Mientras la calle, sola, se desnuda

ROGELIO RIVERÓN

Toparse con un autor inesperado puede producir varias reacciones, entre ellas la de apresurarse a buscarle un territorio en esa especie de canon personal que acunan los lectores suspicaces. Me explico: no es fácil (ni aconsejable) mantener criterios excesivamente férreos con respecto a una literatura determinada. Hay eventos que nos hacen repensar las cosas, volver sobre interrogaciones que creíamos resueltas.

Lo recalco a propósito de La fronda y el mar (2009), una antología que ayudará a muchos a descubrir a una poetisa, cuyo sitio en las letras cubanas pudo parecerse a uno de los escaques vacíos de la tabla periódica, de Dimitri Mendeléiev. Insinúo que quien trabe relación con estos versos puede darse cuenta de que una obra como la de Pura del Prado (1931-1996) era de esperar aquí, respondía a una lógica nada confusa. Acabado de aparecer con el sello de Letras Cubanas, este libro, cuya compilación, así como el prólogo y las notas hay que agradecer a Virgilio López Lemus, actúa como carta de presentación de una voz por mucho tiempo ajena al ámbito de la Isla.

Pura del Prado publicó por última vez en Cuba en 1956, lo que, entre otras razones, causó en su obra ese incómodo efecto de las fotos movidas. Desde nuestro punto de vista, por supuesto, aunque tal vez fuera este el que más le interesara. En lo sucesivo, residiendo lejos, debió dejar sus versos en editoriales inaccesibles. Sostiene el compilador que Pura se rige — con puntuales excepciones— por la ley de una vertiente neorromántica que tiene en nuestro siglo veinte hitos tan señalados como José Ángel Buesa. Siendo así, parece adecuado atribuirle al menos una deficiencia: no atreverse con asuntos de más difícil tratamiento. Sin embargo, podríamos convenir en que si en la zona de ascendencia de sus versos hay que reconocerle maestría, no es ventajoso venirle con esos consabidos reproches.

No expreso una idea bonachona de la cultura. Los versos de Pura del Prado parecen poner en juego una tradición lírica que ella considera es la cubana, y lo hacen con una soltura de lenguaje, con un echar mano a la palabra inesperada — o a la esperada para otra ocasión—, que nos inclina a creer en la autenticidad de su materia. La fronda y el mar es un inteligente recorrido por toda la obra de esta mujer que sabe dotar al discurso apasionado, casi táctil, de una cadencia muy interesante. López Lemus, poeta y crítico, la describe como una poesía de fácil lectura, "sin rodeos o enrevesamientos barrocos", aunque no me parece que para mostrarnos de acuerdo acerca de la viabilidad de los versos de Pura del Prado debamos convenir en la esencia enrevesada de otros estilos. Convencionalmente, la mucha emoción — y por añadidura la estricta medida y la añeja asonancia— puede ser vista como restrictiva del alcance de un poeta, pero incluso a quienes se han visto encarcelados en corrientes que consideramos defectuosas, les queda todavía el lenguaje: la recóndita selva de las palabras.

 

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