fue realizado en el
año 2004 por el surafricano Ian Gabriel basándose en algunos hechos
reales que tuvieron lugar en su país, una vez descabezado el régimen
del apartheid y luego de decretarse una amnistía que llamaba al
borrón y cuenta nueva, al enterramiento del odio en aras de ir a la
reconstrucción de la nación.
Habría que recordar que la violencia política y el terror
estuvieron directamente unidos al régimen de segregación que durante
muchos años se mantuvo en el poder en Suráfrica, hasta abril de
1994. A partir de esta fecha, y tras una larga lucha del pueblo, se
reconoció de manera oficial que las llamadas fuerzas del orden, la
policía y el ejército, habían desempeñado un nefasto papel
(asesinatos y torturas, extorsiones y abusos de todo tipo) en la
represión del movimiento en favor de la liberación del yugo racista
y de la democratización del país.
Perdonar o no perdonar, he ahí el quid de un dilema en el que no
faltará la convicción, por parte de algunos de los implicados en
este drama fílmico, de que la mejor manera de entrarle al asunto
sería aplicando el viejo dictamen de "ojo por ojo y diente por
diente"
Y por ahí enrumba el filme su conflicto: diez años después de
haber asesinado a sangre fría a un joven luchador y luego de mostrar
su arrepentimiento ante el Tribunal de amnistía y reconciliación, el
oficial de la policía Tertius Coetzee realiza un viaje para conocer
a la familia de su víctima y pedirle el perdón que necesita para
seguir viviendo.
En buena medida, el director Ian Gabriel trata de mostrar el
papel del perdón frente al odio y en la mitigación de la ira y el
dolor. También los beneficios físicos, mentales y espirituales que
pueden acompañar a ese perdón. Pero planteado así pudiera pensarse
que se trata de un filme de subrayada moralina y nada más lejos de
la verdad. El filme, con varios reconocimientos internacionales,
bien tejido en lo dramático y con actuaciones muy naturales, tiene
la facultad de tratar el dilema mediante una amplia gama de matices
y ello sin perder de vista la necesaria "capacidad cinematográfica"
de armar una trama atractiva a partir de componentes tales como el
suspenso, el hondo dramatismo, y el ocultamiento de "un misterio"
que solo se sabrá en los finales.
El surafricano Arnold Vosloo, conocido más por sus filmes
comerciales realizados en los Estados Unidos (La momia, El
regreso de la momia, Darkman y sus secuelas) había tejido
antes una importante carrera en el teatro, en especial con obras de
Shakespeare. De ahí quizá que su personaje, frágil y emotivo,
doloroso en su arrepentimiento, resulte tan convincente a la hora de
reflejar los tormentos de su mundo interior y de soportar las
lógicas incomprensiones por parte de una familia a la que ha
ocasionado un daño irreparable.
Por mucho que el espectador pretenda distanciarse, será difícil
no participar en esta convocatoria a convertirnos en juez que nos
hace Perdón. Y ello se debe en buena medida a la habilidad
del filme para abrir ante el espectador dos puertas valorativas tan
seductoras como a veces antagónicas: la de la razón y la de las
emociones.