Amable,
popular, romántico, megalómano y ocurrente fueron algunas de las
virtudes que caracterizaron a José López Lledín, conocido por todos
como el Caballero de París, legendario personaje que atesora la
memoria colectiva de la ciudad. La tan socorrida imagen del
Caballero, protagonista de canciones, audiovisuales, investigaciones
y obras literarias regresó por estos días a la escena con la obra
El caballero de París, proyecto de creación teatral y
carnavalesca que tuvo como intérpretes a los pacientes del Hospital
Siquiátrico Bernabé Ordaz y del Comunitario de Regla.
El
montaje, a cargo del director francés Serge Sándor y en coordinación
con la Compagnie du Labyrinthe, el grupo Teatro Buendía y Danza
Retazos, comenzó con un cortejo fúnebre en el Paseo del Prado donde
alrededor de 80 personas, en su mayoría ancianas de estricto luto,
simularon el séquito de enterramiento con curas, barrenderos,
peloteros, marineros, estandartes religiosos, vendedores de flores y
otros personajes costumbristas de la primera mitad del pasado siglo,
desde el Parque Central hasta el teatro Fausto.
Inspirada en el libro Yo soy el Caballero de París, del
doctor Luis Calzadilla, la puesta narra la historia del español
—fallecido a los 86 años en el Siquiátrico— a través de varios
personajes que estuvieron relacionados con distintos momentos de la
vida de este poeta errabundo. Así un doctor, una marquesa, una
sevillana, familiares y amigos se encuentran en el escenario para
contar la leyenda que se redescubre nueva y atractiva en los rostros
y el esfuerzo de los protagonistas, quienes comparten los mismos
cuidados que comenzó a recibir el Caballero en 1977.
Durante poco más de una hora, el espectáculo transcurre, con
humor, coreografías y música que, a cargo de la Agrupación Musical
del Hospital Ordaz, transita por melodías y canciones del repertorio
tradicional, danzones, blues, chachachás, guasrachas, sones y
rumbas. Sin embargo, más que un homenaje al caballero que anduvo más
de medio siglo por las calles, al caballero de bronce de La Habana,
la obra gana el noble propósito de ejercitar la mente y convertirse
en puente de estímulo para la creación artística y personal de los
pacientes.