Relacionar vidas, sin embargo, no es un asunto fácil y el mejor
testimonio pudieran ser los millones de personas que en el mundo se
divorcian cada año... para volverse a matrimoniar (o juntar) en
cantidad abrumadora poco después, según cifras estadísticas. El tema
es uno de los más tratados desde que el primer hombre, o mujer, se
puso a pensar en la conveniencia de romper con su pareja bajo el
abarcador término de "incompatibilidad de caracteres". Amor,
comprensión, espiritualidad, vida sexual, erotismo, todo perdido
tras un portazo y luego a esperar, o a sustituir la frialdad del
lecho en un santiamén... siempre que se pudiera.
Allá en los años sesenta el tema saltó de manera ruidosa a planos
estelares cuando se pusieron de moda las muñecas de hule inflable
como un recurso para hacerle frente a la soledad. Alborotos,
desconciertos, bromas, lo recuerdo muy bien porque todos tenían algo
que decir acerca de aquellos objetos sexuales, fabricados en Japón y
en Alemania, y puestos en el mercado bajo una lista de supuestos
beneficios que estremecían el pudor de cualquier mujer: las muñecas
no peleaban, no comían, no opinaban, no gastaban en trapos y tenían
una vagina térmica siempre dispuesta a complacer.
Aquel último grito del mercado, que luego se iría perfeccionando
hasta tener hoy día una demanda millonaria, tenía sus antecedentes
en las primitivas dame de voyage, unas muñecas de tela cosida
que acompañaban a los marineros en sus largas travesías y que les
servían no precisamente para otear el horizonte.
A finales de los años 30 y principios de los cuarenta del siglo
pasado, los ejércitos de Alemania y Japón les dan el primer toque de
modernidad a las muñecas de viaje. En los informes de gastos de
guerra se deja constancia de las intenciones del presupuesto: dar
alivio sexual a hombres limitados en un ambiente totalmente
masculino, tal como sucedía con la tripulación de los submarinos. A
mediados de los años cincuenta, la muñeca Bild Lilli se comercializa
por primera vez en Alemania como objeto sexual para hombres. A
partir de ahí la industria competitiva se pone en función de "lo
último". Hay muñecas de menos de 500 dólares ––las más baratas–– y
muñecas de hasta 35 000 dólares. Las primeras son poco agraciadas,
están hechas de vinilo, pueden estallar en las costuras después de
un tiempo de uso y a la larga perjudican la salud por sus
componentes químicos. Eso sí, tienen una vagina artificial que según
los usuarios es lo que más tarda en deteriorarse.
Las Love Dolls caras se pueden obtener a partir de los 6
000 dólares. Se fabrican con siliconas y si alguien está enamorado
de una mujer que lo rechaza, la industria se la construye con la
misma cara y cuerpo de la ingrata. Sus coyunturas flexibles le
permiten adoptar diferentes posiciones durante el acto sexual y la
piel es muy semejante a la humana. Las principales casas productoras
se encuentran en Estados Unidos y Japón, mientras que Francia y
Hungría fabrican con látex pesado otras más baratas, que van de los
1 000 a los 2 000 dólares.
¿Por qué aumenta el número de personas que se refugian en este
tipo de juguete sexual y renuncian a la maravilla irrepetible de
salir a buscar, o al menos hacerle un guiño, a lo que en verdad les
hace falta? La interrogante mueve a un análisis demasiado largo para
estas páginas, en el que no pudieran faltar razonamientos vinculados
con el aislamiento de la vida moderna, el temor a relacionarse, a
contraer enfermedades, a ser rechazado, al interés de quitarse de
encima problemas domésticos, a vivir más para un falso "uno mismo"
(esa nariz larga del egoísmo), y menos para una vida espiritual y
física más plena, a convertir la relación entre dos (el otro sería
la muñeca, o el muñeco) en un mero asunto de placer mecánico en el
que solo cuenta el ejecutante.
Y la industria del sexo, disparada desde 1995 en lo concerniente
a las muñecas de compañía, crea, transforma y fabrica nuevos modelos
para un cliente en picada hacia el destierro de los sentimientos.
Cuando en junio del 2006, Henrik Christensen, de la European
Robotics Research Network dijo al Sunday Times, del Reino Unido, que
"la gente estará teniendo sexo con robots dentro de los próximos
cinco años", pensé que exageraba, o que la mercancía sería destinada
a un mundo futurista de tinieblas, donde nadie recordara lo que es
bueno de verdad. Hoy, sin embargo, me entero de que este último
sábado fue presentada en una exposición de productos para adultos
celebrada en Las Vegas el robot Roxxxy, una muñeca de tamaño
natural, inteligencia artificial y piel sintética y aunque no camina
la muñeca, posee órganos sexuales artificiales y un esqueleto
articulado que es posible mover como el de un ser humano.
Según dan cuenta los cables, Roxxxy tiene personalidad, escucha y
entiende. También habla, siente cuando uno la toca y duerme. En
opinión del ingeniero que la creó, Douglas Hines, se trató de
reproducir en ella las características de una personalidad humana.
Roxxxy estará disponible ––informa un cable–– en cinco
personalidades, entre ellas Wild Wendy, de carácter aventurero y
extrovertido; Frigid Farrah, reservada y tímida; Mature Martha,
maternal y S&M Susan, la dominadora. Los clientes pueden
personalizar su modelo de Roxxxy, eligiendo por Internet el color de
la piel, de los cabellos e incluso sus medidas. La empresa prevé
asimismo diseñar pronto un muñeco-robot. En Estados Unidos y Europa,
este juguete sexual de lujo costará entre 7 000 y 9 000 dólares,
según las opciones. ¡Adelantos de las ciencias románticas!, dirán
algunos entusiastas mirando por la ventana. ¡Qué triste!, dirán
otros, y entrarán a la habitación desde donde alguien los llama!