Con textos y puestas de Guillermo Calderón, Neva dibuja
sobre las tablas un nuevo manifiesto del teatro. Discute el sentido
histórico y presente del arte teatral, testimonia los hermosos
entresijos entre la realidad y la ficción, y devuelve a los
espectadores la imagen viva de lo que es el teatro y su servicio.
Con Diciembre propone un extraordinario exorcismo personal y
colectivo sobre un paisaje temático local de amplias resonancias
universales, un "aterrizaje" de las interrogaciones de Neva,
si leemos ambos espectáculos como un magnífico díptico chileno y
humano sobre la verdad interesada y comprometida del arte.
Neva es una reconstrucción desde la "nada", desde el escueto
terreno del teatro. Tres actores con vestuarios cenicientos sobre un
pequeño cuadrilátero que se levanta unas pulgadas sobre el nivel del
escenario. Apenas esos pobres, escasos elementos, apenas una luz
débil que sale de la lámpara que imita los fuegos de la estufa donde
calientan sus cuerpos porque afuera, en la ficción, hay treinta
grados bajo cero. San Petersburgo en 1905 con las calles tomadas por
la primera revolución rusa, aplastada luego por el Zar, y tres
actores que deben ensayar, dos de ellos, Aleko y Masha, por primera
vez con Olga Knipper, la viuda del gran Antón Chéjov, fallecido seis
meses antes.
Así, a la espera de los otros que nunca llegarán, juegan, se
provocan, repasan escenas antes aprendidas, conversan y discuten,
sobre ellos, el teatro y Rusia. Ese ensayo, continuamente
interrumpido es Neva y yo supongo que, en su paralelismo
brutal, es la vida misma, solo que de la mano del teatro, es decir,
concentrada en humanidad, tiempo y espacio. El sexo, el goce, la
vida, la muerte, el amor, la crueldad humana, las diferencias
sociales, los límites filiales. Todos los grandes temas que han
hecho el teatro, aquí resueltos con la grandeza de la cotidianidad.
El final será, justamente, el grito de Masha por romper ese
encierro del oficio en la cárcel de lo personal que, de hecho, ha
sido destrozado por la discusión sobre el porqué del teatro. Puede
que nada cambie, pero vale seguir soñando porque ese sueño tiene
como destino encarnar el valor del arte como asidero y advertencia.
Lo que atestigua Diciembre porque en este montaje está
todo el fascismo chileno acumulado y latente, tan horrible como
cualquier fascismo. Tres hermanos "celebran" la Navidad del 2014 en
guerra: un paisaje terrible, ojalá improbable. No una imagen de
batalla intergaláctica, sino muy concreta: han vuelto a enfrentarse,
como a fines del XIX, Perú, Bolivia y Chile. Esta visión desgarrada
del lado chileno, entre estos tres hermanos con posiciones
antagónicas, muestra cómo cualquier pequeño fetiche cultural puede
ser convertido en logotipo chauvinista y fascistoide. Contra ese
nefasto proceso trabaja, desde la sombra del arte, esta arriesgada
introspección de Teatro en el Blanco.
El dueto de actrices, Trinidad González y Paula Zúñiga, y el
actor Jorge Becker asumen tanto los personajes de la "lejana"
Neva como los protagónicos y roles de la futura Diciembre.
Lo hacen con tal hondura personal que, por supuesto, ellos también
hablan de sus respectivas encarnaciones y de sí mismos —no por
casualidad llevan sus patronímicos los personajes de Diciembre.
Lo hacen con tal derroche del oficio que la mixtura secular de
técnicas no se ve por parte alguna. Lo hacen con tal eucaristía que
la memoria los recordará siempre.
Tanto la crítica, de manera inmediata, como la creación, en un
futuro cercano, darán cuenta de las huellas que la agrupación de
Chile deja en la memoria de la escena nacional, a su paso de fuego
por la Isla.