Los zapatones de Van Gogh

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Si la esencia de una obra de arte en su primer momento debiera ser la de revelar un mundo, es lógico que tanto el artista como el crítico se preocupen de la interpretación que puedan dar aquellos que miran, oyen, leen, aprecian.

La mejor interpretación puede ser la que nace de la sensibilidad enriquecida por el aprendizaje. He visto, sin embargo, a personas sin ninguna educación estética captar de una manera impresionante la impronta artística de una obra que ha dejado a medio camino a seres con universidades.

Pónganse diez pares de ojos delante de un cuadro de Picasso y se verá el resultado de las interpretaciones.

O recuérdense aquellos debates del mejor Fellini simbólico, en que cada espectador a la salida del cine creía atesorar una contundencia explicativa.

El resultado de tal polivalencia habría que buscarlo en la complejidad asociativa y en el misterio. Misterio de la obra y misterios del que la crea.

Y hasta aquí navego en aguas de especulaciones motivadas por unos viejos zapatos pintados por Van Gogh en 1886 y que llevo rato mirando porque ellos tienen el don que todo artista quisiera para sí: el de la provocación.

¿Qué hizo a este holandés cultivado en Francia dejar a un lado paisajes, floreros y tulipanes y concentrarse en la captación de unas botas rústicas y trajinadas?

La interrogante no tiene nada de original y desde hace mucho se la vienen formulando importantes artistas y filósofos, que aseguran encontrarse ante el cuadro más misterioso del trágico pintor. De ahí que, en el desentrañamiento de lo oculto, los zapatos hayan provocado algunos de los debates más importantes en la historia del arte del siglo XX, principalmente, a partir de que el filósofo Martin Heidegger se inspirara en ellos para escribir su trascendental tesis El origen de las obras de arte.

Para Heidegger (1889-1976), quien afirmaba que el arte es un proyecto poético de la verdad, el cuadro de Van Gogh representaba las botas desgastadas de una campesina, y con ellas el artista quería reflejar el esfuerzo del trabajo.

Meyer Shapiro, un peso pesado en la Historia del Arte, no lo vio así y treinta años después aseguró que los zapatos pertenecían a un ciudadano urbano y eran más bien el autorretrato de un empobrecido Van Gogh.

Transcurrida una década, el filósofo francés Jacques Derrida (1930-2004), quien aseguraba que "el número de interpretaciones legítimas de un texto es múltiple", alzó un índice y negó todo lo anterior: aquellos zapatos no formaban un par, sino que pertenecían a dos juegos diferentes.

Muchas elucidaciones más, tesis, libros, se han venido sucediendo a lo largo de los años y frente a ellos el cuadro parece seguir imbatible y provocando las opiniones más encontradas acerca de su procedencia, las intenciones del pintor, la función del arte, el valor de la interpretación y hasta la naturaleza de la existencia.

De ahí que en un Museo de Colonia, en Alemania, se exponga en estos momentos solo ese cuadro de Van Gogh y a todos los visitantes se les pida opinar al respecto, porque según los especialistas, y no obstante la aparente sencillez de los zapatones, todavía quedaría mucho por interpretar.

 

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