Físicamente no están aquí Frank País, Josué País, ni tantos otros, pero están moralmente, están espiritualmente, y solo la satisfacción de saber que el sacrificio no ha sido en vano, compensa el inmenso vacío que dejaron en el camino. ¡Sus tumbas seguirán teniendo flores frescas!

Fidel en Santiago de Cuba, 1ro de Enero de 1959

Ni muertos ni olvidados

Entre las brumas de la miseria y la desolación resplandecieron muchos hombres. Nombrarlos a todos resultaría imposible aun cuando el ejemplo de sus acciones aparece día a día en el recuerdo de quienes sobrevivieron a torturas y persecuciones para hacer valederas nuestras conquistas.

Cada rincón de nuestra Cuba se convirtió en cómplice de la tristeza. Los cadáveres aparecían tirados cada vez en cifras más numerosas en campos desiertos, al borde de las carreteras, colgados de los árboles o sencillamente abandonados como sacos viejos. Cientos de cubanos fueron enterrados sin acta de defunción y con visibles huellas de las más atroces torturas; otros desaparecieron en las profundidades del mar.

Así fue engrosándose la oscura lista de asesinatos, fundamentalmente con jóvenes en flor, esperanzas un día de la Patria cuyo único crimen fue tomar partido a favor de la justicia y la rebeldía para que la obra de la Revolución llegara a ser —como lo es hoy— orgullo de todos.

Símbolos inocentes de una juventud asesinada

Protegidos y ayudados por el pueblo, muchos de los jóvenes revolucionarios pudieron salvar sus vidas y continuar con las acciones clandestinas; sin embargo, ni siquiera la solidaridad de millones pudo salvar a muchos que fueron detenidos y cruelmente asesinados en los más disímiles lugares del territorio cubano.

El descuaje de raíces jóvenes no quedó en pocos saldos. La lista es interminable, a ella se suman los inolvidables Frank y Josué País, Pepito Tey, Tony Alomá y Otto Parellada, Gerardo Abreu (Fontán), Lidia Doce y Clodomira Acosta; las hermanas Cristina Alicia y María de Lourdes Giralt... Juan Mora Artimes. Salvador Sánchez Céspedes. José Méndez García. Zoilo Durán Rodríguez. René Fraga Moreno. Alfredo Gutiérrez Lugones. Aleida Fernández Chardiet...

A la hora de las noticias de aquel Sábado Santo, Fructuoso Rodríguez Pérez, Juan Pedro Carbó Serbiá, Joe Westbrook Rosales y José Machado Rodríguez, para la tiranía eran solo cadáveres; para el pueblo de Cuba pasaron a ser Los Mártires de Humboldt 7.

"Las circunstancias los han convertido en símbolos, y como mártires pasarán a la historia", escribía Raúl Roa en carta dirigida a la madre de los hermanos casi adolescentes Luis y Sergio Saíz, también cruelmente asesinados.

Son estos nombres comunes, pero mujeres y hombres insustituibles, solo una pequeña muestra de los tantos que cayeron víctimas de la represión y el crimen; a muchos otros ni siquiera fue posible identificarlos por las atroces torturas y la falta de documentos pertinentes, aun así, todos y cada uno de ellos tendrán siempre un lugar privilegiado en la historia Patria.

Por eso el homenaje a los que en actitud consecuente con la palabra empeñada y en complicidad con sus verdaderos sentimientos, cayeron víctimas de un régimen que desató una avalancha de asesinatos y torturas contra nuestros mejores hijos, aquellos a quienes no pudieron vendarles los ojos para hacerlos desentenderse de por qué era necesaria una Revolución cubana.

 

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