Medalla José Tey

La reverencia de Cuba entera

Pastor Batista Valdés

VÁZQUEZ, Puerto Padre.— Posiblemente nunca Waldemar Ramírez Infante se haya sentido tan nervioso. "Imagínense ustedes, todo el barrio concentrado aquí, Teresa Amarelle Boué, primera secretaria del Partido en la provincia; Víctor Rodríguez, presidente del Gobierno, dirigentes de educación, audio, banderas, júbilo y no sé cuántas manos queriéndote saludar..."

Foto del autorComo en Waldemar y su familia, la gratitud de Cuba entera acaba de anidar en miles de hogares.

Hace un alto, larga un suspiro, mira la medalla José Tey (que, por acuerdo del Consejo de Estado de la República de Cuba, acaba de recibir) y no puede frenar su campesino deseo de expresar lo que siente:

"Es que tanto mi esposa y yo, como otras familias que convertimos nuestras viviendas en aulas, no lo hicimos pensando en reconocimientos y mucho menos en una medalla tan importante como esta... Fue, simplemente, la oportunidad de ayudar un poquito más a nuestro país en medio del desastre que provocaron los ciclones el año pasado."

De la huracanada furia puede dar cuenta la pequeña escuela primaria Argentina (levantada rápidamente y mucho más linda hoy) cuyos 76 alumnos volvieron a recibir docencia tres días después del azote, en cinco de los numerosos hogares igualmente dispuestos para ello.

Veintidós de esos niños hallaron en la humilde casa de Waldemar la ternura que solo empolla bajo el calor de los agradecidos. Mirtha Delgado, maestra del propio centro docente, "cargó" con los de preescolar para su vivienda. Saraí Peña Suárez, educadora en formación, hizo lo mismo, mientras a Emilia Serrano y a Walter Proenza nada les importaron las afectaciones parciales en sus inmuebles, devenidos también prolongación de la escuelita.

Un total de 593 familias tuneras asumieron, gustosas, idéntica actitud. Algunas de ellas incluso durante todo el curso escolar. Casi 5 000 niños vivieron una excepcional experiencia que develó la verdadera esencia del cubano en todo el Archipiélago.

No podía Cuba olvidar tal realidad, ni su pueblo ni su Consejo de Estado... sobre todo porque cuando pasen los años (no importa cuántos) habrá miles de hombres y mujeres que les hablarán a sus hijos y nietos acerca de los muchos Waldemares que en el 2008-2009 brindaron su sala, un cuarto o el comedor, para que ningún niño perdiera el año académico y salvar así el invariable curso de aquel histórico curso escolar.

 

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