El
16 de octubre de 1959, el Consejo de Ministros sanciona la ley 600,
mediante la cual se crea el Ministerio de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias y se designa al Comandante Raúl Castro Ruz, como
ministro.
Luis M. Buch, entonces secretario del Consejo de Ministros,
apunta al respecto:
"El Comandante del Ejército Rebelde que reunía todas las
cualidades y aptitudes para dirigir tal tarea era, sin lugar a
dudas, Raúl Castro Ruz. En pocos meses de lucha guerrillera, había
conformado en las montañas más orientales de Cuba un frente
meticulosamente organizado y eficaz, en lo militar y en lo civil.
Virtualmente, un estado en armas, con hospitales y gestiones
administrativas de educación, comunicaciones e industrias,
administración de justicia y arbitraje. Había dado pruebas
inequívocas de una habilidad especial de mando y organización. De
hecho, desde el verano de 1958, era el segundo jefe militar de la
Revolución, al ser, después de Fidel, el segundo comandante con la
facultad de ascender a igual grado a sus subordinados".
El día 20, al tomar posesión del cargo en un acto donde
estuvieron Fidel, Camilo y otros comandantes del Ejército Rebelde,
el compañero Raúl diría:
No estaremos jamás satisfechos, hasta que por nuestra
organización y contando siempre con la insustituible colaboración
del pueblo de Cuba, nuestro país esté en condiciones de hacerse
respetar militarmente por pequeños y poderosos. Jamás prepararemos
ni instruiremos nuestras Fuerzas Armadas con ánimo de agresiones
hacia otros países. Respetamos los derechos de otros países, sean
grandes o pequeños. Somos máximos defensores del principio de no
intervención dentro de los problemas internos de otros países y con
esa misma fuerza y esa misma razón, somos decididos partidarios de
oponernos a cualquier tipo de interferencia en las cuestiones
cubanas.
No descansaremos hasta que nuestro país, en el orden militar, se
haga respetar de grandes y pequeños. Porque a grandes y pequeños por
igual respetaremos. No descansaremos hasta poner nuestro país en el
orden militar, en condiciones de que aquel que intente apoderarse de
nosotros, sepa que más que dos millones, le va a costar cuatro
millones de soldados y aquí solo encontraría un desierto, porque
nuestra máxima será la de Antonio Maceo: "Quien intente apoderarse
de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre".