Mirando a la pequeña Lietys de Ávila Milán siento igual
estremecimiento. Prácticamente desde que nació, hace casi cuatro
años, la hermosa niña ha permanecido hospitalizada en las salas
intermedia e intensiva del hospital pediátrico Mártires de Las
Tunas.
Sin la especializada atención que allí recibe, ya habría
fallecido. Vino al mundo con una parálisis cerebral infantil
secundaria a una hipoxia. Pero vive, gracias a la esencia de la
medicina en Cuba y a la extraordinaria pasión humana y profesional
de quienes la atienden cada día.
Según explica la doctora Rosa de la Caridad Reid Garmendía, jefa
del servicio de la sala de terapia intensiva, la bebita tenía 56
días de nacida cuando llegó, procedente del hospital Ernesto
Guevara. No podía respirar por sí misma.
Para Romelia Milán, madre, aquellos fueron los días más tristes
de su existencia. El temor de perder a su hija le martillaba minuto
a minuto. Pero el empeño por salvarla fue, desde el primer momento,
segundo a segundo.
"No sé cómo decir lo agradecida que estoy —confiesa. Esos médicos
y enfermeras han sido mi familia y este hospital como mi propia
casa. Hace un tiempo fuimos a Amancio pero tuvimos que volver
enseguida porque Lietys hizo crisis respiratoria y hubo que
acoplarla otra vez. El 11 de diciembre va a completar el año
conectada a ventilación mecánica."
El débil desarrollo de su musculatura respiratoria agrava el
carácter crónico de insuficiencia para respirar. Además de la
traqueotomía hubo que hacerle una gastrostomía para llevar alimentos
directamente a su estómago. Cada infección intra-hospitalaria ha
tenido como contrapartida tratamiento rápido, oportuno y riguroso.
Sumida casi todo el tiempo en profundo letargo, Lietys no imagina
el aliento que la rodea más allá del seno maternal.
"A mí —enfatiza Romelia— me gustaría saber cuánto le hemos
costado ella y yo a Cuba en todo este tiempo, porque en verdad no sé
la cantidad de antibióticos y otros medicamentos que se le han
aplicado, sin contar los equipos, exámenes, alimentos... Yo no me
aparto de su lado. Aquí desayuno, meriendo, almuerzo, como, duermo,
me baño, recibo batas, sábanas, de todo, y no he tenido que pagar ni
un solo centavo.
"Hasta un refrigerador y una batidora nos dio el Estado. En
ningún lugar del mundo sucede así. Muchas personas no tienen en
cuenta esas cosas. Yo sí. El salario de mi marido no es alto y yo no
trabajo, pero a mi hija no le ha faltado nada desde que llegó aquí."
Muy cerca, la licenciada Marilín Rodríguez asiente de forma
involuntaria con un leve movimiento de cabeza. Ella, como Ivette,
Asiris, Yamisleidys y los demás, conocen la proporción de ternura
con que aplican cada dosis de salbutamol, aminofilina, ácido fólico,
metoclopramida o valproato de sodio, cada aspiración y cada medida
de leche, compota, puré...
No es lástima fingida, ni obligación de oficio: es cariño real.
Por eso cuando Lietys arribó a su primer y tercer años de vida,
médicos, enfermeras, técnicos, directivos y otros trabajadores
crearon condiciones para recibir a los familiares de ella y
aportaron lo prudentemente necesario —fotógrafo incluido— para
celebrar el cumpleaños de manera que, desde su quietud, la niña
fuera aún más privilegiada y feliz.
Nadie puede precisar cuándo volverá a la casita donde con tanto
amor fue concebida. Romelia solo puede afirmar que cada noche de
hospitalaria estancia significa un día más ganado a la muerte. Y, a
pesar de sus temores, está tranquila... sabe que mientras haya
Revolución su pequeña hija no estará desamparada.