Nacemos sin saber que la vida nos pertenece. A partir de ese
momento, y durante unos años más, a nuestra barca la guían quienes
nos trajeron al mundo.
Pasa el tiempo, crecemos, nos desarrollamos, amamos (también nos
multiplicamos), disfrutamos, estudiamos, trabajamos y vamos tomando
conciencia de ese devenir que nos incita a la toma de decisiones,
algunas muy difíciles porque involucran los intereses de un grupo de
personas.
Difícil arte en la existencia de un hombre o mujer es aprender a
comportarse. Hallar la justa medida, sin tumbar hacia un lado o
hacia otro, he ahí el dilema. La necesidad de mantener un rumbo
definido, transparente, surge como una lidia de suma jerarquía. Y si
en ese diario ajetreo del aprendizaje aflora la voluntad para llevar
con éxito sus propias riendas, quizá entonces también florezca la
capacidad de ordenar, distribuir, dosificar, en fin, salvaguardar
los bienes que el Estado, la sociedad y un colectivo laboral le
confíen para administrarlos apegado a la lealtad, equidad,
austeridad y responsabilidad.
Administrar exige decoro. Esta potestad —invocando el supuesto
interés de hacer lo que más beneficie a los trabajadores— no ha de
ejercerse para propia conveniencia, con ánimo de lucro, mucho menos
cuando los tiempos aprietan, los recursos merman y hay que apuntar
al centro de la diana antes de disparar.
Existen quienes desde su poltrona no solo disponen de lo que no
les pertenece en aras de satisfacer su creciente codicia, sino se
valen del cargo para comprar favores, silenciar las opiniones en su
contra, asegurar el apoyo incondicional de alguien, además de
intentar cultivar una imagen de desprendido bonachón que todo lo
resuelve, pretendiendo que le concedan la santa gracia de ocultar
sus arbitrariedades en el cuarto oscuro del olvido.
Estos personajes sobornan y pagan servicios. Procuran rodearse de
una claque desprovista de valor para enfrentarlos, consentidores,
aprovechados, aduladores e, incluso, algunos adoptan, sin que se lo
sugieran, el papel de traductores de español-español. Así estos
"aretes" participan en una reunión y, antes de hablar, buscan cruzar
su mirada con la del administrador o esperan a que este abra fuego
primero para después montarse en ese mismo discurso, como máquinas
repetidoras, incapaces de discrepar o aportar una idea novedosa. No
crean, casi siempre esos corifeos suenan redundantes en su descarga
servil y en lugar de pasarles la mano el jefe les da un jaquimazo.
Si en momentos en que la economía ha contado con mayores
posibilidades de recursos estas actitudes creaban malestar, hoy,
cuando el llamado es al aprovechamiento al máximo de la jornada
laboral, al empleo racional, adecuado, de lo que es de todos, lacera
más cualquier diferencia que se establezca en un centro de trabajo a
favor de unos pocos y en detrimento de la mayoría. Confía, pero
controla, sentencia una contundente frase guardiana de la equidad.
Nadie puede abrogarse el derecho de considerarse dueño en lugar
de administrador. Los beneficiados por esa distendida magnificencia
nunca se pondrán de frente a su mecenas, a menos que les corten el
cordón umbilical; pero si los muchos más hombres y mujeres honestos,
batalladores por disfrutar de una vida cotidiana modesta a partir de
su trabajo eligen el camino del silencio, sin proponérselo le
estarán dando vía libre al escarnio, que viene convoyado con otros
males.