De
esta realidad habló Fidel en su histórico alegato La historia me
absolverá: "El 90% de los niños del campo está devorado por
parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los
pies descalzos... Y cuando un padre de familia trabaja cuatro meses
al año, ¿con qué puede comprar ropas y medicinas a sus hijos?
Crecerán raquíticos, a los 30 años no tendrán una pieza sana en la
boca, habrán oído diez millones de discursos, y morirán al final de
miseria y decepción".
En
las escuelas públicas, de cada 100 niños que matriculaban solo 6
llegaban al sexto grado. El 23.6% de la población mayor de 10 años
era analfabeta. Alrededor de 550 000 niños de 6 a 14 años no
asistían al colegio, casi la mitad del total, de acuerdo con el
censo efectuado en 1953. Paradójicamente, habían más de 10 000
maestros desempleados.
Y remataba Fidel frente al tribunal que pretendía juzgarlo: "Lo
inconcebible es que el 30% de nuestros campesinos no sepa firmar, y
el 99% no sepa Historia de Cuba".
Uno de los problemas más graves que cargaba la Isla era el
desempleo. De una población que casi llegaba a los siete millones de
habitantes, la tercera parte de la económicamente activa, unas 700
000 personas, estaban desempleadas; de ella el 45% correspondía al
área rural.
El censo de población realizado en 1953, aun cuando se hizo en el
momento de mayor empleo cíclico (cosecha cañera), evidenció que solo
el 51.5% de la población en edad activa tenía un puesto de trabajo.
Los que quedaban sin empleo luego de la zafra emigraban —muchas
veces con la familia— en busca de lugares más favorables donde en
ocasiones trabajaban días enteros a cambio de una lata de harina con
boniatos, garantía indispensable para que los suyos llegaran con
vida hasta la otra zafra.
Describía Bohemia, en el año 1956, que la miseria dormía y moría
en los portales, en la intemperie de los parques, sobre sábanas de
periódicos viejos. Y si de tristeza y humillación se habla no puede
olvidarse el barrio de Las Yaguas donde vivían decenas de miles de
personas sin luz eléctrica, agua corriente, ni alcantarillado. O la
vergüenza en que hombres sin alma convirtieron el hospital de
dementes de Mazorra.
Fotos de la época dan cuenta del hacinamiento en pabellones
inmundos donde los enfermos dormían sobre bastidores maltrechos, sin
colchonetas, sábanas, ni frazadas, o tirados en el suelo, unos junto
a otros para darse calor en las madrugadas heladas de Mazorra.
El hospital de dementes que encontró la Revolución tenía entonces
2 000 camas, si es que así podía llamárseles, para más de 6 500
pacientes —es decir, más de tres pacientes por cama—, la mayoría sin
identificar, desnudos, con insuficiente o ningún tratamiento que no
fuera el de estar encadenados en una cama para soportar las crisis,
el tratamiento por coma insulínico y el electroshock.