Perdón

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Entre los siete filmes que conforman la muestra de cine surafricano que tendrá lugar en el Chaplin, del 18 al 23 de este mes, hay uno titulado Perdón que se destaca por su capacidad de vincular al espectador profundamente con lo que está viendo, al punto de que poco antes de llegar el desenlace sea muy posible que la luneta esté dividida emocionalmente.

Perdón, de Ian Gabriel, podrá ser vista en el Chaplin el jueves 21, a las 5:00 p.m., y el sábado 23, a las 8 p.m.

Perdón fue realizado en el año 2004 por el surafricano Ian Gabriel basándose en algunos hechos reales que tuvieron lugar en su país, una vez descabezado el régimen del apartheid y luego de decretarse una amnistía que llamaba al borrón y cuenta nueva, al enterramiento del odio en aras de ir a la reconstrucción de la nación.

Habría que recordar que la violencia política y el terror estuvieron directamente unidos al régimen de segregación que durante muchos años se mantuvo en el poder en Suráfrica, hasta abril de 1994. A partir de esta fecha, y tras una larga lucha del pueblo, se reconoció de manera oficial que las llamadas fuerzas del orden, la policía y el ejército, habían desempeñado un nefasto papel (asesinatos y torturas, extorsiones y abusos de todo tipo) en la represión del movimiento en favor de la liberación del yugo racista y de la democratización del país.

Perdonar o no perdonar, he ahí el quid de un dilema en el que no faltará la convicción, por parte de algunos de los implicados en este drama fílmico, de que la mejor manera de entrarle al asunto sería aplicando el viejo dictamen de "ojo por ojo y diente por diente"

Y por ahí enrumba el filme su conflicto: diez años después de haber asesinado a sangre fría a un joven luchador y luego de mostrar su arrepentimiento ante el Tribunal de amnistía y reconciliación, el oficial de la policía Tertius Coetzee realiza un viaje para conocer a la familia de su víctima y pedirle el perdón que necesita para seguir viviendo.

En buena medida, el director Ian Gabriel trata de mostrar el papel del perdón frente al odio y en la mitigación de la ira y el dolor. También los beneficios físicos, mentales y espirituales que pueden acompañar a ese perdón. Pero planteado así pudiera pensarse que se trata de un filme de subrayada moralina y nada más lejos de la verdad. El filme, con varios reconocimientos internacionales, bien tejido en lo dramático y con actuaciones muy naturales, tiene la facultad de tratar el dilema mediante una amplia gama de matices y ello sin perder de vista la necesaria "capacidad cinematográfica" de armar una trama atractiva a partir de componentes tales como el suspenso, el hondo dramatismo, y el ocultamiento de "un misterio" que solo se sabrá en los finales.

El surafricano Arnold Vosloo, conocido más por sus filmes comerciales realizados en los Estados Unidos (La momia, El regreso de la momia, Darkman y sus secuelas) había tejido antes una importante carrera en el teatro, en especial con obras de Shakespeare. De ahí quizá que su personaje, frágil y emotivo, doloroso en su arrepentimiento, resulte tan convincente a la hora de reflejar los tormentos de su mundo interior y de soportar las lógicas incomprensiones por parte de una familia a la que ha ocasionado un daño irreparable.

Por mucho que el espectador pretenda distanciarse, será difícil no participar en esta convocatoria a convertirnos en juez que nos hace Perdón. Y ello se debe en buena medida a la habilidad del filme para abrir ante el espectador dos puertas valorativas tan seductoras como a veces antagónicas: la de la razón y la de las emociones.

 

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