El drama de los no pacientes

Anneris Ivette Leyva

Foto: Otmaro Rodríguez¡Chiquiiiiiiii, te quedas!, fue la indicación inapelable que recibió la esposa al otro lado del teléfono. El dueño de la voz de trueno que emitía la orden, hombre alto y fornido, había entrado al despacho del doctor Héctor José Gómez de Haz a reclamar por qué no atendían el deseo de su compañera de no permanecer hospitalizada.

Cuando el especialista le explicó que en nuestro país, en medio de una situación epidemiológica como la actual, un paciente con síntomas sospechosos no tiene opción de elegir si es internado o no, el hombre quedó consternado.

Historias como estas aderezan las anécdotas del personal vinculado al tratamiento de los casos, probables o confirmados, de influenza A H1N1. Al reto de enfrentar un virus desconocido, a niveles elevados de contagio poblacional, se ha unido el de aprender a manejar las más diversas reacciones por parte de los pacientes y, por qué no, los temores propios.

 De miedo no se trata

Recibir al personal, clasificarlo según su sintomatología, orientarlo e instalarlo en caso de que se decida el ingreso, son las tareas fundamentales que acomete Jorge Alberto Castillo cuando realiza la guardia de enfermería en el Hostal-Salud del municipio del Cerro de la capital. Sin embargo, otras funciones asistenciales enriquecen su rutina.

Tanto el enfermero como el médico de estancia en el cuerpo de guardia, por ser los primeros que interactúan con quienes allí acuden, deben estar preparados para dar respuesta a las más inusitadas situaciones, como la del viejito que a toda costa deseaba ingresar junto con su bicicleta, o la del llanto incontenible de Marta Aleida.

"En muchas ocasiones las personas solo vienen a ser valoradas, no esperan internarse o se oponen a ello por no aceptar la contaminación. Entonces nosotros debemos brindarles apoyo emocional y hacerles entender lo necesario de la medida", explica Jorge Alberto.

A esto se suma la tensión por la posibilidad real de contraer también la enfermedad, aun cuando se tomen las precauciones establecidas: lavarse las manos constantemente, usar uniforme y sobrebata, no desprenderse del nasobuco, cambiarse los guantes de forma regular...

"Yo ya estuve contagiado e ingresado en esta misma instalación", comenta el enfermero y admite además que, incluso cuando opta por bañarse antes de ir para la casa, a veces teme por su familia, sobre todo por su niño chiquito. "Pero si nosotros no afrontamos el riesgo, quién atiende a las personas".

El doctor Francisco Anca Barceló, en cambio, no manifiesta ninguna aprensión, está convencido de que si respeta las normas preventivas no corre peligro. Su inseguridad estuvo relacionada, al principio, con el reto de enfrentar una patología nueva, pero poco a poco ha ido ganando experiencia y confianza.

En la salita de terapia intensiva del cuerpo de guardia, donde son atendidos los casos que arriban con cierto grado de complicación, la enfermera Yanet Roger se muestra igual de tranquila. Ni siquiera su condición de asmática la sobresalta. "Conocer las consecuencias de contraer la enfermedad me ayuda a ser exigente en el cuidado", indica.

No solo el personal de salud está expuesto a los posibles riesgos, también el encargado del aseo y la gastronomía. Entre meriendas y comidas regulares, son más de un par los contactos diarios que llegan a tener con los pacientes internados.

"Al principio muchos tenían miedo, pero con el pasar del tiempo y las charlas donde nos explicaron bien las características de la enfermedad y cómo evitar el contagio, fuimos comprendiendo que si atendemos a las recomendaciones no hay peligro", refiere Roberto Sutil Fernández, dependiente gastronómico.

Tampoco muestran inquietud el chofer de ambulancia José E. Torres Alfonso y su acompañante José Oriol Rodríguez, técnico de asistencia: Miedo, ¿por qué?, ahí tenemos guantes y nasobucos para prevenir, y la recompensa de saber que estamos salvando vidas.

 

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