Ir al acuario y ver la capacidad, habilidad y destreza con que
entrenadores y delfines deleitan a los espectadores es un bello
espectáculo; pero este se ve empañado a la hora de entrar al
delfinario.
En el horario de la tarde, la mayoría de los que esperan para
entrar se refugian donde haya una sombra que los proteja del
inclemente Sol; pero cuando llega la hora de entrar solo existe la
ley del más fuerte y se forma lo desagradable, donde niños y
ancianos son maltratados.