También Lietys pudiera llamarse Cuba

Pastor Batista Valdés

LAS TUNAS.— Hace poco, en ocasión del Día mundial del corazón, muchas personas recordaron conmovidas al tunero Héctor Despaigne: paciente que más tiempo vivió en Latinoamérica con un trasplante cardiaco (más de veinte años), paradigma de la ciencia médica cubana, orgullo de esta oriental provincia, expresión concreta y nítida del alcance humano y social de la Revolución.

Foto del autorRomelia y Lietys: expresión nítida del alcance humano de la Revolución.

Mirando a la pequeña Lietys de Ávila Milán siento igual estremecimiento. Prácticamente desde que nació, hace casi cuatro años, la hermosa niña ha permanecido hospitalizada en las salas intermedia e intensiva del hospital pediátrico Mártires de Las Tunas.

Sin la especializada atención que allí recibe, ya habría fallecido. Vino al mundo con una parálisis cerebral infantil secundaria a una hipoxia. Pero vive, gracias a la esencia de la medicina en Cuba y a la extraordinaria pasión humana y profesional de quienes la atienden cada día.

Según explica la doctora Rosa de la Caridad Reid Garmendía, jefa del servicio de la sala de terapia intensiva, la bebita tenía 56 días de nacida cuando llegó, procedente del hospital Ernesto Guevara. No podía respirar por sí misma.

Para Romelia Milán, madre, aquellos fueron los días más tristes de su existencia. El temor de perder a su hija le martillaba minuto a minuto. Pero el empeño por salvarla fue, desde el primer momento, segundo a segundo.

"No sé cómo decir lo agradecida que estoy —confiesa. Esos médicos y enfermeras han sido mi familia y este hospital como mi propia casa. Hace un tiempo fuimos a Amancio pero tuvimos que volver enseguida porque Lietys hizo crisis respiratoria y hubo que acoplarla otra vez. El 11 de diciembre va a completar el año conectada a ventilación mecánica."

El débil desarrollo de su musculatura respiratoria agrava el carácter crónico de insuficiencia para respirar. Además de la traqueotomía hubo que hacerle una gastrostomía para llevar alimentos directamente a su estómago. Cada infección intra-hospitalaria ha tenido como contrapartida tratamiento rápido, oportuno y riguroso.

Sumida casi todo el tiempo en profundo letargo, Lietys no imagina el aliento que la rodea más allá del seno maternal.

"A mí —enfatiza Romelia— me gustaría saber cuánto le hemos costado ella y yo a Cuba en todo este tiempo, porque en verdad no sé la cantidad de antibióticos y otros medicamentos que se le han aplicado, sin contar los equipos, exámenes, alimentos... Yo no me aparto de su lado. Aquí desayuno, meriendo, almuerzo, como, duermo, me baño, recibo batas, sábanas, de todo, y no he tenido que pagar ni un solo centavo.

"Hasta un refrigerador y una batidora nos dio el Estado. En ningún lugar del mundo sucede así. Muchas personas no tienen en cuenta esas cosas. Yo sí. El salario de mi marido no es alto y yo no trabajo, pero a mi hija no le ha faltado nada desde que llegó aquí."

Muy cerca, la licenciada Marilín Rodríguez asiente de forma involuntaria con un leve movimiento de cabeza. Ella, como Ivette, Asiris, Yamisleidys y los demás, conocen la proporción de ternura con que aplican cada dosis de salbutamol, aminofilina, ácido fólico, metoclopramida o valproato de sodio, cada aspiración y cada medida de leche, compota, puré...

No es lástima fingida, ni obligación de oficio: es cariño real. Por eso cuando Lietys arribó a su primer y tercer años de vida, médicos, enfermeras, técnicos, directivos y otros trabajadores crearon condiciones para recibir a los familiares de ella y aportaron lo prudentemente necesario —fotógrafo incluido— para celebrar el cumpleaños de manera que, desde su quietud, la niña fuera aún más privilegiada y feliz.

Nadie puede precisar cuándo volverá a la casita donde con tanto amor fue concebida. Romelia solo puede afirmar que cada noche de hospitalaria estancia significa un día más ganado a la muerte. Y, a pesar de sus temores, está tranquila... sabe que mientras haya Revolución su pequeña hija no estará desamparada.

 

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