Acierta
Marilyn Garbey en las notas al programa de La cuarta Lucía al
asociar este montaje a Raquel Revuelta —fundadora de la sala donde
ahora se presenta el espectáculo unipersonal— y al de Adolfo
Llauradó, actor de la tercera parte de la película evocada y cuyo
nombre sirve para nombrar la muy activa sede teatral del Vedado
habanero.
El monólogo que Maikel Chávez escribió para la fogueada actriz
Beatriz Viñas contiene buena parte de los méritos de este autor, que
ya han podido apreciarse en espectáculos como Con ropa de domingo.
Chávez posee un singular, inteligente y a la vez candoroso sentido
del humor; una vocación perenne por el juego teatral que lo
singulariza entre los autores cubanos actuales.
La cuarta Lucía es mucho más que un homenaje, teñido de
nostalgia, por la emblemática película que estrenara Humberto Solás
en octubre de 1968. Están aquí las referencias a las tres actrices
que protagonizaron el film pero también las ansiedades, sueños o
lastimaduras de muchas otras intérpretes reales o imaginarias.
Confieso que soy bastante reacio a los textos con referencias
escénicas o los que abundan sin gracia en el mundillo teatral.
Siempre sospecho que hay muchos temas humanos o sociales en espera
para mirarnos demasiado el ombligo, llenando las obras de personajes
que se desempeñan como actrices, directores o dramaturgos. Sin
embargo, en escasos momentos mi tendencia al rechazo por esa
temática encontró asidero en el espectáculo que me ocupa. Aquí lo
que predomina es el desasosiego, la incertidumbre o la agridulce
simpatía de una mujer que busca trabajo, techo, realización, tal vez
hasta amor en su variante más cristalina de la ternura.
Eduardo Eimil dirige con eficacia a su única actriz. No estamos
ante la reconocible letanía de un monólogo a base de "descargas"
directas al espectador y varias prendas en un perchero, que el
protagonista se irá poniendo a lo largo de una hora. Por el
contrario asistimos a todo un espectáculo con soluciones limpias y
dinámicas. Hubiese preferido más elaboración del trabajo en el fondo
del escenario y hasta una utilización mayor en la zona cercana al
público. Por momentos, a pesar de la magnífica y orgánica movilidad
de la actriz, la visualidad se torna un tanto rutinaria.
La utilización de imágenes filmadas resulta coherente con una
obra tan ligada al cine. Con todo, tengo la certeza de que le sobran
segundos a la proyección inicial y que se le concede demasiado peso
a las intervenciones de los directores reales hacia el final de la
puesta en escena.
Para referirme al desempeño de Beatriz Viñas me muevo entre los
calificativos de ejemplar y formidable. La actriz da todo un recital
de recursos escénicos; profundiza en los sentimientos sin llegar a
la queja ñoña o lastimera; es una y muchas actrices, pero sobre todo
encarna a una cubana, graciosa y maltrecha, de estos tiempos.
Reinier A. Rodríguez no contó con posibilidades técnicas para un
diseño de luces que subrayara, protegiera, definiera más la figura
de la intérprete. Las luces funcionan correctamente pero no pueden
ir más allá de crear algunas atmósferas interesantes. Esa carencia
la suple Beatriz con un exquisito entrenamiento, su carisma
personal, el compromiso con el texto y un electrizante diálogo con
la inteligente banda sonora a cargo del propio director.
La cuarta Lucía evidencia la importancia del entendimiento
orgánico, de la labor conjunta entre dramaturgo, director, actriz.
Significa además la ratificación de la llegada a una temprana
madurez de Beatriz Viñas. Ella ha pasado muy bien la prueba que a su
personaje tanto le angustia.