Alguien
me dijo: "Ponte una manjata y déjate de nuevo el speldrun".
Como si lo que va a suceder el próximo domingo en el Malecón
habanero fuera una simple operación de retorno al pasado de dos o
tres décadas atrás.
Habría
que sacar cuentas acerca de cuánto pesa el legado de Kool and The
Gang en la música popular que ahora mismo se está haciendo en
Estados Unidos y otras partes del mundo. Tendríamos entonces
suficientes elementos como para saber que, al margen de los saldos
comerciales y la etiqueta que privilegia los más de 70 millones de
copias vendidas a lo largo de su carrera, la pandilla de Robert Kool
Bell tiene mucho que ofrecer.
El pasaporte internacional de la banda tiene un sello:
Celebration. No hubo discoteca en el primer lustro de los
ochenta que se resistiera a programar en las jornadas de baile un
tema que ha pasado la prueba del tiempo.
Con esa pieza perteneciente al álbum Celebrate (1980), la
agrupación se instaló en la cima de la ola funky y halló una fórmula
que la llevaría a acuñar nuevos éxitos en el mercado: Big Fun
y Get Down on it en 1982, y Fresh y Cherish en
1984. En el medio, una muy popular balada, demasiado almibarada para
mi gusto: Joanna.
Ese es el rostro más apetecible de la banda. El que emergió del
fichaje de dos vocalistas: Earl Toon y James Taylor, más conocido
como JT. Fue una época en que voces y ritmos ocuparon un primer
plano en las concepciones comerciales de la música popular
afronorteamericana. Pero Kool and The Gang no solo era eso. Detrás
de cada una de las piezas de sus álbumes más exitosos se hallaba el
sedimento de una cultura musical firmemente enraizada. Los hermanos
Bell y los más fieles chicos de la pandilla, el trombonista Clifford
Adams, el baterista George Brown, el saxofonista Dennos Thomas y los
guitarristas Woody Sparrow y Charlie Smith (este último fallecido en
el 2006) llevaban sobre sí el espíritu —dinámica, dicción,
pensamiento armónico— del más auténtico rythm & blues. Por si fuera
poco en esos discos de los tempranos ochenta, los asistió un
productor musical y arreglista que venía del mundo de la fusión
jazzística, Eumir Deodato.
La prensa musical norteamericana suele usar para la vara del
éxito las semanas en las listas de venta y la escala de los hit
parades. Si no apareces en la relación de los Top 100 de
Billboard eres menos que nadie. De ahí que se tenga como señal del
supuesto declive de Kool and The Gang la fecha de 1989, cuando el
álbum Sweat no consiguió trascender como los anteriores.
Pero existe otra percepción que debe ser tomada en consideración.
Si Kool and The Gang hubiera sido un fenómeno efímero, la crítica no
llamaría la atención acerca del lanzamiento de Gangland en el
2001. Ni el rapero Mase escogería Hollywood Swinging para
cimentar su despegue en el sistema de estrellas. Ni Beyoncé hubiera
echado mano a la destreza instrumental de los metales de la banda
para armar su rutilante Crazy in love.
Sin la impronta de la banda no se podrían explicar exponentes
como Kwamé, Atlantic Starr, Jamiroquai y hasta el mismísimo Lionel
Richie.
De modo que no hace falta airear una camisa manjata ni
vestir un pantalón campana ni dejarse crecer un speldrun para
disfrutar el concierto del domingo. Kool and The Gang es historia
viva.