Hay que recalcarlo porque el filme de la peruana Claudia Llosa,
ganador del Oso de Oro en Berlín, ocasionó una amplia polémica en su
país, y más allá, debido a que algunos le reprochan un matiz
eurocentrista. Se refleja ello ––dicen los acusadores–– en el
tratamiento que reciben los sectores populares, lo que los hace ver
a los ojos del mundo como unos pobres indiecitos necesitados de ser
educados, según una directora que, aunque peruana, vive en Europa y
se ampara en la aplastante mirada de la modernidad frente al
supuesto atraso e incultura de un pueblo.
La sustentación, por verídica en otros casos, suena atractiva,
pero cuando se ve el filme se derrumba y más bien trae a la memoria
la vieja y superada discusión ––superada para los que sepan de qué
se está hablando–– entre realidad y transposición artística.
Puede tener el filme otros puntos polémicos, como ese no nombrar
a los causantes del trauma de la joven india y engrosarlos a todos
bajo el rubro de "los terroristas, lo que deja afuera a
paramilitares y a miembros del ejército, los primeros, ampliamente
identificados como los autores de las mayores atrocidades.
Pero esta historia, acerca de una leyenda popular nacida durante
aquellos tiempos de confrontación bélica de los años setenta y
ochenta del pasado siglo, concreta un fuerte eco poético a lo largo
de una realización que no solo cuenta el drama de la muchacha, sino
que cobra un valor otro, decisivo, en la visión etnográfica que
despliega en torno a una zona aledaña a Lima, pobres habitantes que
tratan de ser felices en medio de sus bodas colectivas y piscinas
improvisadas.
El título del filme hace referencia a una leyenda que asegura que
las mujeres del campo expuestas al drama de la guerra les
transmitieron el trauma del miedo a sus hijas mediante la lactancia.
De ahí que la protagonista, que ahora habita en una zona urbana,
viva en medio de pavores y para evitar una posible violación —como
le sucedió a su madre— se implante una papa en sus partes íntimas,
en lo que viene a ser un eficaz guiño al realismo mágico.
Violencia y muerte no son explícitas, pero sí rigen cada paso
espiritual de la protagonista. Solo su madre, al principio del filme
y mediante su canto, hace referencia a los horrores del pasado. Y
los cantos de la joven Fausta (Magaly Solier, la misma de
Madeinusa, tambièn de Claudia Llosa) son uno de los valores de
este filme, de ritmo pausado y con un cierto abuso de las elipsis,
pero contundente en cuanto a sus propósitos y sin duda uno de los
platos fuertes de este Festival.
Y de Chile llega una grata comedia recomendada para los
espectadores mayorcitos, El regalo, de Cristián Galaz García
y Andrea Ugalde Prieto, acerca de hombres y mujeres que llegan a la
edad del retiro y no saben qué hacer. Una suerte de cucharada vital,
y en la fila delantera del cine presencié a un número considerable
de espectadores de "la tercera edad" que aplaudió gustoso esta
comedia de enredos con el tema amoroso incluido, mientras otros, que
todavía no han llegado, pero están a punto, captaban inquietos la
melancolía y expectativas que también de esta cinta emanan. Un
reencuentro con un viejo conocido de los cubanos, Nelson Villagra,
en un filme que mezcla lo imaginativo con otros recursos de la
comedia ya transitados, todo armado para gustar, pasarla bien, sin
demasiadas trascendencias.