Entre las brumas de la miseria y la desolación resplandecieron
muchos hombres. Nombrarlos a todos resultaría imposible aun cuando
el ejemplo de sus acciones aparece día a día en el recuerdo de
quienes sobrevivieron a torturas y persecuciones para hacer
valederas nuestras conquistas.
Cada rincón de nuestra Cuba se convirtió en cómplice de la
tristeza. Los cadáveres aparecían tirados cada vez en cifras más
numerosas en campos desiertos, al borde de las carreteras, colgados
de los árboles o sencillamente abandonados como sacos viejos.
Cientos de cubanos fueron enterrados sin acta de defunción y con
visibles huellas de las más atroces torturas; otros desaparecieron
en las profundidades del mar.
Así fue engrosándose la oscura lista de asesinatos,
fundamentalmente con jóvenes en flor, esperanzas un día de la Patria
cuyo único crimen fue tomar partido a favor de la justicia y la
rebeldía para que la obra de la Revolución llegara a ser —como lo es
hoy— orgullo de todos.
Símbolos inocentes de una juventud asesinada
Protegidos y ayudados por el pueblo, muchos de los jóvenes
revolucionarios pudieron salvar sus vidas y continuar con las
acciones clandestinas; sin embargo, ni siquiera la solidaridad de
millones pudo salvar a muchos que fueron detenidos y cruelmente
asesinados en los más disímiles lugares del territorio cubano.
El
descuaje de raíces jóvenes no quedó en pocos saldos. La lista es
interminable, a ella se suman los inolvidables Frank y Josué País,
Pepito Tey, Tony Alomá y Otto Parellada, Gerardo Abreu (Fontán),
Lidia Doce y Clodomira Acosta; las hermanas Cristina Alicia y María
de Lourdes Giralt... Juan Mora Artimes. Salvador Sánchez Céspedes.
José Méndez García. Zoilo Durán Rodríguez. René Fraga Moreno.
Alfredo Gutiérrez Lugones. Aleida Fernández Chardiet...
A la hora de las noticias de aquel Sábado Santo, Fructuoso
Rodríguez Pérez, Juan Pedro Carbó Serbiá, Joe Westbrook Rosales y
José Machado Rodríguez, para la tiranía eran solo cadáveres; para el
pueblo de Cuba pasaron a ser Los Mártires de Humboldt 7.
"Las circunstancias los han convertido en símbolos, y como
mártires pasarán a la historia", escribía Raúl Roa en carta dirigida
a la madre de los hermanos casi adolescentes Luis y Sergio Saíz,
también cruelmente asesinados.
Son estos nombres comunes, pero mujeres y hombres insustituibles,
solo una pequeña muestra de los tantos que cayeron víctimas de la
represión y el crimen; a muchos otros ni siquiera fue posible
identificarlos por las atroces torturas y la falta de documentos
pertinentes, aun así, todos y cada uno de ellos tendrán siempre un
lugar privilegiado en la historia Patria.
Por eso el homenaje a los que en actitud consecuente con la
palabra empeñada y en complicidad con sus verdaderos sentimientos,
cayeron víctimas de un régimen que desató una avalancha de
asesinatos y torturas contra nuestros mejores hijos, aquellos a
quienes no pudieron vendarles los ojos para hacerlos desentenderse
de por qué era necesaria una Revolución cubana.