Relato de un pueblo roto, de la Compañía Teatral santaclareña El
Mejunje, es una de esas piezas que se agradecen por el noble mensaje
y por la forma tan fresca y eficaz de su montaje escénico.
Participante en el XIII Festival de Teatro de La Habana, los
jóvenes mejunjeros, se presentaron en Guanabacoa en sólo tres
funciones, aunque merecían mostrar su atractiva propuesta en otros
sitios de más fácil acceso para los interesados.
En fin, cosas que pasan en una cita como esta, a la cual
concurren lo mejor de las artes escénicas criollas y una buena parte
de lo que ahora se mueve con brío en el universo teatral más
reciente.
Raudal Morales, director, y Maya Fernández Sotolongo, actriz,
hacen honor a la tradición de rigor, irreverencia y buen gusto que
el patriarca Ramón Silverio, desde hace 25 años, cultiva con
acierto, contra viento y marea, en el mismo centro de esta isla.
La anécdota, no por sencilla, subraya la excelencia del amor para
afrontar retos, la preeminencia de lo propio para iniciar cualquier
camino y los cortos alcances del individualismo ramplón para encarar
la existencia.
Lo interesante de la puesta es cómo se cuenta la historia, la
mezcla de juegos infantiles, danza, expresión corporal, legados
populares, una actuación sin costuras y la solución de esos muñecos
bolsillos que la titiritera pega y despega de su cuerpo con tal
coherencia que parecen extensiones de su anatomía.
Sin duda, Maya es una actriz en plena madurez y floración, que
dibuja la psicología de cada personaje y usa a conciencia todo su
cuerpo para lograr la máxima expresividad.
Raudal dirige con frescura e inteligencia el espectáculo y si
algo pudiera señalársele, son apenas detalles, como el de prescindir
de las canciones grabadas para poder disfrutar en vivo las
posibilidades vocales de su actriz.