Premio de la Crítica literaria

El periodismo mató mi miedo a la página en blanco

Leyla Leyva

Rubén Rodríguez (Holguín, 1969) figura hoy como unos de los escritores más relevantes (e imaginativos) dentro de la nueva avanzada de narradores cubanos. Autor de libros como Eros del espejo (cuento, 2001) y La madrugada no tiene corazón (cuento, 2006), además de las novelas Majá no pare caballo (2003) y Gusanos de seda (2006), su obra ha sido compilada en seis antologías del cuento, dentro y fuera del país.

Foto: Juan Miguel CruzGalardonado en la XIV edición del Premio de cuento La Gaceta por El Tigre según se mire, Rubén ha escrito con igual maestría para niños y jóvenes tres novelas: Mi mundo, El Garrancho de Garabulla y Paca Chacón y la Educación Moderna, y dos de cuentos: Peligrosos prados verdes con vaquitas blanquinegras y El maravilloso viaje del mundo alrededor de Leidi Jámilton.

Precisamente por Peligrosos prados verdes... recibió el Premio de la Crítica literaria en su última convocatoria.

Es periodista de profesión y editor del periódico ¡Ahora! de Holguín y de la revista cultural Ámbito.

¿Cuándo decidiste que querías y podías escribir para niños, interesarlos con tus historias?

Siempre quise escribir, para cualquiera. Pero escribir. Mi vida es una búsqueda desesperada de la belleza, y la literatura un modo de crearla y honrarla. Sin embargo, ninguno de mis actos va precedido por una solemne "toma de decisión". Mi primer libro para niños nació en un curso de superación: el aburrimiento me hizo abrir puertas hacia otro mundo y así nació la noveleta Mi mundo, sobre una dimensión paralela. A los niños les gustó y fue una buena señal. Luego surgió el personaje Garabulla con su saga, y a los niños les gustó más; eso fue mejor. Después vinieron Leidi Jámilton y los suyos, que les agradaron a los muchachos y a la crítica.

Imagino que debes tener conciencia de tu inusitada imaginación. Tus personajes y conflictos son realmente hilarantes...

La imaginación es un arma contra la realidad ramplona y los imposibles de la vida. Sin embargo, incluso los cuentos más fantásticos tienen que parecer ciertos, porque la literatura no trabaja con verdad sino con apariencia de verdad. Un texto para niños debe tener humor, fantasía y peripecias: hay que contar la historia amenamente. Escribo para divertirme y, por eso, hasta en mis historias más "serias" hay elementos lúdicos. La risa no está reñida con la profundidad: el humor sana y salva. Intento educar sin que se note la cátedra y criticar sin que se sienta la "mala leche". Entre las muchas satisfacciones que me han dado mis libros están que me lean desde el nieto hasta la abuela; y que niños a los que no les gustaba leer hayan gozado con El garrancho de Garabulla o Paca Chacón.

Eres un periodista en ejercicio diario, y un narrador muy galardonado en los últimos tiempos. ¿Es difícil mantener esa dualidad de trabajo?

En lo absoluto. El periodismo es una especie de género literario y a través de él llegué a la literatura. Es la única carrera donde se aprende a escribir. Me enseñó síntesis y sintaxis y me ha dado muchas vivencias. El diarismo mató el miedo a la página en blanco, el cierre periodístico desterró el mito de la musa y la edición semanal apresuró el contacto con el lector crítico. Además, un texto periodístico bien escrito está a la altura de cualquier pieza literaria. Trato de divertirme y entretener al lector, a la vez que informo. El semanario ¡Ahora! ha sido el medio ideal para lograr esta dualidad.

Has dicho que comenzaste a escribir "viejo" (30 años). ¿Crees relevante la cuestión de la edad como medidor de capacidad para empezar o concluir procesos creativos trascendentes?

Para nada. No me seduce el mito de la precocidad intelectual aunque a veces siento que pude comenzar antes. De niño quise ser escritor, pero también pintor y bailarín. En la adolescencia mis textos me parecían mediocres y los quemé. A los 30 me sentí maduro y comencé a escribir; he publicado nueve libros, tengo una decena inéditos y sigo escribiendo. Afrontar la literatura con cierta madurez aporta seguridad, evita los pasos en falso y amortigua las caídas. Aunque nada es absoluto: hay jóvenes fatuos y ancianos sabios, y viceversa.

Holguín se ha revelado como un núcleo vivo de narradores que en los últimos tiempos han recibido premios significativos. ¿Existe alguna razón que conozcas y gustes compartir para explicar tal estado de gracia?

No soy gremial ni creo en los grupos literarios, donde la creatividad se trasmite por ósmosis. Creo en el talento individual y en una atmósfera benéfica para la creación, además del apoyo "oficial" a las manifestaciones artísticas. Holguín tiene una valiosa tradición editorial con gran calidad en sus ediciones, varios talleres y concursos literarios y numerosas instituciones empeñadas en la promoción. Además de un pueblo culto, sensible, educado, lector. ¿Qué más puede pedir un escritor?

 

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