La
nota emitida por la Dirección del Partido y del Gobierno sobre el
deceso del Comandante de la Revolución Juan Almeida destaca que "su
especial sensibilidad humana y artística hizo posible el difícil
reto de simultanear su intensa, responsable y fecunda labor como
dirigente revolucionario, con una valiosa y prolija obra artística,
la cual incluye más de 300 canciones y una docena de libros que
constituyen un invaluable aporte al conocimiento de nuestra
historia".
Este aspecto que a los cubanos nos parece tan natural, no es
fácil de comprender fuera de nuestro país.
En 1960 me tocó acompañar, siendo yo Director del Protocolo de la
Cancillería cubana, al recién estrenado Embajador de un país de
Europa del Este en su visita de cortesía al entonces jefe del
Ejército Rebelde, comandante Juan Almeida Bosque.
Era este uno de los primeros encuentros del diplomático con
autoridades del más alto nivel del Gobierno cubano. Era un hombre
que hablaba el castellano casi perfectamente por haberlo aprendido
como combatiente en las brigadas internacionales que defendieron a
la República española contra el fascismo.
Durante el trayecto en automóvil desde el Ministerio de
Relaciones Exteriores hasta la sede del Estado Mayor del Ejército,
el enviado europeo solicitó, y obtuvo de mí, información acerca de
la trayectoria militar y revolucionaria de quien fuera asaltante del
Cuartel Moncada, expedicionario del yate Granma, y fundador y jefe
del Tercer Frente Oriental del Ejército Rebelde en la Sierra
Maestra.
Cuando hablé de la temeridad, la disciplina y la modestia que
hacían de Almeida uno de los más queridos héroes de la Revolución,
mencioné también, porque me parecía importante para identificar su
sensible personalidad, la condición de compositor musical del
Comandante.
Luego de las presentaciones de rigor y de ofrecer Almeida la
bienvenida al Embajador, este usó de la palabra para expresar
sentimientos de solidaridad con la Revolución cubana y de
agradecimiento por la oportunidad de tomar contacto con una de sus
figuras cimeras.
Recurriendo a la información recién recibida, el Embajador hizo
gala de conocimientos acerca del historial político-revolucionario
de Almeida, pero, para finalizar, con evidente ánimo de enfatizar
sus muestras de simpatía, afirmó sentir gran admiración por "los
himnos de guerra que usted compone".
El comandante Almeida, sin inmutarse, respondió manifestando su
reconocimiento por la declaración de solidaridad con la Revolución
cubana del diplomático y, a continuación, con una sonrisa que
denotaba comprensión dibujada en el rostro, le aclaró que aunque él
hizo la guerra¼ componía canciones de
amor.
El diplomático se ruborizó.
Sin que se volviera sobre el asunto, siguió una enjundiosa
conversación acerca de las perspectivas de los vínculos entre la
nación representada por el Embajador y Cuba, que concluyó media hora
más tarde, con una despedida cordial.
Apenas subimos al automóvil para el viaje de regreso, me dijo el
diplomático europeo: "Fue usted parco en el elogio. Es un hombre
extraordinario. Por eso compone canciones de amor".