emanadas desde el más
espontáneo intercambio de criterios, puntos de vista y recíprocas
confesiones que sostuvieran Alejo Carpentier y José Antonio
Fernández de Castro, debemos a la esmerada labor desempeñada por
Sergio Chaple, estudioso de la obra carpenteriana, a quien
agradecemos la compilación y el estudio introductorio del
Epistolario Carpentier-Fernández de Castro, que acaba de
publicar Ediciones Unión.
La lectura de esta breve pero consistente correspondencia
concebida por ambos escritores, miembros del famoso Grupo Minorista,
figuras cimeras del vanguardismo en la literatura cubana a quienes
unió una larga y fecunda amistad, es como asistir a una verdadera
develación del joven Carpentier de aquellos años —1928-1936— en que
vive su etapa parisina.
Declaraciones de gran utilidad para esclarecer aspectos
esenciales de las concepciones ideológicas y de la vida y obra de
este extraordinario escritor, afloran desde las páginas del
epistolario que sostienen estos dos jóvenes intelectuales también
engarzados por su pensamiento revolucionario y por el credo
estético-social que los llevaría a compartir la cárcel habanera de
Prado 1 en 1927, suceso que reflejaría después Carpentier en su
primera novela, ¡Ecué-Yamba-O!
La valoración de su propia obra permite acceder a un documento
vivo con toda la garantía del protagonista, quien nos pone al tanto
de aspectos biográficos que serán reflejados más tarde en La
consagración de la primavera, por medio de Enrique, su personaje
principal.
El intercambio esclarece datos importantes, que no habían podido
confirmarse hasta el momento, sobre determinadas incógnitas
biográficas del creador de la teoría de Lo real maravilloso, acerca
de su nacimiento, los estudios universitarios realizados, múltiples
referencias de su vida en Francia por entonces y su evolución
ideo-estética.
La propia espontaneidad del género epistolar, sobre todo cuando
las misivas responden a contextos informales —como en este caso— nos
permite percibir, al adentrarnos en el libro, a un Carpentier
desmitificado, con un marcado sentido del humor, extrovertido entre
notas picantes y visiones de sí mismo sobre sus potencialidades
creadoras como intelectual.
Con diseño de cubierta de José Luis Fariñas, desde su portada el
libro sugiere el pacto confabulador de los jóvenes a quienes las
dotes comunes de artistas y revolucionarios unirán con lazos firmes,
lo cual se concreta en la imagen de un pergamino al que sendas manos
incorporan sus iniciales que tienen en común la C de Castro y
Carpentier.
Este nuevo obsequio que recibe la cultura nacional deberá ser un
estímulo para continuar profundizando en las investigaciones sobre
este notable autor que con tanto acierto ha contribuido a catapultar
nuestras letras a la literatura universal y con cuya biografía aún
no puede contarse.
El extraordinario valor de la obra estriba en su contribución a
armar al verdadero Carpentier, natural y desenvuelto, visto como al
trasluz, desde un epistolario que guardó silencio durante muchos
años y hoy se nos entrega para ofrecernos esos matices de alguien de
quien deben conocerse, según Juan Marinello, "las anotaciones que
dejó hablando consigo mismo o con sus amigos más cercanos porque ahí
duermen con un solo ojo los latidos recónditos que empujan a la
meditación y al poema".