Algo más que una pandilla de muchachos divertidos

La cita con Kool and The Gang el domingo, a las 3:00 p.m. en la Tribuna Antimperialista José Martí, no es solo para nostálgicos

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Alguien me dijo: "Ponte una manjata y déjate de nuevo el speldrun". Como si lo que va a suceder el próximo domingo en el Malecón habanero fuera una simple operación de retorno al pasado de dos o tres décadas atrás.

Habría que sacar cuentas acerca de cuánto pesa el legado de Kool and The Gang en la música popular que ahora mismo se está haciendo en Estados Unidos y otras partes del mundo. Tendríamos entonces suficientes elementos como para saber que, al margen de los saldos comerciales y la etiqueta que privilegia los más de 70 millones de copias vendidas a lo largo de su carrera, la pandilla de Robert Kool Bell tiene mucho que ofrecer.

El pasaporte internacional de la banda tiene un sello: Celebration. No hubo discoteca en el primer lustro de los ochenta que se resistiera a programar en las jornadas de baile un tema que ha pasado la prueba del tiempo.

Con esa pieza perteneciente al álbum Celebrate (1980), la agrupación se instaló en la cima de la ola funky y halló una fórmula que la llevaría a acuñar nuevos éxitos en el mercado: Big Fun y Get Down on it en 1982, y Fresh y Cherish en 1984. En el medio, una muy popular balada, demasiado almibarada para mi gusto: Joanna.

Ese es el rostro más apetecible de la banda. El que emergió del fichaje de dos vocalistas: Earl Toon y James Taylor, más conocido como JT. Fue una época en que voces y ritmos ocuparon un primer plano en las concepciones comerciales de la música popular afronorteamericana. Pero Kool and The Gang no solo era eso. Detrás de cada una de las piezas de sus álbumes más exitosos se hallaba el sedimento de una cultura musical firmemente enraizada. Los hermanos Bell y los más fieles chicos de la pandilla, el trombonista Clifford Adams, el baterista George Brown, el saxofonista Dennos Thomas y los guitarristas Woody Sparrow y Charlie Smith (este último fallecido en el 2006) llevaban sobre sí el espíritu —dinámica, dicción, pensamiento armónico— del más auténtico rythm & blues. Por si fuera poco en esos discos de los tempranos ochenta, los asistió un productor musical y arreglista que venía del mundo de la fusión jazzística, Eumir Deodato.

La prensa musical norteamericana suele usar para la vara del éxito las semanas en las listas de venta y la escala de los hit parades. Si no apareces en la relación de los Top 100 de Billboard eres menos que nadie. De ahí que se tenga como señal del supuesto declive de Kool and The Gang la fecha de 1989, cuando el álbum Sweat no consiguió trascender como los anteriores.

Pero existe otra percepción que debe ser tomada en consideración. Si Kool and The Gang hubiera sido un fenómeno efímero, la crítica no llamaría la atención acerca del lanzamiento de Gangland en el 2001. Ni el rapero Mase escogería Hollywood Swinging para cimentar su despegue en el sistema de estrellas. Ni Beyoncé hubiera echado mano a la destreza instrumental de los metales de la banda para armar su rutilante Crazy in love.

Sin la impronta de la banda no se podrían explicar exponentes como Kwamé, Atlantic Starr, Jamiroquai y hasta el mismísimo Lionel Richie.

De modo que no hace falta airear una camisa manjata ni vestir un pantalón campana ni dejarse crecer un speldrun para disfrutar el concierto del domingo. Kool and The Gang es historia viva.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas | Especiales |

SubirSubir