¡Qué triste!

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

La necesidad de vivir en pareja es uno de los grandes tinos de la creación del Universo, visto este lo mismo bajo un prisma científico que religioso. La soledad puede disfrutarse un tiempo corto, o largo, de acuerdo a los principios de vida que rijan en quien la enarbole, pero a la larga, para muchos, la falta del otro suele abrirles puertas al pesar y a su sombra devastadora, la melancolía.

Roxxxy, el robot femenino presentado en Las Vegas, último grito del erotismo en solitario que amenaza con dejar atrás las tradicionales “muñecas de compañía”.

Relacionar vidas, sin embargo, no es un asunto fácil y el mejor testimonio pudieran ser los millones de personas que en el mundo se divorcian cada año... para volverse a matrimoniar (o juntar) en cantidad abrumadora poco después, según cifras estadísticas. El tema es uno de los más tratados desde que el primer hombre, o mujer, se puso a pensar en la conveniencia de romper con su pareja bajo el abarcador término de "incompatibilidad de caracteres". Amor, comprensión, espiritualidad, vida sexual, erotismo, todo perdido tras un portazo y luego a esperar, o a sustituir la frialdad del lecho en un santiamén... siempre que se pudiera.

Allá en los años sesenta el tema saltó de manera ruidosa a planos estelares cuando se pusieron de moda las muñecas de hule inflable como un recurso para hacerle frente a la soledad. Alborotos, desconciertos, bromas, lo recuerdo muy bien porque todos tenían algo que decir acerca de aquellos objetos sexuales, fabricados en Japón y en Alemania, y puestos en el mercado bajo una lista de supuestos beneficios que estremecían el pudor de cualquier mujer: las muñecas no peleaban, no comían, no opinaban, no gastaban en trapos y tenían una vagina térmica siempre dispuesta a complacer.

Aquel último grito del mercado, que luego se iría perfeccionando hasta tener hoy día una demanda millonaria, tenía sus antecedentes en las primitivas dame de voyage, unas muñecas de tela cosida que acompañaban a los marineros en sus largas travesías y que les servían no precisamente para otear el horizonte.

A finales de los años 30 y principios de los cuarenta del siglo pasado, los ejércitos de Alemania y Japón les dan el primer toque de modernidad a las muñecas de viaje. En los informes de gastos de guerra se deja constancia de las intenciones del presupuesto: dar alivio sexual a hombres limitados en un ambiente totalmente masculino, tal como sucedía con la tripulación de los submarinos. A mediados de los años cincuenta, la muñeca Bild Lilli se comercializa por primera vez en Alemania como objeto sexual para hombres. A partir de ahí la industria competitiva se pone en función de "lo último". Hay muñecas de menos de 500 dólares ––las más baratas–– y muñecas de hasta 35 000 dólares. Las primeras son poco agraciadas, están hechas de vinilo, pueden estallar en las costuras después de un tiempo de uso y a la larga perjudican la salud por sus componentes químicos. Eso sí, tienen una vagina artificial que según los usuarios es lo que más tarda en deteriorarse.

Las Love Dolls caras se pueden obtener a partir de los 6 000 dólares. Se fabrican con siliconas y si alguien está enamorado de una mujer que lo rechaza, la industria se la construye con la misma cara y cuerpo de la ingrata. Sus coyunturas flexibles le permiten adoptar diferentes posiciones durante el acto sexual y la piel es muy semejante a la humana. Las principales casas productoras se encuentran en Estados Unidos y Japón, mientras que Francia y Hungría fabrican con látex pesado otras más baratas, que van de los 1 000 a los 2 000 dólares.

¿Por qué aumenta el número de personas que se refugian en este tipo de juguete sexual y renuncian a la maravilla irrepetible de salir a buscar, o al menos hacerle un guiño, a lo que en verdad les hace falta? La interrogante mueve a un análisis demasiado largo para estas páginas, en el que no pudieran faltar razonamientos vinculados con el aislamiento de la vida moderna, el temor a relacionarse, a contraer enfermedades, a ser rechazado, al interés de quitarse de encima problemas domésticos, a vivir más para un falso "uno mismo" (esa nariz larga del egoísmo), y menos para una vida espiritual y física más plena, a convertir la relación entre dos (el otro sería la muñeca, o el muñeco) en un mero asunto de placer mecánico en el que solo cuenta el ejecutante.

Y la industria del sexo, disparada desde 1995 en lo concerniente a las muñecas de compañía, crea, transforma y fabrica nuevos modelos para un cliente en picada hacia el destierro de los sentimientos.

Cuando en junio del 2006, Henrik Christensen, de la European Robotics Research Network dijo al Sunday Times, del Reino Unido, que "la gente estará teniendo sexo con robots dentro de los próximos cinco años", pensé que exageraba, o que la mercancía sería destinada a un mundo futurista de tinieblas, donde nadie recordara lo que es bueno de verdad. Hoy, sin embargo, me entero de que este último sábado fue presentada en una exposición de productos para adultos celebrada en Las Vegas el robot Roxxxy, una muñeca de tamaño natural, inteligencia artificial y piel sintética y aunque no camina la muñeca, posee órganos sexuales artificiales y un esqueleto articulado que es posible mover como el de un ser humano.

Según dan cuenta los cables, Roxxxy tiene personalidad, escucha y entiende. También habla, siente cuando uno la toca y duerme. En opinión del ingeniero que la creó, Douglas Hines, se trató de reproducir en ella las características de una personalidad humana. Roxxxy estará disponible ––informa un cable–– en cinco personalidades, entre ellas Wild Wendy, de carácter aventurero y extrovertido; Frigid Farrah, reservada y tímida; Mature Martha, maternal y S&M Susan, la dominadora. Los clientes pueden personalizar su modelo de Roxxxy, eligiendo por Internet el color de la piel, de los cabellos e incluso sus medidas. La empresa prevé asimismo diseñar pronto un muñeco-robot. En Estados Unidos y Europa, este juguete sexual de lujo costará entre 7 000 y 9 000 dólares, según las opciones. ¡Adelantos de las ciencias románticas!, dirán algunos entusiastas mirando por la ventana. ¡Qué triste!, dirán otros, y entrarán a la habitación desde donde alguien los llama!

 

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